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Feria de Abril

Estirpe de caballeros

La familia del conocido empresario Andrés Gaviño encarna la estampa más clásica de la Feria de Abril.

el 26 abr 2012 / 19:10 h.

El pequeño Andrés puntualiza que no es que quiera ser torero, sino que ya lo es, pero por culpa de sus siete años no le permiten salir a hombros de todas las plazas de España con más orejas que la trilogía de El señor de los anillos. No lo dice así, claro; como buen aprendiz de caballero, lo resume todo en una mirada bien sostenida, habla lo justo y deja que sean los demás quienes extiendan su fama. En este caso, los demás son su padre y su madre. Él, Andrés Gaviño, el fabricante de las afamadas tortas y otros dulces artesanales que llevan su nombre, es un hombre imponente y adusto al primer contacto, pero pasados esos dos o tres segundos lo que queda es ese paisano cordial rebosante de temperamento y raigambre que todo el mundo sueña en tener como amigo. Ella, Eva Trigueros, es probablemente lo más exquisito que se haya podido ver este año debajo de una flor. Y juntos, los tres, conforman no solo una familia sino un emblema del espíritu andaluz, que en este caso le sienta a la Feria de Abril como el aceite a las espinacas.  

Aunque allí, espinacas, pocas. Puede que el primer plato de jamón de verdad que se haya visto este año en la Feria fuese el que le pusieron bajo las barbas al citado caballero, que lo es en sentido literal (por ir a caballo) y en el sentido más literal todavía de saber que esa condición no la confiere una montura, sino una actitud. Porque en esto de ir a caballo también hay clases o, mejor dicho, categorías: está el pijito lechuguino del flequillo que ha dado tres clases y al que le han prestado el caballo como podrían haberle prestado un audi; está la España siliconada... Y está, por fin, esta Andalucía despampanante cuya mirada se llama mirada por no llamarse atardecer en el campo; este grupo que no juega con los significados de las cosas y que se ha criado en el respeto a la tierra y a los mayores.

Esta familia bética y campera lleva toda la vida yendo a la Feria a hacer Feria, a construirla con su presencia. Viven en Espartinas, donde fabrican las tortas ("El niño me ayuda a envasar cortadillos", bromea el padre) y donde tienen esa singular y antiquísima hacienda de El Cortijuelo a la que más de uno habrá ido en calidad de invitado a una boda. "Pero la Feria ya no es lo que era", confiesa Andrés padre, casi entre dientes. "¿Hay que decirlo? Es peor." La clave está, dice, en el comportamiento, en esa actitud a la que se hacía referencia antes, tanto al hablar de quienes montan a caballo (porque "antiguamente, a la Feria se traía la gente los caballos viejos, las yeguas mayorcitas, que es con lo que se puede andar por aquí; pero ahora se traen caballos jóvenes y fuertes" y esto es un ataque de nervios permanente); como al hablar del ambiente en general; y también de los paseantes, que han de ser respetados por los caballistas pero igualmente han de respetar al animal. "Yo me paro para dejar pasar a una persona, claro que sí, pero lo que no hago es pararme ante un niñato que se te mete delante. Y eso no es ser de derechas ni de izquierdas." Evidentemente, no lo es; es ser de arriba o ser de abajo. 

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