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Feliz adiós de Pepe Luis Vázquez

el 08 sep 2012 / 21:44 h.

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Plaza de toros de la mulata
Ganado: Se lidió un ejemplar de Murube en la lidia a caballo, manso y flojo; en la lidia ordinaria saltaron cuatro toros de Juan Pedro Domecq, correctamente presentados. El primero se coló por el izquierdo y el segundo llegó derrengado a la muleta. El tercero, de preciosas hechuras,  tuvo excelente comportamiento. El cuarto a pie tuvo buen fondo y poca continuidad.
Actuantes: El rejoneador José Luis Cañaveral, ovación.
Pepe Luis Vázquez, de corinto y oro, silencio y oreja.
Morante de la Puebla, de Macarena y oro, silencio y dos orejas.
Incidencias: La plaza registró un tercio de entrada en tarde calurosa en la que molestó el aire.

Había que viajar a Utrera sin las ideas preconcebidas, dispuesto a disfrutar con todo aquello que la suerte permitiera esbozar o soñar. Era la última tarde de un torero de concepto natural que, tantas veces, se quedó a las puertas de ese hilo del toreo heredado y aprendido en tentaderos secretos de la casa de los Miura o en los llanos de El Toruño, escenario de las primeras lecciones paternas. No había que pedir más. Los más cabales recordaban tientas que corrieron de boca en boca, esa tarde de las Colombinas del 85 o la mañana luminosa de un San Miguel improvisado, al día siguiente del entierro del gran Paquirri.
Pero el penúltimo toro de su carrera profesional, un precioso ejemplar castaño que le permitió esbozar una media verónica, no le iba a dejar confiarse. Después de ese lance no hubo más. Posiblemente Pepe Luis se mosqueó con las coladas del juampedro, que se metía siempre por el pitón izquierdo en banderillas y no pudo ni supo disimular la falta de recursos para hacerle frente.
Habría que esperar al cuarto, otro ejemplar de preciosas hechuras -así debe ser el toro de las plazas de tercera- que exigió en los primeros tercios y llegó a la muleta anunciando buenas cosas. Pepe Luis se puso derechito, acarició al toro en dos o tres muletazos de seda y se marcó un sensacional trincherazo que acabó por animarle. Hubo gotitas de perfume por ambas manos y un inoportuno desarme no le impidió gustar y gustarse en una faena dicha a chispazos, inspirada en los naturales y refrescante en esos kikirikís marca San Bernardo que le iban a servir para despedirse de este hermoso oficio con buen sabor de boca. Aún se marcaría unos muletazos diestros -evocación de otros modos y otro tiempo que se fue- que no tuvieron refrendo con la espada. A esas alturas tampoco importaba. Pepe Luis se marchaba del toreo con una sonrisa en los labios y rodeado del cariño de los suyos.
Después de que el personal se hartara de reir con el inoperante personal encargado de regar la plaza -fueron incapaces de enchufar la manguera en la boca de riego- Morante le endilgó seis o siete lampreazos, una media imposible y una serpentina improvisada al bonito zapato que salió en segundo lugar a pie. Pero en la muleta fue otro cantar: embistiendo al paso, con nula entrega, al diestro de La Puebla no le quedó más remedio que abreviar y marcharse a por la espada después de comprobar que no se podía sacar agua de un pozo seco.
El cuarto de lidia ordinaria también sacó excelentes hechuras -todo el encierro fue una pintura- y dejó a Morante relajarse y templarse con el percal. Descalzo y alumbrado por los focos, se sintió en un puñado de redondos de seda, dichos muy de uno en uno  que fueron el preludio de una faena un punto inconexa a la que le faltó atacar más y mejor a un toro que tenía buen fondo. Morante supo descubrirlo en una empacada serie diestra y comenzó un trasteo de escaso hilo al que no le faltó sabor. La gente estaba por agradar y le dieron dos orejas.
Por delante rompió plaza el rejoneador José Luis Cañaveral, discreto y animoso con un murube noble pero falto de raza y fuerza.

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