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Esta vieja ciudad joven

Sevilla camina hoy hacia su días grandes, con las calles enceradas, los ojos ilusionados, en primer tiempo de saludo el azahar, calmo el atardecer en los patios de azulejos. Afuera, en los barrios y el caserío, serán días apurados en un torbellino de sensaciones, raudo y a la vez imborrable.

el 16 sep 2009 / 00:54 h.

Sevilla camina hoy hacia su días grandes, con las calles enceradas, los ojos ilusionados, en primer tiempo de saludo el azahar, calmo el atardecer en los patios de azulejos. Afuera, en los barrios y el caserío, serán días apurados en un torbellino de sensaciones, raudo y a la vez imborrable. Es la materia que sedimenta los recuerdos que se atrapan para que permanezcan. A la cernudiana manera: "Donde penas y dichas no sean más que nombres / cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo". Lo interesante es que en esta Sevilla de la primavera el olvido no habita: priman los recuerdos, la memoria de la ciudad, que es la de sus gentes, la que gira en torno a las fotos sepias. Siempre suceden cosas importantes en la primavera de Sevilla, que mantiene vivo quizás como ninguna otra en el mundo el afán de progreso permanente con el respeto y el cuidado de las tradiciones, especialmente cuando se hacen calle, que es cuando pertenecen a los sevillanos.

El asunto es que Sevilla camina a un ritmo importante: hay una agitación febril y transformadora que comienza a arrojar perfiles de una ciudad nueva pero que sigue siendo la misma. La peatonalización, el metrocentro, el desarrollo de la Encarnación, la recuperación de espacios urbanos degradados... el Metro.

Cada iniciativa tiene su debate y es lógico que así sea, porque la razón suele encontrar huecos para todas las razones individuales, fragmentadas y relativizadas, pero con su sitio y su minuto de gloria. Lo que no resulta normal es el empeño tozudo de algunos en que Sevilla sea mala consigo mismo: las piedras que se arrojan gratuitamente caen con su peso multiplicado sobre el tejado de todos. Con la semana de arranque del Metro ha pasado lo previsible: los sevillanos lo han tomado al asalto, lo han disfrutado con esas colas tan sevillanas que son el paradigma de la aceptación ciudadana y han desbordado las previsiones de uso, mientras que el pequeño pero atronador ejército que integra el frente contra los intereses de la ciudad seguía disparando contra todo lo que se movía, con brochas en las manos y sin escaleras bajo los pies. Y así piensan seguir, sin desmayo ni desvíos, simplemente hasta que en la alcaldía no haya un socialista y Andalucía sea gobernada por otro partido. No le busquen los tres pies al gato negro de la ruina que pregonan, porque no hay más.

Debajo de los discursos de la destrucción urbana que hemos vuelto a releer estos días, detrás de cada párrafo y declaración cuestionando no ya la primera línea del metropolitano sino cualquier aspecto colateral que haya rodeado su puesta en marcha (todo ha servido para vaciar la canana: la fecha elegida, el acto de inauguración o los discursos reivindicando la obra) late un discurso profundo del pensamiento único de la ciudad. El repetido y somnoliento sentido patrimonialista de Sevilla y el arrimar el ascua a los intereses político-partidistas de sus autores, incapaces de apartarse ni un centímetro del discurso del cuanto peor para los otros, mejor para nosotros.

Es una fusta extensible, igual sirve para recordar el entierro solemne del metro hace 30 años, que los incumplimientos de plazos del último lustro o el 40% del trazado de la nueva línea que discurre en superficie, lo que por lo visto le otorga una importante minusvaloración al proyecto, siempre según los que nunca apoyaron la infraestructura, aquellos cuyo gobierno no puso un duro para echar a andar y aquellos que no gastaron tinta en reclamar imversión y rigor frente a todas las imperfecciones atribuidas hoy a los responsables políticos de que Sevilla tenga el primer metro andaluz y el primero de España en muchos aspectos. Además, al parecer, esa gente tan leída y viajada jamás ha utilizado las frecuentadas líneas en superficie de metro del Gran Londres.

Pero la vida es cruel. Sobre todo con los incapaces de celebrar las cosas buenas que le suceden a su ciudad. Y deberían saber que generalmente, la ciudad les devuelve ampliado y corregido el desdén. Porque también están incapacitados para entender que hay un momento para la crítica extemporánea -¿de verdad que el debate que reclamaban los sevillanos estos días era el del cierre de las bocas de Metro por el alcalde Manuel del Valle?- y otros momentos para mirar hacia delante y con la crítica constructiva imprescindible ayudar a que el proyecto se desarrolle, algo imposible de frenar a partir de los 30.000 primeros usuarios.

Por eso es cruel la vida y la realidad. Porque los hechos siempre pueden a las opiniones, aunque a veces les cueste abrirse paso entre la telaraña de informaciones manipuladas y las crónicas envenenadas, entre los dicterios caducos y trasnochados que ya nadie compra en Sevilla y el afán casposo e incólume de seguir ordenando la vida de la ciudad. Y no se han enterado de que quienes mandan son los 30.000 que se suben en Ciudad Expo y se bajan en Montequinto. Y todos los treintamiles que no dudan ni un instante de la fortaleza de una ciudad que se mueve perfectamente entre las líneas de la modernidad y la tradición. Y los cientos de miles que del Cerro a la calle Castilla ejercitarán estos días la memoria de sus días en la intimidad de la intemperie de la primavera, ese oxímoron tan sevillano. Y nada se destruye, se transforma. Es lo que tiene la energía de las viejas ciudades cuando se empeñan en ser jóvenes, que da gusto verlas. Aunque otros decidieran coger su cruz cuando se inauguró el Metro el dos de abril, esa fecha tan sevillana.

ahernandez@correoandalucia.es

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