Cultura

Flamencos y mascotas posan juntos ante la cámara para apoyar la adopción

La muestra ‘Cánidos, embrujo y duende’ se inauguró ayer en la Avenida de la Constitución

el 09 sep 2014 / 09:00 h.

Algunos de los artistas que participan en el proyecto, en la inauguración de la muestra. Foto: Pepo Herrera Algunos de los artistas que participan en el proyecto, en la inauguración de la muestra. Foto: Pepo Herrera No parece, al menos a priori, que el flamenco y los animales de compañía tengan mucho en común. Y sin embargo, son muchos los artistas del arte jondo que poseen mascotas, las miman como si fueran de la familia y hasta aseguran que son fundamentales en su carrera. Prueba de ello es la respuesta que ha obtenido el proyecto Cánidos, embrujo y duende, de la fundación Benjamin Mehnert, que se expone al público desde ayer en la Avenida de la Constitución. La iniciativa partió de la artista Alexandra Hoffer, quien conmovida por un caso de rescate de una galgo tiroteada conoció el trabajo de la fundación Benjamin Mehnert, con sede en Montequinto, y decidió que había que hacer algo «por sensibilizar a las personas en la triste realidad del abandono». Después de casi veinte años trabajando sobre el mundo del flamenco en la fundación sevillana Christina Heeren, se le ocurrió que podría haber un modo «de compaginar la pasión flamenca con el amor a los animales». Para ello contó con la colaboración del fotógrafo Nicolás Haro, e invitó a varios artistas flamencos a posar con perros de distintas razas. El resultado es la serie fotográfica Cánidos, embrujo y duende, que puede verse desde ayer en la Avenida de la Constitución. En su presentación quisieron dejarse ver algunos de los participantes, como Israel Galván, Rocío Márquez, Rubén Olmo, Milagros Menjíbar, Manuel Lombo o Niño de Pura. Pero los retratados, que han quedado inmortalizados en un almanaque benéfico, son más: Arcángel, Farruquito, Estrella Morente, Miguel Poveda, José de la Tomasa y Eva La Yerbabuena completan la ilustre nómina. Algunos de ellos aceptaron compartir con los medios su experiencia canina. Es el caso de la onubense Rocío Márquez, quien no obstante recordó que «tener un perro es una responsabilidad enorme, y más para quienes por trabajo nos vemos obligados a viajar a menudo», dijo. De su mascota, afirmó que «me encanta ver cómo reacciona ante la música, poseen una sensibilidad increíble», y a la hora de pensar qué raza sería en su opinión la más flamenca, no lo dudó: «Los galgos tienen una elegancia asombrosa, pero los dálmatas llevan los lunares». El cantaor Manuel Lombo, que siempre ha vivido rodeado de animales, también subraya el problema que supone viajar con frecuencia, pero no cambiaría por nada esta compañía. «Si los tratas como si fueran personas, acaban desarrollando instintos sorprendentes, reconocen conversaciones e intuyen lo que vas a hacer antes que nadie». Por su parte, el bailaor y coreógrafo Rubén Olmo tiene dos perros, un yorkshire y uno común, que van con él incluso a los ensayos. «Se meten en el estudio, se acuestan en un rincón y nos ven bailar durante horas. ¿Qué me dan? Mucho cariño y compañía. Siempre digo que los flamencos somos artistas de la soledad, y llegar a casa y encontrar esa compañía es algo que no se puede pagar con nada», agregó. Finalmente, la directora de la fundación Benjamin Mehnert, Isabel Paiva, explicó que esta institución lleva desde 2008 realizando en Sevilla tareas de «salvamento, recuperación y reubicación de galgos en hogares donde les ofrezcan la primera oportunidad de convertirse en animales de compañía». «Miles de perros son abandonados en nuestro país cada año», prosiguió Paiva, por eso desde la fundación se intenta paliar estos datos con adopciones a través de asociaciones centroeuropeas situadas en países como Holanda, Bélgica, Francia, italia, Suiza, Alemania o Dinamarca, y por supuesto en muchos y muy buenos hogares españoles, que llegan a alcanzar las mil adopciones anuales». En este sentido, hizo un alegato en favor de la adopción, y pidió que el gusto por los animales no lleve a nadie a comprarlos, pues está demostrado que la mayoría de los abandonos se producen entre compradores. «El galgo», concluyó, «como una seguidilla o un fandango, está arraigado a la tierra y al trabajo, a la vida y a la muerte... al sufrimiento profundo de un quejío desgarrado. Un galgo abandonado, perdido, nos encoge el alma como el canto de la más triste soleá. Y si lo vemos corriendo, el galgo, con los pies de una gitana y la elegancia de sus manos corta el aire sin dañarlo, es una mezcla de tango y bulería».

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