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Excelencia en lo musical

Es recurrente que en la ópera la figura de la mujer se disfrace de sacrificio y falsa heroicidad, sin caer en la cuenta de que eso subraya su carácter misógino, degradándola a mero soporte de un hombre por quien es capaz de todo. En ese contexto se inscribe este título estrenado en Sevilla.

el 15 sep 2009 / 22:39 h.

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Juan José Roldán

Es recurrente que en la ópera la figura de la mujer se disfrace de sacrificio y falsa heroicidad, sin caer en la cuenta de que eso subraya su carácter misógino, degradándola a mero soporte de un hombre por quien es capaz de todo. En ese contexto se inscribe este título estrenado en Sevilla sólo veinte años después de su estreno mundial en Venecia, sin que se haya vuelto a reponer hasta ahora, más de ciento setenta y cinco años después.

Hubiera sido deseable contar para la ocasión con los dos finales, el feliz de Venecia y el trágico con el que se presentó en Ferrara. Se ha optado sin embargo por el primero, aunque la costumbre últimamente sea representar el segundo, cuya estructura musical es de mayor belleza y envergadura. De nuevo con Yannis Kokkos en la dirección artística, en esta ocasión no se consiguen los espectaculares resultados visuales de El holandés errante. No obstante, el concepto de arte total con el que se quiere identificar la ópera hace que confluyan maniquíes, como si de una instalación digna de la Feria de Arco se tratara; o ya que nos estamos ambientando en Siciclia, se aprovechen las posibilidades de las marionetas. Y para rematar, todo un tiovivo de caballitos, lo que sumado a una escenografía muy sencilla y funcional, un argumento como tantas veces convencional y forzado, y una música que dentro de su belleza no sabe escapar a la monotonía, hacen que el espectáculo resulte algo plúmbeo.

Afortunadamente, y es lo que más importa, brilla el aspecto musical. Barcellona demostró su habilidad para encarar papeles masculinos, deleitándonos con una voz poderosa y enérgica. Por su parte, Mariella Devia estuvo sensacional, superando con creces el inconveniente de la edad, lo que en términos musicales sólo se tradujo en un amago de engolamiento, sin más consecuencias. Afortunadamente poco a poco fue desgranando toda una sucesión de hermosísimas arias engalanadas con variadas florituras al más puro estilo belcantista. Menos satisfactorios estuvieron las voces masculinas, con un esforzado y a veces fatigado Gregory Kunde, a pesar de su poderoso timbre. El bajo, más baritonil, Wojtek Gierlach, no fue capaz de insuflar a su personaje todo su potencial dramático, pero cumplió en presteza musical. De voz pequeña, pero controlando su modulación, Ana Tobella, y correcta la vienesa Alexandra Rivas.

La Orquesta Ciudad de Granada demostró desde el foso por qué es una de las orquestas punteras de este país. Dirigida con aplomo y profesionalidad por todo un entendido en la materia, Maurizio Benini, mereció una encendida ovación del público. También el coro masculino cumplió satisfactoriamente su difícil cometido. Lástima que tanto ellos como los figurantes fueran dirigidos escénicamente con la misma torpeza con la que lo suelen hacer todos, da igual el título que sea.

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