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Cultura

Fallece en Sevilla el bailaor Rafael el Negro

Rafael nació en 1932 en Sevilla y estaba casado con la bailaora Matilde Coral, con quien, junto con Farruco, formó el trío Los Bolecos, por el que recibieron en los años 70 el Premio de la Cátedra de Flamencología de Jerez.

el 17 mar 2010 / 09:27 h.

Fotografía de archivo del año 2000 de Rafael el Negro junto a Matilde Coral.

Aunque el mundo del flamenco era conocedor de la grave enfermedad que padecía el gran bailaor trianero Rafael El Negro, la noticia de su muerte entristeció ayer a todos los buenos aficionados. Al amanecer, el bailaor moría en el Hospital Infanta Luisa a la edad de 74 años, con su esposa al lado, la gran Matilde Coral, con la que había tenido tres hijos: Rafael, Rocío y María.

Todo un mazazo, porque además de uno de los mejores bailaores de Sevilla, Rafael García Rodríguez, que así se llamaba, era una persona de una calidad humana extraordinaria, admirada y respetada en todo el mundo. En él se cumplía lo que pensaba el cantaor Juan Varea, que era mucho más importante ser persona, que artista. Rafael El Negro era una de las mejores personas que han andado por un escenario. Era tan elegante en la vida como bailando, que ya es decir, porque no lo ha habido más elegante, entre los de su escuela, que este trianero universal al que Dios se ha querido llevar para evitarle el sufrimiento de una terrible enfermedad contra la que ha luchado como un león durante años, en silencio.

Todos los artistas, aficionados y críticos coinciden en señalar precisamente esa cualidad en el trianero: su elegancia en el movimiento de las manos, de los pies y de la cabeza. Bailaba con una naturalidad que no parecía que pisaba las tablas, sino que flotaba a dos dedos de ellas. Y siempre con una sonrisa y los ojos llenos de expresividad.

Nacido en Triana en abril de 1935, en plena Segunda República, destacó muy pronto en las fiestas del barrio en compañía de su primo El Tito hijo, de quien aprendió lo fundamental para plantearse el baile como profesión, aunque tenía también la influencia de su propia madre, que fue cantaora, María de los Santos. Triana era entonces una cantera inagotable de artistas y Rafael tuvo la mejor escuela que podía tener.

Tuvo la oportunidad de ser contratado en El Guajiro, un tablao sevillano que hizo historia, que estaba en Los Remedios, por el que pasó lo mejor de la mitad del siglo XX. Allí pudo ver a bailaores de la talla de Alejandro Vega, de quien admiraba la elegancia y la buena planta. Comenzó muy pronto a viajar por el mundo enrolado en distintas compañías, con actuaciones en Nueva York, en el Teatro de las Naciones de París, en el Liceo de Roma y en el Royal Festival de Londres, por citar algunos.

A finales de los años 60, con una carrera hecha y casado con Matilde Coral desde 1957, la maestra del baile sevillano decidió crear Los Bolecos, el trío de baile más famoso de la historia del flamenco, compuesto por Matilde, Farruco y Rafael. Representaban la pureza del baile, la esencia, el duende, pero también la innovación. Era todo un espectáculo ver a este trío en festivales, tablaos y teatros, por la majestad de Matilde, el chispazo eléctrico del genial Farruco y la elegancia festera de Rafael. Sólo duró cuatro años, lo suficiente para quedar en la historia del baile. Rafael se retiró pronto, aunque nunca se fue del todo. Problemas de rodillas y el hecho de que su mujer tuviera la mejor academia de España le hicieron quedarse en un segundo plano y participar en espectáculos muy de tarde en tarde. Memorable fue su actuación en la III Bienal de Flamenco, en 1986, en los Reales Alcázares. Desde entonces no se ha visto bailar más en Sevilla a nadie con aquella elegancia y con aquel duende. No ha tenido grandes reconocimientos este artista, pero sí los que son imprescindibles en la carrera de un bailaor nada mediático como era el trianero, que no bailó nunca detrás de las cortinas porque no lo dejaron hacerlo. Era la humildad y la sencillez personificadas. Así y todo, le fue ofrecida la Semana Flamenca de Palma del Río en 1982 y le otorgaron la Giraldilla de Lebrija en 1995. Además, recibió homenajes en pueblos tan flamencos como Mairena y Écija, con los que tuvo siempre una magnífica relación.

Va a dejar un gran vacío en el mundo del baile porque ya no hay bailaores como él, un pedazo de artista, un esposo ejemplar y un padre tan grande como la Catedral.
Ayer fue velado en el Tanatorio de San Jerónimo, en donde se dieron cita un buen número de artistas y aficionados. Sevilla apreciaba a El Negro y quiere mucho a su esposa, destrozada por la muerte de un hombre que supo darle tres hijos como tres soles, amor por arrobas y, sobre todo, su sitio en el arte. Si detrás de cada gran hombre suele haber una gran mujer, aquí cabría decir lo contrario: detrás de una gran mujer, como es Matilde, estaba un gran hombre, el que se nos acaba de despedir con la humildad con la que vivió.

¿Tiene continuidad su estilo? Por supuesto que no. No podemos hablar de la escuela de El Negro, como no se puede hablar de la de cantaores como Antonio el Chocolate o Juan el Camas. Son únicos, singulares, cuyos estilos se van con ellos. Rafael se ha ido y se ha llevado con él su arte, que era tan único como intransferible. Será difícil que Sevilla lo olvide.

Rafael El Negro será enterrado hoy sobre las 12 horas en el cementerio de San Fernando. Previamente, a las 10.30 horas, se oficiará una misa por su eterno descanso en la Iglesia de los Gitanos.

 

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