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Cofradías

Gozo con minutos contados

el 01 abr 2012 / 16:27 h.

@RamPalacios

La decisión no era fácil. Y en la Parroquia de San Julián optaron por romper la grisácea tónica general de la mañana, por dar la sorpresa, más aún, el campanazo. El hermano mayor, Fancisco Granados, subía minutos antes de las cuatro de la tarde al altar del templo para comunicar que "este año la Virgen de la Hiniesta llorará por las calles de Sevilla". Lo dijo paladeando cada palabra e incluso permitiéndose unos imaginarios puntos suspensivos entre 'llorará' y 'las calles de Sevilla'. De haber sido un rescoldo del guión de una película estaríamos felicitando a su firmante. Lo efectista de la frase se encontró de fondo con una marea de ilusión. Cuando las expectativas parecían tan acabadas, la perspectiva de poner la cofradía en la calle -la primera del Domingo de Ramos- supuso un estallido de júbilo y un literal salto de alegría en el que prorrumpió buena parte de la nómina de los hermanos.

Eran las cuatro y diez cuando la cruz de guía superaba el arco ojival de San Julián e inauguraba, con permiso de los días previos, la Semana Santa. Pero no se paladeaba en el ambiente regocijo alguno. Más bien una calma forzada, una sonrisa, casi mueca, de aparente felicidad. Los nazarenos azules de la Hiniesta se estaban mojando. Llovía. Llovía y lo hacía a cada instante con un poco más de ahínco y coraje como queriendo terminar por convencer a la hermandad de que lo suyo era una aventura con los minutos contados.

En medio de un tupido manto de paraguas los tramos de nazarenos seguían aguantando la pertinaz llovizna y avanzaban a buen paso. El público de las primeras filas buscaba las miradas de los nazarenos como queriendo encontrar en ellas un por qué, una respuesta a una situación que a cada momento se hacía más y más insostenible. Pronto, el murmullo del gentío trajo de boca en boca una noticia desalentadora: "Jesús Despojado no sale. En Molviedro arrecia". El titular, propio de un telegrama, era contundente y chocaba de frente con la estampa que allí se vivía: una cofradía avanzando bajo la lluvia. Casi como si nada.

Pero la vuelta atrás cada vez era menos un vaticinio y más un hecho probado. Cuando los primeros acólitos del Cristo de la Buena Muerte pisaron la calle la lluvia volvió a avisarles en forma de relámpago. "¡No se puede, no se puede!", decían algunas voces desde el interior del templo. Y claro que no se pudo. En medio de un aplauso cerrado, que contrastaba con el aluvión de críticas a la Junta de Gobierno que se vertían en Twitter, la Hiniesta, al menos, regalaba un primer instante de gozo, una postal para el recuerdo: la imagen de Castillo Lastrucci se asomaba al dintel de la puerta antes de caminar hacia atrás. Que no. Que todavía no era Domingo de Ramos en Sevilla.


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