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Cultura

Fallece el torero 'Antoñete' a los 79 años

El diestro, que estaba ingresado en el hospital, ha muerto tras padecer una bronconeumonía.

el 22 oct 2011 / 19:42 h.

El diestro Antoñete.
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Se venía rumoreando en los últimos días. Los pulmones del viejo torero del barrio de Las Ventas, mellados a golpes de tabaco y toreo, no iban a tener una nueva oportunidad. Con el anochecer se confirmó la noticia: Antoñete había muerto a los 79 años en la clínica Puerta de Hierro aquejado de una bronconeumonía con la que ya venía peleando desde hace mucho tiempo atrás. Su presencia en el palco de comentarista de Canal Plus, también sus intervenciones radiofónicas se habían ido espaciando a la vez que sus idas y venidas a los hospitales se convertían en una constante. No había vuelta atrás.

Antonio Chenel Albadalejo, Antoñete en los carteles, había nacido en Madrid en 1932. Su niñez en el barrio de Las Ventas, la cercanía al manejo del ganado junto a su tío, mayoral del coso madrileño, determinarían su íntima vocación torera. En 1946 llegaría el primer traje de luces aunque la alternativa, que tomó en la plaza de Castellón, se haría esperar hasta 1953. Antoñete consigue pronto vitola de torero ortodoxo, de intérprete clásico de caro concepto aunque las lesiones y las cornadas, también los dientes de sierra de su propia vida, no le aúpan al friso de las grandes figuras en aquellos años de forja. El torero del mechón blanco -una de sus señas de identidad- sí consigue un aura de bohemia, de matador de culto que tendría que esperar a su madurez para alcanzar la definitiva escalada a la primera fila del toreo.

En medio de aquellos años de cimas y simas sobresale un trasteo revelador que ya figura entre las grandes faenas de la historia de la Tauromaquia: en 1966, casi olvidado de la afición, cuaja de cabo a rabo a Atrevido, el famoso toro blanco de Osborne que lo convierte en leyenda y en torero de referencia. Pero las lesiones y las sombras de la vida volvieron a enhebrarse con la trayectoria de Antoñete, que prácticamente desaparece del mapa en 1975. Marcha a Venezuela y prepara la que sería su definitiva asunción a la gloria, con medio siglo cumplido, en la definitiva e imprescindible vuelta de 1981. El maduro torero vuelve a la palestra alentado por el retorno de otros toreros que, como Manolo Vázquez, llenan un hueco de calidad en una extraño momento de transición en el hilo del toreo.

Antoñete se convierte en el icono taurino de aquel Madrid que se asoma a la nueva década con optimismo. Es el torero de la movida y en un lustro prodigioso cimienta su definitiva impronta como gran figura del toreo. En 1985 es testigo de la trágica cornada mortal de José Cubero Yiyo en Colmenar Viejo, un jovencísimo amigo y pupilo que le deja en la más profunda desolación con su muerte. Ese mismo año se prepara su retirada en el ruedo de Madrid, la plaza de su vida, convertida en un acontecimiento en el que las cosas no salieron como se esperaban. Tampoco importó. La afición madrileña lo sacó a hombros del coso venteño recordando que, aquel mismo año, había firmado una de las faenas de su vida al toro Cantinero, del hierro de Garzón.

Pero aquella retirada duró poco. Con escasos argumentos y demasiados años a la espalda, con los pulmones tapizados de nicotina, Antoñete volvería a enfundarse el vestido de torear en 1987 iniciando una nueva etapa de idas y venidas en las que el calendario ya iba imponiendo su tozuda dictadura. A pesar de todo, el diestro del mechón blanco aún sería capaz de enseñar sus laureles en ruedos como Antequera pero, sobre todo, rubricando su herencia taurina contra cualquier pronóstico en una tarde otoñal en Jaén, en 1999. Aún aguantó el tirón hasta el 2001. Poco después de hacer el paseíllo en Burgos tuvo que ser evacuado del ruedo. Los pulmones lo quitaban del toreo. Ayer le quitaron de la vida.

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