Local

Fuera fiestas

Se acabó. El olor a musgo garrapiñado se ha disuelto en el aire y la gente ha retomado sus viejas sanas costumbres. Fin de la amenaza.

el 09 ene 2012 / 19:51 h.

TAGS:

Es difícil imaginar qué oración de acción de gracias, qué inefable emoción recorrería el corazón de un capitán de navío del siglo XVII cuando, tras superar contra todo pronóstico la tempestad más depravada del Cabo de Buena Esperanza, viese al fin, resbalando por el intacto bauprés, los apacibles rayos del amanecer y una mar en calma salpicada de gaviotas jugando a ser cometas con la brisa. Pues será difícil imaginarlo, sí, pero créase usted que la mirada agradecida de ese lobo de mar no sería muy diferente de la del sevillano que, desde las gradas de la Catedral, bajo el solecito picantón del mediodía, viese ayer las apacibles explanadas de Ceferino González casi vacías, sin más soniquete que el silencio y las campanas, y libre ya de campanilleros, mulas, bueyes, sochantres, caganers y lavanderas. La fiesta se acabó, y no habrá otra de las gordas hasta dentro de 81 días, a la sazón Domingo de Ramos. Aproveche, porque del serrín al incienso hay lo que se dice un suspiro.

La contemplación, ayer, de los operarios municipales desmontando el insulso nacimiento del Arquillo (¿de qué serían tantas naranjas? ¿Las tira la gente al misterio o qué?) formaba parte del encanto nunca bien ponderado del regreso a la normalidad, signifique lo que signifique eso en una ciudad cuya adicción a las fiestas hace tiempo que dejó de ser una figura retórica. En la esquina del Archivo de Indias, mientras tanto, se producía una escena singular: las vendedoras de romero se fundían en abrazos y besos, unas con otras, tras semanas de no verse por mor de las Navidades. No tenían otra ocupación, vacía como está Sevilla de turistas, si hay que hacer caso a los propios ojos: el Paseo de Colón, solo; el Parque de María Luisa, en tierra calma; el casco histórico, un desierto. No había colas para entrar en la Catedral y en el Alcázar. Dos japonesas había en la Torre del Oro, haciendo fotos, para no mentir.

De modo que la crónica del regreso a lo cotidiano, tras una inmersión de tres semanas en el cuento troquelado de las pascuas, es un relato rebosante de ecos. Si pide usted una sensación predominante, visto lo visto ayer por el centro de Sevilla, sería la siguiente: que el paisanaje tiene pinta de haberse sacudido un peso de encima. Siguen los adornos callejeros, pero parece que estén caídos, sin estarlo; tan impropia se hace ya su presencia. Bajo esas guirnaldas, lo que se ve ahora es una Sevilla sucia y vulgar que se ha dejado de muchedumbres y donde la gente, pertrechada para ganarse la vida, ya no solo lleva bolsas de las tiendas, sino también carpetas de ir a clase, maletines de volver del trabajo, periódicos de los de sentarse a leer en un banco (los menos, a decir verdad). Se detecta en algunos paseantes, contra lo que venía siendo habitual en las últimas fechas, una actitud no finalista. Hay un aroma limpio sin restos de especias, un sonido fresco y libre de panderetas por el que tintinea la campanilla del tranvía y pían dos o tres gorriones. En la calle Arfe, el resol chorrea por los geranios junto al Arco del Postigo, como si aquello fuese una callecita encalada en un pueblo tranquilo. Que es lo que es. Y a la vuelta, los azulejos del bar La Pimienta simbolizan como nada el espíritu recobrado de la ciudad: gente que charla, borriquillos con loza, nada por aquí, nada por allá y la Giralda al fondo. Un martillo percutor destroza el suelo y los nervios en la esquina de García de Vinuesa y en la Puerta de Jerez hay un señor leyendo un libro. La próxima vez que esta normalidad se interrumpa hará un calor espantoso. Felicidades. 

  • 1