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Fábula de la seta y el caracol

Es un ovni que se ha estrellado en la plaza del pueblo. Los paisanos lo miran incrédulos, preguntándose si será verdad que un día acabarán la Encarnación.

el 15 jun 2010 / 20:32 h.

En la valla metálica que envuelve las setas gigantes a medio construir, adherido a un frunce de la rejilla y sin atreverse a mirar por dónde habrá llegado hasta allí, hay un caracol. Está más que quieto; como absorto por su descubrimiento, por el hallazgo de esas moles de hormigón que, para él, sólo son versiones gigantescas de sus queridos y deliciosos hongos, un plato que adora. O tal vez esté como disecado porque en la contención le va la vida: no hay forma de avanzar ni de volver. Arrastrarse y trepar hasta allí le ha debido de llevar toda la mañana, desde que se escapara del empapado cajón de madera donde la vieja Manuela, sentada en la puerta de la plaza de abastos, apacienta a su rebaño con sus manos de carey y una regla de madera que usa para capturar a los fugitivos. Juan Salvador Caracol ha logrado esquivar la regla de la pastora, descolgarse hasta la calzada, vadear el charco que ha creado un señor con el cubo de refrescar la mercancía, escapar a la escoba de ese mismo paisano, driblar al anciano girocho del sombrero blanco de rejilla y las manos a la espalda que habla del Betis en la puerta del mercado (deben de ser inspectores de Sanidad camuflados o un poder en la sombra: están en las puertas de todos los mercados, con sus sombreritos blancos de rejilla, tan girochos, hablando del Betis, disimulando). Después, la criaturita ha conseguido sortear la batería de contenedores y esquivar los camiones de pescado, los pisotones, la mugre existencial del lugar y las ruedas de las bicis; ha trepado y descendido por cada uno de los muñones del pavimento, hasta plantarse al fin delante de esa especie de ovni estrellado en la plaza del pueblo, con sus motores humeantes y sus chispazos, que él mira como miraría un caracol a una seta gigante: moviendo los ojos como movía Chopin los dedos antes de lanzarse por polonesas para una platea con archiduque.

Por razones de higiene, don't touch, please, reza el cartel de la primera frutería que se ve desde la entrada. Extraño poblado, éste; como de finales de los años cuarenta. Roswell, Nuevo México, por ejemplo. Cuatro amigas jacarandosas (que es un adjetivo que uno espera ansioso cuando está en un lugar donde se venden caracoles, mesas de camilla y cestos de mimbre) bajan hacia la calle Imagen zampándose un cartucho de picotas, hasta desembocar allí donde se empiezan a ver los resultados de la obra: esa plazoleta en la que Puente y Pellón vierte su olor a calentitos y su porte de gente con bolsas de tiendas que se creían extintas desde el siglo XIX.

En recuerdo de lo que fue aquella glorieta, las nuevas losas del pavimento vienen ya con marcas de chicles fosilizados. Han desaparecido (de momento, que se sepa, o al menos en este instante) los desheredados que llenaban de bolsas, cartones de vino y murmullos inhóspitos el antiguo corralito interior de bancos de hierro y piedra, con su fuente siempre a oscuras bajo el gigantesco laurel de indias que todavía sigue allí. Los viejos asientos y la fuente han desaparecido y, en el hueco que dejaron, asoman ahora unos parterres de fantasía pensados para que ningún ser civilizado pueda sentarse en sus bordillos. También hay un par de bancos de hormigón extrañamente cómodos. Desde uno de ellos, un vecino con bigote, chándal y un perrillo con una correa de color morado Gran Poder, presencia el hecho singularmente insólito de este paraje: que, venga uno de donde venga y tire por donde tire, en la Encarnación siempre le dará el sol en la cara. Un misterio digno de estudio.

La gente se sienta en los bancos a ver pasar el trasiego, generalmente compuesto por monjas y piernas al aire. Pero allí, al pie de una grúa que hace como de Giralda en la Plaza de la Virgen de los Reyes, con el perrillo la mar de formalito sentado a sus pies, el señor del chándal y el bigote prefiere entablar charla con una señora que se le acaba de sentar al lado con gran estrépito de carnes y dolores. "Que terminen esto ya", se le oye decir serenamente al caballero, en una conversación donde ahora interviene también un señor con bastón, al otro lado de la mujer estrepitosa. "A lo mejor queda muy bonito, y estamos todos quejándonos", se previene el primero. Está claro que hay comentarios como hongos: crecen bajo cualquier sombra. El perrillo tiene cara de estar asistiendo a un déjà vu. La misma charleta de cada mañana.

La enramada de palmeras reales de tronco tiroteado tiene entretenidas arriba a las tórtolas, que sólo dejan caer sus arrullos de parque. Los pájaros no bajan al suelo, o sólo de incógnito para picotear algo en los parterres y salir pitando. Casi sobre el trío del banco nuevo, un mirlo acaba de quedarse atónito entre la espesura del viejo laurel de indias. Dada la dirección en la que mira, puede que sea por haber divisado al heroico gasterópodo, dando su vida por un descubrimiento, como los marinos del Renacimiento, en el extremo opuesto de esta inmensa plaza que ha sido de todo menos algo. Una plaza que ya luce cierta presunción de progreso con esos primeros bancos, esos arriates de fantasía; con sus primeros maceteros de diseño con incipientes florecillas malvas. Se oyen sierras, motores, barullos de gente que pasa y semáforos para ciegos. Así es este espacio confuso de moles y de paisanos impávidos que, a base de sentarse cada día a la sombra a ver crecer el hormigón, se han transformado en las verdaderas setas de la Encarnación. Así es esta plaza de obras lentas como caracoles que se asoman a su fin sin saber si seguir o volverse.

De utilidad:
Qué: Esperando a ver si terminan las obras de la Encarnación, consistente en seis setas gigantes diseñadas por Jürgen Mayer y una pasarela metálica que cruza la calle por alto.
Cuándo: Acaban de decir que estará para fin de año. De este año, sí. Qué sabe nadie.
Cómo: Se está hablando de darle un empujón grande a la obra en agosto, con hasta tres turnos de trabajo que cubran las 24 horas del día. A ver si por lo menos no hacen ruido de noche, que es lo que faltaba allí.
Cuánto: Las setas, más fina y administrativamente llamadas Metropol Parasol (¿o es Metrosol Parapol? Qué ganas de complicarlo todo) iban a costar en un principio 51 millones de euros. Ya hablan de 89 millones.
Para qué: Allí irá el mercado de abastos, que lleva 37 años siendo un cuchitril en un rincón de la plaza. Dicen que en septiembre. Sí, de este año.

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