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Fenómenos extraños a porrillo en el cielo de Sevilla

La iluminación navideña de este año sobrepasa ya lo del solsticio y entra de lleno en lo psicodélico.

el 10 dic 2013 / 21:39 h.

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gente alumbradoYa lo advirtió en su día el gran druida de la municipalidad, y nadie se lo tomó en serio: Esto no es iluminación navideña. Es iluminación del solsticio, proclamaba Torrijos. Pero de ahí a la Tierra Media solo había un paso, para alegría de los muchos elfos que hay en España (ah, no, que no eran elfos, sino golfos). La gente se queja de que esta afición repentina por el morado, tan tolkieniano él, ha dejado en el cielo sevillano tal tristeza que, a su lado, el célebre Jeremías bíblico sería un loco de la noche preguntando que si nos vamos a la calle Betis a tomarnos la penúltima. Pero aun siendo llamativo (que no nuevo) el color de la Avenida, más interesante se antoja el descifrar qué pueden ser algunas de esas diademas luminosas que penden sobre las demás calles del centro de Sevilla; qué significan, qué representan, qué amenazas encierran, qué prodigios. Unas son fácilmente reconocibles; otras... Cuentan las crónicas medievales que el temible Almanzor, tras invadir y arrasar Santiago de Compostela a finales del siglo X, se trajo con él de vuelta las campanas de la catedral a modo de humillación para los cristianos. Bien: si en vez de llevarse esas campanas se pasa por Sevilla y se lleva las que coronan hoy Tetuán y Sierpes, aquello es el fin de la dinastía Omeya. Extinción por lumbalgia. He ahí uno de esos motivos fácilmente reconocibles de los que se hablaba antes: las campanas. Luego está lo de la calle Laraña. Lo de la calle Laraña, sea lo que sea, podría provenir perfectamente de ARCO. Y no del de la Frontera, sino del de Madrid: si eso no tiene el sello de Miró y un serio ramalazo Kandinsky, más el rollo instalación callejera, es que no hemos aprendido nada de décadas y más décadas de verborrea de las vanguardias artísticas (cosa perfectamente comprensible, por otra parte). En este recorrido crítico por la Sevilla pascual hay que señalar que es muy bonito el homenaje a Batman que han hecho en la calle Sagasta, con esas composiciones luminosas terminadas en forma de alas de murciélago. Buena idea. Si hay en Sevilla una patria del superhéroe, esa es Sagasta, con una administración de lotería a la que media Sevilla confía todos los años por estas fechas su sueño de adquirir poderes sobrenaturales. Que por cierto, ¡noticia!: en la esquina de esta calle con la de Sierpes, en la terraza que hay sobre la tienda de mantones de Juan Foronda, han sido ejecutados por ahorcamiento una decena de papás noeles de esos que trepan por las fachadas. Los cuerpos continúan allí expuestos para público escarmiento. En la calle Alfonso XII no basta con admirar las lucecitas colgantes a la vez que se pasea, como en cualquier otro paraje del centro, y sacarles mientras tanto parecidos razonables: aquí toca pararse a meditar muy seriamente a la luz de la alegoría que se representa: una mantis religiosa a la que se le ha caído el cucurucho de helado. Después de mucho intentar descifrarlo, nada sino esto puede ser lo que se representa con ese manojo de leds de colorines que cuelgan sobre las cabezas de los viandantes, de un lado a otro de la calle. Y es para detenerse a reflexionar porque supone una perfecta síntesis de los males del mundo: gente sin cerebro incapaz de cuidar de lo que tienen. Formidable propuesta para darle al magín al calorcito de la mesa de camilla, en estos días tan adecuados para la introspección. Pero si antes de recogerse ante el brasero quisiera el ciudadano continuar con su paseíto en pos de las extrañas luces que surcan los cielos de Sevilla, que no deje de pasarse por Méndez Núñez, donde el entrañable arbolito navideño aparece rematado a ambos lados por los no menos entrañables guantes de boxeo. Si luego se enfila hacia O’Donnell, habrá ocasión de observar ese himno a la peineta de folclórica que se repite cada equis metros hasta llegar casi a la Campana. Esto muy navideño no es que sea, salvo que se trate de un guiño al género del villancico aflamencado, que todo es posible en la ciudad del quejío. Y de nuevo, las casualidades: en la calle Calatrava hay una muchacha intentando expoliarle un punto negro a su novio a base de trincharlo con las uñas de los pulgares (cosa que, igual que dijo aquel desgraciado al ver cómo se le quebraba un asta a un toro al arremeter contra un burladero de la Maestranza, tiene que doler). Y mientras lo engatusa con zalamerías, como haría cualquiera al verle una espinilla en los morros a su pareja, ¿qué extraordinaria forma cobran las luces callejeras sobre esta idílica escena? Pues nada menos que la de una llave inglesa aproximándose a una tuerca, que no otra cosa era lo que estaba sucediendo allí. Porque la extracción de puntos negros también puede ser un sentimiento navideño. Antaño, las luces navideñas de Sevilla eran todas iguales: estrellitas. Luego se sofisticaron con abetos y con campanitas, pero había una cierta democracia en el fenómeno. Ahora parece un campeonato de imaginación que en según qué momentos cansa la vista, por imponente. Por ejemplo, el gentío está celebrando mucho esa especie de lluvia de kilovatios que cae permanentemente sobre la Plaza del Salvador, a imagen y semejanza de un afamado mercado cubierto londinense. Pero a ojos de un buen sevillano, aquello puede parecerse menos a Covent Garden que al bar Latino con los chorizos colgando. O incluso a la Gruta de la Maravillas, con todo ese derroche de estalactitas amenazando los cogotes de los visitantes. Opresivo: esa es la palabra. Tal vez sería interesante, de cara a años venideros, dejar de querer asombrar al mundo entero y hacer como en la calle Regina, donde a las cuatro luces que han colocado les han añadido los vecinos unas cuantas ristras de banderines de unos balcones a otros. Alegría. Eso es lo que significan. Y lo que transmiten.

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