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Europa: ¿Por qué nos cansamos tan pronto?

Hoy es el día en que de nuevo los españoles, junto con el resto de los ciudadanos europeos que formamos parte de la Unión Europea, hemos sido convocados para elegir a los parlamentarios que conformarán la Cámara europea de diputados. La campaña electoral ha pasado, sin más pena que gloria, y llega el momento de la verdad.

el 16 sep 2009 / 03:52 h.

Hoy es el día en que de nuevo los españoles, junto con el resto de los ciudadanos europeos que formamos parte de la Unión Europea, hemos sido convocados para elegir a los parlamentarios que conformarán la Cámara europea de diputados. La campaña electoral ha pasado, sin más pena que gloria, y llega el momento de la verdad. Desde la incorporación de España a la Comunidad Europea, nuestro país ha pasado por tres fases distintas. La primera fase, la fase de la incorporación, la que va desde el año 86 hasta el año 88 u 89, aproximadamente, que es la fase de la homologación política. España y sus ciudadanos se sintieron absolutamente orgullosos de estar en la Comunidad Económica Europea, porque nos homologamos políticamente al resto de Europa. Fue una fase ilusionante, acrítica, en cierta medida con una ilusión ingenua. Éramos europeos y, por lo tanto, todo lo que venía de Europa era bueno. En definitiva, todo lo que hiciéramos en España, a partir de ese momento, era bueno si se hacía en el resto de los países de la Unión Europea. Empezamos a ver en ese momento a Europa un poco como el superman, el conjunto de países que son democráticos, donde hay libertades, donde hay progreso económico, donde hay estado del bienestar, etc., y nosotros, por el mero hecho de estar incorporados a ese club, nos dábamos por satisfechos. Veíamos solamente las ventajas de nuestra homologación política, pero no los inconvenientes que toda homologación política, y toda incorporación a un club, conlleva.

La segunda fase, que ya empieza a partir del año 88-89, es la fase que denomino de cajero automático; es decir, ya no solamente se trata de que estemos satisfechos de estar en Europa, porque nos habíamos homologado a ellos, sino que, además, descubrimos que Europa era un gran cajero automático, donde, conociendo las claves, se rellenaba el formulario y comenzaba a llegar dinero. Es el momento en el que se llenan nuestras ciudades, nuestros pueblos, nuestros campos, nuestras carreteras de banderas azules con doce estrellas. Y estábamos encantados y satisfechos.

Ahora estamos en la tercera fase, que ya no consiste en contemplar a Europa desde un punto de vista acrítico e ilusorio, la homologación, ya no solamente significaba contemplar a Europa como cajero automático, sino que esta es una fase, en la que nos encontramos en este momento, mucho más profunda y mucho más enriquecedora, que consiste en colaborar en la construcción de la Unión política e institucional. Ya no sólo aspiramos a que nos consideren europeos democráticos; ya no se trata únicamente de ir a Europa a sacar dinero, sino que ahora el objetivo, y lo estamos haciendo, es construir, y para ello participamos en los foros donde se toman las decisiones. Construir lo que va a ser el futuro de la Unión Europea en los próximos años.

Ya no somos, por lo tanto, meros receptores; ya no somos simplemente observadores acríticos de una realidad, sino que participamos activamente en la construcción política y económica de la Unión Europea. Y en este sentido hemos articulado una serie de organismos y de instituciones que nos permitan contar con instrumentos suficientes para participar en esa articulación. Uno de esos instrumentos, tal vez el más importante y significativo, es el Parlamento Europeo, cuyo poder e influencia cada vez es más destacado y trascendente para el futuro de Europa.

Los parlamentarios que se elijan hoy en los respectivos países de la Unión, asumen una grave responsabilidad, puesto que, de lo que ellos decidan, dependerá mucho el futuro de la Unión Europea. Europa puede coger de nuevo el tren del desarrollo y el progreso, aprovechando el tiempo nuevo que se está abriendo con una crisis que lo está alterando todo, o se quedará varada en la playa del descontento, del atraso y del abandono. Asomarse al mundo de hoy implica descubrir que los estados que tienen influencia y poder en ese mundo son representantes políticos e institucionales de grandes países, en extensión y población. Véase, si no, qué es China, India, Rusia, Brasil o EEUU. Europa sigue siendo un conglomerado de veintisiete Estados miembros, ninguno de los cuales tiene hoy la fuerza, el prestigio o la tecnología necesaria para ser líderes en el contexto internacional. O nos unimos o nos hundimos, corriendo el riesgo de convertirnos en ricos venidos a menos que sólo podrán presumir de apellidos pero no de riqueza o desarrollo. Ese es el reto que tenemos por delante y a ese desafío no se puede responder con actitudes chovinistas o argumentando el célebre desencanto.

Algunos dicen que no votarán este día, mascando sus palabras y demostrando desprecio o altanería hacia los políticos. La política no es cosa sólo de políticos, sino de ciudadanos; la democracia es algo más que apreciar o no a nuestros representantes. Los candidatos serán eurodiputados a partir de esta noche, votemos muchos o votemos pocos; la abstención no es algo que les preocupe en cuanto resultado de su suerte política; con uno que vote, basta para que ellos salgan elegidos. No votar, pensando que se hará daño a los políticos, es un absurdo. Eurodiputados va a haber, con nuestro voto o sin él. Democracia y Europa serán fuertes o débiles en función de nuestras convicciones democráticas o europeas. Si ya nos cansamos de votar por Europa, habiendo entrado en ella en 1986, ¿qué pensarán de nosotros los países que están en el club desde su fundación? La democracia exige nuestro voto y Europa también.

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