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Explotación infantil, cuestión de prioridades

El pasado 12 de junio, se conmemoró el Día mundial contra el trabajo infantil, algo que no debería pasarnos desapercibido porque se calcula que hoy día existen en el mundo casi 250 millones de niños que trabajan, la inmensa mayoría de ellos sin derechos laborales, en condiciones insalubres, realizando esfuerzos de adultos y con horarios de esclavos.

el 16 sep 2009 / 04:19 h.

El pasado 12 de junio, se conmemoró el Día mundial contra el trabajo infantil, algo que no debería pasarnos desapercibido porque se calcula que hoy día existen en el mundo casi 250 millones de niños que trabajan, la inmensa mayoría de ellos sin derechos laborales, en condiciones insalubres, realizando esfuerzos de adultos y con horarios de esclavos. Es tan grave el problema que desde hace una década los objetivos de los organismos internacionales no son tanto la erradicación del trabajo infantil como evitar sus expresiones más degradadas entre las que se encuentran la esclavitud, la trata de personas, la servidumbre por deudas y otras formas de trabajo forzoso, así como el reclutamiento obligatorio para intervenir en conflictos armados, la prostitución, la pornografía u otras actividades ilícitas y sumergidas. Situaciones que afectan a más de ocho millones de niños. Durante años se viene tratando de evitar que esos millones de niños vivan su infancia en lugar de dedicarse a trabajar. Pero es una lucha imposible porque los ingresos que reciben, por menguados que sean, resultan imprescindibles para sus familias. Como también lo es el trabajo familiar no pagado. Generalmente, el que realizan las niñas en tareas tan necesarias para el sostenimiento de la vida como el suministro de combustible y de agua, que en muchos países pobres puede llevarles hasta ocho horas diarias de caminar cargando con un peso que pone en riesgo su salud y desarrollo futuro, y que por supuesto, les impide acudir a las escuelas.

Los niños y niñas que trabajan, a cambio de minúsculos ingresos monetarios o sin ellos, no sólo son pobres en relación a los recursos de los que disponen, sino también en tiempo. Se les roba la infancia y la posibilidad de desarrollar capacidades humanas que les permitan llevar una vida que merezca la pena ser vivida durante su vida adulta, si es que llegan a vivirla. Por eso, la realidad es que no se puede combatir el drama de la explotación infantil sin eliminar la pobreza de sus familias y de su entorno.

No podemos mirar al trabajo infantil y la escasa escolarización que lo acompaña como un fenómeno aislado porque en su inmensa mayoría no es más que el fruto de la pobreza y de las desigualdades que existen entre países y también de renta y género entre las personas.

Millones de niñas y niños trabajan en condiciones infrahumanas para que los afortunados mantengamos nuestro estilo de vida privilegiado. Las tres cuartas partes de la humanidad sufre carencias básicas para que el resto disfrute y despilfarre como si no pasara nada.

Apenas se habla de eso y es natural porque los responsables del sufrimiento de esos niños y niñas somos nosotros con nuestro consumo irresponsable y los que hacen que los recursos disponibles se dediquen siempre a los poderosos en lugar de satisfacer las necesidades de los más pobres. Diferentes estimaciones de las Naciones Unidas señalan que para satisfacer las necesidades de educación, salud, abastecimiento de agua y saneamiento de todos los países en desarrollo harían falta 50.000 millones de dólares. Una suma no se ha podido recaudar porque los gobernantes siempre afirman que no hay dinero suficiente. Pero para salvar a los bancos cuya avaricia e irresponsabilidad ha generado la crisis ha habido 5,3 billones de dólares en Europa y 12,8 en Estados Unidos. Y para armamentos, 1,5 billones cada año. Esas son sus prioridades y esta es nuestra vergüenza.

Vicerrectora de Postgrado de la Olavide. lgalvez@upo.es

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