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Crónica de la ópera 'La isla deshabitada' que se ofrece estos días en el Teatro de la Maestranza.

el 04 mar 2010 / 22:25 h.

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No deja de ser justo que Sevilla rinda tributo a uno de los aquí nacidos, en esta ciudad de la música que lo es más por inspirarla que por la creatividad musical de sus oriundos. Con una de sus óperas de cámara, García ha sido reivindicado por primera vez en la sala del Maestranza que lleva su nombre. Ya antes lo fue en este mismo espacio, pero en la sala principal, con la fallida Don Quijote y la más atractiva La muerte de Tasso. En La isla deshabitada García vuelve a demostrar su habilidad a la hora de articular y estructurar elementos dramáticos y musicales, aunque en lo segundo el ingenio se reduce a una serie de agradables melodías al servicio de lo que más le interesaba y mejor conocía, la voz humana y sus diferentes tesituras. Entre arias, dúos, tercetos y cuartetos, dispuestos de manera geométrica, se atisban sus raíces andaluzas en la obertura o en el dúo Non mi fuggir così!, tal como apuntó en la valiosa conferencia previa Teresa Radomski, autora junto a su hermano James de la edición crítica de la partitura.

Para evitar que la propuesta resulte trasnochada, la escenografía impacta con su uso del azul y el blanco, los dos colores indisolubles de la marina. Mientras el aspecto que ofrecen las sillas apiladas evoca un almacén abandonado en el que la soledad de los personajes se hace más patente. Éstos se mueven a veces espasmódicamente, subrayando su vocación de puesta en escena fresca y moderna, procurando así borrarle a la función su peligroso sabor rancio.

Sin duda es en la interpretación musical donde el espectáculo alcanza mayor dosis de dignidad, con un elenco notable de jóvenes talentos. Cuatro voces capaces de adaptarse a las dificultades canoras que les impone la partitura, así como a los obstáculos y retos físicos que les traza la dirección escénica de Sagi. Sobresale la voz poderosa y segura de Carmen Romeu; también la voz grave de César San Martín merece destacarse. Marifé Nogales combina buen gusto, agilidad y un bello timbre, pero acusa más inestabilidad, y Jesús Álvarez controla su voz más pequeña esmerándose en fraseo y articulación. Muy atento a todos ellos, y exhibiendo enormes dosis de entusiasmo, Rubén Fernández al piano. Un trabajo pequeño y didáctico, defendido con buenos recursos y objeto finalmente de una gran ovación.

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