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Europa, Europa

Ha empezado la campaña para las elecciones al Parlamento europeo, que se celebrarán el próximo 7 de junio. A la mayor elección transnacional del mundo están convocados 375 millones de personas pertenecientes a 27 países.

el 16 sep 2009 / 03:11 h.

Ha empezado la campaña para las elecciones al Parlamento europeo, que se celebrarán el próximo 7 de junio. A la mayor elección transnacional del mundo están convocados 375 millones de personas pertenecientes a 27 países. Realmente las cifras abruman, mostrándonos la dimensión real de este proceso de integración en el que estamos inmersos; y la envergadura del empeño por hacer converger a sociedades tan diversas, con multiplicidad de manifestaciones culturales, hablando idiomas diferentes -hasta 32 lenguas oficiales-. La misma Europa, la que se ha desangrado en mil y un conflictos bélicos que jalonan su historia, parece que ha sabido encontrar un camino propio a fin de construir un espacio común de relación. Y ello justifica el interés por estas elecciones así como la necesidad de participar en las mismas. De la Unión Europea siempre han venido buenos aires para España. Ha representado la democracia que el dictador durante mucho tiempo nos negó, y su contribución ha sido decisiva para el progreso social y económico de nuestro país. Sus beneficios son tan evidentes como innegables. Tampoco se puede olvidar que Europa ha sido la gran constructora de la democracia social, de la libertad ideológica, de la tolerancia y de un extenso conjunto de valores que nos identifican. Sin embargo, no debemos prescindir de una perspectiva crítica respecto de lo que está ocurriendo en el continente, pues de un tiempo a esta parte, esa Europa que lideró el compromiso con un modelo de sociedad concernida con la igualdad real, ha dejado de pensar, impelida por la urgencia de solucionar problemas inmediatos que no sabe cómo resolver. Por ejemplo, perpleja ante el fenómeno de la inmigración, que la enfrenta a una realidad diversa y plural, ha demostrado su incapacidad para elaborar ideas que ilusionen a la ciudadanía. Y así es posible que Berlusconi haga lo que está haciendo en Italia sin que a la UE se le mueva un músculo; o que en el Reino Unido la seguridad se haya impuesto a la libertad y a la intimidad con un sistema de videovigilancia que supera con creces al gran hermano; también es posible que con la mayor naturalidad se nos plantee la necesidad de aplicarnos una jornada semanal de 60 horas. Si a ello añadimos la opacidad que caracteriza el funcionamiento de las instituciones de la Unión, o la influencia de los lobbys en la política comunitaria, o los pocos controles en los gastos de nuestros representantes, o la desmesura de la administración institucional, es posible que encontremos razones para mostrar una legítima preocupación acerca del futuro del proyecto comunitario. Una legítima preocupación que no nos debe alejar de Europa; antes al contrario, debe servir para meter el hombro, e implicarnos en un proyecto que necesita de nuestra participación y de nuestro compromiso.

Sin embargo, el debate político en estas elecciones parece que va en sentido contrario. Quieren centrarlo en los problemas domésticos; incluso, se pretende convertir estas elecciones en una moción de censura al presidente del gobierno por su comportamiento ante la crisis económica, de la que, según afirma la oposición, él es el único responsable. Con ello se hurta a la ciudadanía la posibilidad de conocer y pronunciarse sobre una realidad, la que representa la UE, que no puede sernos ajena, dada la trascendencia que las decisiones de Bruselas tienen en nuestras vidas. Y ello en aras de unos intereses inmediatos que de nuevo se imponen a los de la ciudadanía. Mirar un poco más allá de la sombra del campanario quizá nos haga bien y, sobre todo, quizá nos haga sentirnos más partícipes de un universo, el europeo, en el que tenemos que participar porque de él formamos parte indefectible e irrenunciablemente.

Rosario Valpuesta es catedrática de Derecho Civil de la Pablo de Olavide

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