Cultura

«Europa ya ha hecho todas las revoluciones»

El premio Nobel francés Jean-Marie LeClézio visitó Cosmopoética y habló de poesía, viajes y de su simpatía hacia el mundo subdesarrollado.

el 19 oct 2014 / 17:00 h.

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LeClézio, un premio Nobel europeo que nunca ha perdido de vista el tercer mundo. / Lisbeth Salas LeClézio, un premio Nobel europeo que nunca ha perdido de vista el tercer mundo. / Lisbeth Salas

Veinticinco años después de su primera visita a Córdoba, Jean-Marie Gustave Le Clézio regresó a la ciudad andaluza para participar en el festival Cosmopoética, cuyo nombre le permite desplegar su buen humor. «Al principio pensé que sería una reunión de astrofísicos y poetas, aunque yo no sé nada de astrofísica y muy poco de poesía. Luego, al ver el icono del hombre con el bombín y el paraguas, pensé que se trataba de una reunión de cosmopolitas. Todavía no me he aclarado al respecto, así que vengo con mucha curiosidad, a ver qué puedo aportar», dice.

Antes de su intervención, el Nobel francés se prestaba a atender amablemente a los medios de comunicación en un correctísimo español. «La literatura no es un oficio, es una vocación», explica Le Clézio cuando le piden consejos. «Escribir es una especie de sueño, y quién soy yo para dar consejos a los jóvenes sobre los sueños que deben tener. Solo sé que el mundo cambia muy rápido, y que al parecer la poesía hoy pesa menos en nuestra vida cotidiana que lo que pesaba en el mundo antiguo».

Nacido en Niza en 1940, a Le Clézio le cuadra como a pocos la etiqueta de escritor nómada: descendiente de una familia bretona emigrada a las islas Mauricio en el siglo XVIII, pasó parte de su infancia en Nigeria, cursó sus estudios superiores en la universidad de Bristol, se trasladó a Estados Unidos y desde allí fue enviado a hacer el servicio militar a Tailandia, pero sus protestas contra la prostitución infantil en el país asiático le valieron un nuevo destino en México. De allí pasó a vivir en Panamá durante tres años con los indios embera-wounaan. Y acabó contrayendo matrimonio con Jemia, natural del Sáhara occidental. Con ella escribió el libro Gente de las nubes. Cuando, al respecto de este último dato, se le comenta la sensibilidad que hay en España hacia la cuestión saharaui, asegura ser «muy consciente de este problema». «Pero no quiero pronunciarme sobre él, porque es muy complicado», afirma. No obstante, recuerda que «viajé por la provincia colonial conocida como Río de Oro, y allí descubrí que la población local es completamente indiferente a la noción de nacionalidad. Son en su mayoría nómadas, y para ellos lo importante es cruzar la frontera».

El Nobel levanta una ceja cuando se le comenta que, a pesar de la proximidad geográfica, buena parte de la literatura y de la cultura marroquíes que llegan a España lo hacen a través de Francia, y no cruzando el Estrecho de Gibraltar. «Tal vez nuestra relación con Marruecos sea más natural, sobre todo el Marruecos francófono. Para mí, una persona que escriba en francés es francés, ya venga de Marruecos, del África Ecuatorial, de la India o de Vietnam. Quizás sea ese uno de los motivos por los cuales no existe tanto ese vínculo con España. Quiero decir que para mí, la noción de nacionalidad es secundaria. Tengo dos nacionalidades, dos pasaportes, nací en Francia solo por casualidad. Lo que me importa es el lenguaje que uso para escribir, y la literatura que leo, que la mayor parte del tiempo es en francés… Pero fíjese, cuando era niño empecé a leer con El lazarillo de Tormes y con Don Quijote, y los leí pensando que eran libros franceses. Solo luego me enteré de que habían sido escritos por españoles», agrega.

«Me ha gustado asomarme a otras culturas, a la hindú, a la árabe, a las que tienen una relación órfica con la literatura», confiesa. "Viví un choque muy fuerte cuando leí a [Yalal ad-Din Muhammad] Rumi por primera vez. Para mí fue entonces el máximo poeta, que identificó fe religiosa y lírica. La verdad es que el mundo árabe es interesante, porque los poetas tienen mucho éxito y popularidad».

A propósito del mundo árabe, y de su convulsa actualidad, preguntamos a Le Clézio por aquel libro que tituló Revoluciones, y por el sentido que pueda tener para él esta palabra hoy. «La palabra revolución, como ustedes saben, viene de una expresión de San Agustín: La revolución de las almas. Es una idea muy interesante, y no desarrollada del todo por el cristianismo, según la cual las almas regresan al mundo, como una forma de renacer. En el caso de mi novela, quise identificarme a través de ella con mis antepasados, en concreto con un revolucionario que abandonó Francia en tiempos de la Revolución Francesa para irse a Mauricio. También escribí una historia sobre la independencia de Argelia, que viví, y que fue una revolución para el mundo colonial moderno y cosmopolita que muchos no entendieron. No supieron ver que no era una guerra, era una revolución moral e intelectual, también para Francia. Ahora ya no sé si existen las revoluciones. Creo que en Europa hemos hecho ya todas las revoluciones, en otros lugares están por venir».

Antes de marcharse a pasear por la ciudad de la mezquita, una última pregunta. Cierto sector de la crítica ha reprochado a Le Clézio que sea siempre tan complaciente con el mundo subdesarrollado en sus ficciones, en contraste con la severidad con la que suele hablar del Occidente desarrollado. ¿Lo ve él así? «Como le decía antes, tengo dos nacionalidades que podrían ser como dos personalidades: soy mauriciano, es decir, del Tercer Mundo. Y por otro lado, poseo mi educación europea. Y entiendo bien el pasaje de un mundo a otro. Cuando viajo a Mauricio a visitar a mi familia, veo a una población que lucha cada día por poder comer por la noche, no por obtener un mejor trato o escalar una posición social. Es un pueblo que está bajo la amenaza de la crisis mundial, porque los primeros que sufren la crisis son los débiles. Es más, cuando escucho a los economistas distinguidos hablar de la crisis, me pregunto si saben que hay pueblos que llevan 200, 300 años de crisis. Tantos, que ya ni saben de qué se trata, ya no distinguen. Sus gentes solo se preguntan, si caigo enfermo, ¿qué pasará? ¿Qué será de mis hijos el día de mañana. Es por eso que tengo esta simpatía hacia la gente que vive en estos lugares». Y agrega: «Mis propias hijas han estudiado, pero no tienen trabajo. Una sí, hace 70 horas semanales, cuando en Francia estamos debatiendo el horario de las 35 horas», concluye.

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