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Esperando a Felipe en Sevilla

Su padre inauguró la Expo del 92 y el anterior rey, Alfonso XIII, la del año 29.

el 19 jun 2014 / 22:40 h.

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Felipe de Borbón saluda a los sevillanos en 2002, a la salida de la Catedral. / Efe Felipe de Borbón saluda a los sevillanos en 2002, a la salida de la Catedral. / Efe No puede decirse que sea muy cofrade. El Rocío, a lo que se ve, tampoco le tira gran cosa (paradas en el camino ha hecho pocas). En los toros se le ha visto lo justo y generalmente en representación de su padre. No comparte las pasiones sureñas de su hermana Elena ni las de su abuela María de las Mercedes, verdaderas sevillanas adoptivas y devotas de sus costumbres. Su personalidad avanza más hacia otras facetas de la actividad humana, más renacentistas que barrocas, más científicas que religiosas y más deportivas que camperas. En tales circunstancias, cuesta vaticinar que la relación de los nuevos reyes con la capital de Andalucía vaya a ser especialmente intensa, o más especial de la que pueda mantener con otras ciudades españolas. Incluso su padre, el rey saliente, espoleado sin duda por la impronta materna, le buscó a Sevilla la capitalidad del Universo durante seis meses y se dejó caer gustoso por la Maestranza cada vez que fue menester, y eso que la reina Sofía tampoco es muy taurina (por más empeño que pusiera en tomárselo como un asunto de Estado). Y sin embargo, fuertes lazos atan al monarca con esta tierra en el terreno de los honores y las distinciones. Si a eso se le añade su intención recientemente expresada de servir a una nación «unida y diversa» (primer discurso suyo tras la abdicación de Juan Carlos I), cabe sospechar que, como poco, Sevilla no será menos que otras capitales en las preferencias del joven monarca. De momento, vivienda no le falta: el Alcázar tiene rango de palacio real, y como tal ha ejercido docenas de veces. Por lo pronto, y a falta de ver qué pasa finalmente con la Real Maestranza, hereda de su padre el cargo de hermano mayor honorario de la Hermandad del Santo Entierro (el hermano mayor efectivo era el alcalde, que ya no lo es por aquello de la laicidad del Estado). Aquí sí que podría ir un paso más allá que su predecesor y ostentar la presidencia de la cofradía durante alguna procesión del Sábado Santo, como ya hicieron en su día Alfonso XII (1887) y Alfonso XIII (1930). Lo que sí se sabe ya que tendrá que hacer, como es tradición entre los reyes de España (Carlos II fue el primero de sus hermanos mayores, si se descuenta a San Fernando, como creador que fue de la institución), es jurar las reglas u Ordenanzas ante el Cabildo de Oficiales de la hermandad, como hizo Juan Carlos I el 21 de abril de 1976 en el Palacio Real de Madrid. De modo que puede que este sea uno de los primeros actos de Felipe VI con relación a Sevilla. El vínculo de la realeza española con el Santo Entierro sevillano procede, como se ha indicado, de tiempos de Fernando III, el conquistador de la ciudad en 1248. Cuenta la historia que por aquellos tiempos se encontró emparedada en una casa del barrio de los Humeros una imagen de Cristo yacente, y que fue este hallazgo el que motivó la constitución de la primitiva hermandad por decisión del rey. Como recordatorio permanente de este papel protagonista de la monarquía en el rumbo de la corporación, el frontal del paso de la Urna luce, desde 1997, el escudo de la Casa Real. Y una curiosidad: Franco, que no era rey pero se sentía concernido por dicho rol en tanto caudillo de España por la gracia de Dios (eso ponía en las monedas, al menos), presidió la procesión en 1940. Porque el título de hermano mayor honorario en realidad no era del rey como tal, sino del jefe del Estado. Así lo aclaraba ayer el hermano mayor del Santo Entierro, José María Font, quien, interpelado sobre lo que sucederá a partir de ahora (si Felipe VI sustituye ya en el cargo a Juan Carlos I), señaló que su corporación «aún no ha tenido tiempo de estudiar detalladamente el protocolo para proceder en consecuencia», pero que la intención es escribir una carta «en su momento» para recordarle cuáles son los protocolos de la hermandad y enviársela, a través de su secretario, para que el jefe del Estado tome «la decisión que estime conveniente». Muchas otras hermandades sevillanas hacen gala de su fraternidad con los miembros de la realeza española. Pasión es uno de los casos en los que se hace más evidente esa relación, al menos desde que Isabel II le concedió el título de Real en correspondencia a su designación como hermana mayor de honor. Varios difuntos del linaje de Borbón yacen en la cripta que hay bajo la capilla sacramental. La abuela del flamante rey, la misma que hoy tiene un monumento delante de la Plaza de Toros, fue nombrada camarera honoraria de la Virgen de la Merced. Y por si faltaban guiños, la infanta Elena entregó su ramo de novia al Señor de Pasión, y hoy se conserva en una urna entre los tesoros de la hermandad. Juan Carlos I recibió la medalla de oro de la institución en 1992; se la impuso su hermano mayor, Javier Criado, quien sigue al frente de esa responsabilidad y que ayer mismo comentaba que Felipe de Borbón y Grecia no es ni siquiera hermano… de momento; al contrario que su padre, que además de poseer la medalla de oro desde 1992 es hermano «no ya por distinción, sino porque lo apuntó su padre, o sea, que es un hermano con todas las de la ley, hermano de número y con todos los derechos y deberes de cualquier otro». Sobre lo que pasará a partir de ahora en Pasión, nada se sabe. ¿Moverá ficha el monarca, colocándose en sintonía con la tradición familiar, o esperará a que lo inviten? Hermano de honor de la Paz, del Juncal…, hermano mayor honorario perpetuo de la Hermandad del Rocío de la Macarena, hermano honorario de la Quinta Angustia de Utrera, hermano mayor honorario del Rosario de Alcalá de Guadaíra… Por Sevilla y su provincia tiene desparramados sus fervores honoríficos la monarquía española. Nadie se extrañe si en los próximos meses se asiste a una larga sesión de juramentos aprovechando la presencia en esta tierra –aún sin fecha– de Felipe VI. Por lo demás, ¿qué esperar? Se comenta a media voz entre los que saben del asunto que el nuevo rey no hace ascos si toca adaptar sus gustos a los de su esposa, la cual tampoco es que destaque por su tendencia al folclore andaluz. De su majestad se sabe que baila la salsa que es un primor; que le gusta el esquí y la vela; que de joven cazaba, pero ya no; que es colchonero por la parte balompédica de su corazón, que ama la ciencia y el cine en versión original… Es de suponer que esos afectos lo llevarán más cerca de otros destinos que de Sevilla. Aunque nadie puede anticiparlo. A la monarquía siempre (o a menudo, al menos) le ha gustado revestirse con un manto de sigilo y reservarse prudentemente sus acciones futuras. Lo mismo es el caso. Pero conviene recordar que con el abuelo del rey llegó la Exposición del 29; con su padre, la del 92. Tal vez Felipe VI tenga preparada alguna sorpresa de similar calibre para darle otro empujoncito festivo y tecnológico a la ciudad. Las críticas las tendrá garantizadas (siempre pasa con las expos). La inmortalidad, también.

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