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Felipe-Alfonso: Así fueron las cosas

Alfonso Guerra anunció en Cáceres su dimisión como vicepresidente del Gobierno de Felipe González un 12 de enero de 1991. Eligió Extremadura para dar a conocer públicamente la decisión más dolorosa que ha tomado nunca.

el 15 sep 2009 / 18:25 h.

Alfonso Guerra anunció en Cáceres su dimisión como vicepresidente del Gobierno de Felipe González un 12 de enero de 1991. Eligió Extremadura para dar a conocer públicamente la decisión más dolorosa que ha tomado nunca. La dimisión de Alfonso, número dos del Gobierno y del PSOE, fue uno de los hitos de una crisis larvada desde la victoria del Partido Socialista en las elecciones del 28 de octubre de 1982.

El distanciamiento entre Felipe y Alfonso comenzó a gestarse casi desde un primer momento y acabó desembocando en la dimisión de Guerra, tras años de desencuentros, en lo personal, y conflictos, en lo político.

Quizá la dimisión de Guerra fuera la manifestación final de esa ruptura, pero la brecha entre ellos venía abriéndose desde mucho tiempo atrás.

Aun dentro de las discrepancias, Felipe y Alfonso, Alfonso y Felipe, eran un ejemplo de lealtad extrema. En política, la lealtad no tiene por qué implicar un vínculo afectivo, pero sí un lazo que conforme el proyecto común. Si lo que era indiscutible acaba discutiéndose ?no precisa de una explicación, de una sola palabra de explicación? la nueva situación no tiene arreglo posible. Entre Felipe y Alfonso se rompió el delgado hilo que hace innecesarias las explicaciones. Y esa ruptura, a su vez, no se esclarece con argumentos sobre si uno era más de izquierdas y otro más de derechas, si el uno se sometía más a la disciplina del partido y el otro no cambia de posición ni para buscar calor cuando cambian las tornas, o sea, las fuentes de calor.

Se ha escrito que la huelga general convocada por las centrales sindicales el 14 de diciembre de 1988 está en el principio del fin de las relaciones entre aquel presidente de Gobierno español y su vicepresidente, entre aquel vicesecretario del partido socialista y su secretario general. Felipe estaba dispuesto a que le hicieran una huelga general, y Alfonso, no. Éste ?acostumbrado a sacar al partido de atolladeros casi imposibles? acabó plegándose a los criterios de Felipe, pero le violentaba. Sabía que permitir que la reforma laboral del Gobierno acabase en huelga implicaba la ruptura con UGT.

El proyecto de cambio encabezado por González y Guerra, no habría sido posible sin la acción compartida en el partido y el Gobierno por ambos líderes socialistas. La transformación que supuso el afianzamiento de la democracia y del Estado de Bienestar ?universalización de los sistemas educativo, sanitario y de la Seguridad Social y modernización de las infraestructuras y de las estructuras administrativas del Estado? ha sido la más profunda vivida en España a lo largo de su historia. De hecho, cuando Alfonso comienza a ser el blanco de una estrategia de acoso de la derecha y de sus medios afines para acabar con el Gobierno, Felipe para en seco las aspiraciones de dimisión de su vicepresidente: "Por el precio de uno, dos. Adelante con la moción de censura". Es decir, "si se va Alfonso, me voy yo con él".

Sin embargo, a pesar de declaraciones como ésta, que buscaban proyectar un horizonte de destino único, la concepción del partido de uno y otro tampoco era ya coincidente. El papel del número dos como potencial sucesor de González es combatido por los medios de presión y los poderes fácticos, que temían que el proyecto socialista derivara, con el supuesto extremismo de Guerra, hacia derroteros alejados de la socialdemocracia y de la moderación de Felipe. Un ejemplo fue el proceso sobre la permanencia de España en la OTAN, durante el cual Guerra seguía siendo el mayor desfacedor de entuertos del partido. El mayor defensor de la salida de España de la OTAN había sido Solana. Alfonso se mostraba más prudente y fue el autor del lema: "Cuidado, pongamos "OTAN, de entrada, no", por si acaso mañana alguno se convierte al atlantismo". Ése era el papel que le gustaba a Alfonso y que le gustaba a Felipe que jugara Alfonso.

Por su parte, Felipe comienza a pensar que Alfonso quiere utilizar el partido para mediatizar al Gobierno, para hacerle perder libertad y autonomía. No a él personalmente ?nadie discutía el papel de liderazgo del secretario general?, sino contra su política y contra quienes son avalados como ejecutores de su política. Es la ruptura de la confianza en Alfonso y los llamados "guerristas" la que justifica el "Clan de Chamartín", con Almunia, Solchaga, Leguina, José Barrionuevo, Josep Borrell o José María Maravall. Éste se presentaría a sí mismo, al cabo de los años, como muñidor de la estrategia del cambio socialista. Olvida que sucumbió a una huelga de estudiantes simbolizada por alguien como el Cojo Manteca, que con su muleta como arma se convirtió en icono violento de aquel movimiento estudiantil.

Felipe, por tanto, acepta las discrepancias con Guerra, pero no admite que se le impongan opiniones que prevalezcan en el Gobierno por encima de las suyas. El que quiera gobernar, que gobierne desde el sillón de presidente y no desde el partido. Lo expresa en otra de sus frases lapidarias: "Se gobierna desde La Moncloa, no desde Ferraz".

Así las cosas, ni las causas ?en el partido o en el Gobierno? ni el elemento político que precipitó la ruptura entre los dos parecían estar claros. Alfonso sostiene en sus memorias que dimitió, y Felipe, según cuentan algunos de sus allegados, que le hizo cesar. Felipe desveló el pasado día 12, en Madrid, en la presentación de un libro de quien esto firma, que él no cesó a Alfonso. Afirmó, en su discurso, que "en su opinión, Guerra no debería seguir en el gobierno, pero que si éste hubiera querido seguir, él no le hubiera cesado".

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