Cultura

Fernando Ortiz: "Nada es más actual que la tradición"

El poeta recibe hoy un homenaje en la Biblioteca Infanta Elena.

el 15 feb 2010 / 19:21 h.

Una vida entre libros.

Hace más de 30 años que sacó a la luz sus primeros versos, pero Fernando Ortiz (Sevilla, 1947) parece mantener intacta la pasión por la poesía. Hoy, a partir de las 20.00 horas, recibirá un homenaje de sus compañeros –algunos tan ilustres como Pablo García Baena o Francisco Brines, quien ha enviado un escrito– en la Biblioteca Infanta Elena, dentro del ciclo Letras capitales que organiza el Centro Andaluz de las Letras.  


Ortiz acepta este reconocimiento “con sorpresa, pues uno no está acostumbrado a estas cosas”, explica, al tiempo que enumera los “amigos y maestros” que participarán en persona o desde la distancia en este merecido tributo: Gabriele Morelli, Emilio Barón, Jacques Issorel, José Julio Cabanillas, Manuel Ángel Vázquez Medel, Javier Salvago...
Más de 30 años de escritura poética, pero también de reflexión sobre la esencia de este arte y en concreto sobre la tradición andaluza, fijada en su memorable La estirpe de Bécquer. “Cuando publiqué el ensayo se rieron de mí, pero hoy casi todos los poetas que recogía en esas páginas tienen premios importantes”, dice orgulloso.

 
¿Qué es para Fernando Ortiz ser poeta, y además en Sevilla? “Pues algo muy importante, y lo digo sin falso chauvinismo, porque no soy hispalense, soy sevillano. Aquí hay una tradición poética de mucho peso, desde los grandes barrocos hasta los Machado, Cernuda, Bécquer...”, comenta. “Ahora bien, si me preguntas qué pinta el poeta en esta sociedad, diré que ninguno. Los pregoneros tienen más relevancia, pero desde los tiempos del Romanticismo el poeta no tiene función, está fuera de las leyes de la oferta y la demanda: ni fu ni fa”.   


“Otra cosa es el márketing literario, causa por la cual un señor llamado Góngora sólo cuenta con dos ediciones de su obra completa. Joaquín Sabina, por ejemplo, me parece un sonetista con cierta gracia, pero no creo que sea superior a Góngora, aunque haya vendido no sé cuántas ediciones”, agrega.


Ortiz conviene con Octavio Paz en la necesidad de conocer la tradición “aunque sea para negarla”, y subraya que todos, incluso los más rupturistas, acaban volviendo a ella. “La tradición está siempre de rabiosa actualidad. No hay nada más actual”.

Profesión de fe. Ortiz vivió 25 años fuera de Sevilla: trabajó como guionista en Prado del Rey (Madrid), hasta que la tierra le tiró del todo. “Pedí que me destinaran a Sevilla, y trataron de convencerme de que me quedara, diciéndome que podía ser jefe de sección, mientras que en el Sur no sería nada. Pero sabía que mi centro estaba en Sevilla, que aquí podía escribir la poesía que yo quería escribir”, recuerda. “Sin ser especialmente folklórico ni capillita, ésta es mi ciudad, mi sol, el lugar donde me he criado”.


Cita como sus maestros a Juan Gil-Albert, José Antonio Muñoz Rojas y Jaime Gil de Biedma, “que corrigió mi primer libro de versos y me dedicó su espléndido ensayo sobre Cernuda”, evoca. “He visto la película que han hecho sobre él y no creo que sea denigratoria para Jaime. Que el personaje que aparece en la pantalla tenga algo que ver con él, es otra cosa. No se asemeja en nada. Era extremadamente inteligente y muy tímido, pero lo disimulaba con una máscara de cinismo, de humor agresivo, y con su deslumbrante pirotecnia verbal”.


Fernando Ortiz también escribió durante un tiempo para la prensa diaria, y fruto de las colaboraciones con El Correo de Andalucía surgió el libro Manual del veraneante perpetuo (La Carbonería, 1994), “uno de los libros míos a los que más cariño tengo, y que incluso he releído con gusto”, confiesa.


A su valiosa obra divulgativa prefiere calificarla como “crítica de poeta”, y apuesta a que puede “contar con los dedos de una mano las veces que he escrito sobre poetas que no me interesan, porque pensaba que influían negativamente o causaban cierto daño. Ahora seguramente no lo haría. Hay que entender que el derecho al voto, el salario mínimo y la seguridad social son democráticos, pero la excelencia no”, asevera. “Ser poeta es una profesión de fe a la que algunos no podemos renunciar”.  

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