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Grandes planes para el pasado

Las colecciones de los quioscos vuelven a confiar en la nostalgia, pero siguen sin encontrar la piedra filosofal, el nervio de la memoria, el objeto definitivo que resuma el pasado de una generación. Si le preguntaran a usted, ¿qué diría?

el 28 ago 2011 / 18:57 h.

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"Tengo y conservo muchas cosas de mi infancia...", dice Pascual González, al cabo de su meditación. "Entre ellas, la que más me hace levitar con mi niñez, en el arrabal de la Calzada, es la vieja radio Marconi de mi abuela, en la que, entre otras muchas cosas, escuchaba al Tito Pepe y su sobrino; a Matilde, Perico y Periquín; y en la que Machín me cantaba Angelitos negros al son de sus maracas y mi padre apagaba, a la carrera, cada vez que hablaba un tal Generalísimo." Y aunque este superlativo logró robarles la sonrisa a algunos adultos de aquella casa, como señala poéticamente el cantor, lo que no pudo arrebatar fue la alegría de los recuerdos infantiles. Nadie ha descrito todavía la importancia de ese fenómeno agudo que es más que nostalgia y que, más allá de las consecuencias emocionales y personales que produzca, contribuye a la solidez de un sector que mueve al año alrededor de 250 millones de euros en España: los coleccionables. La maqueta del 2CV, la costura, El Príncipe Valiente y otros tebeos de antaño se unen este fin de verano a una larga tradición de colecciones de quiosco en las que no ha faltado de nada: El Jabato, El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, seítas, camiones antiguos, utilitarios de los sesenta, soldaditos de plomo y otros juguetes, relojes de bolsillo, cuentos de Calleja y de lo que no es Calleja, belenes, porcelanas, material escolar... ¿Hacen falta más ejemplos?

Ya lo advertía Homero, con el caso habitual que aquí se le hace a los griegos: Dejemos que el pasado sea el pasado. Pero la gente en general, la que no sabe por dónde se va a Ítaca, suele ser muy sensible a estas promociones, y para qué hablar del sevillano clásico: Pascual González aporta como ejemplo ese tema de Cantores de Híspalis titulado Añoranzas y que habla de barrios castizos, cruces de mayo, vendedores de barquillos, cerveza arrastrá por caballos, el burrito del mantillo, los afilaores, los traperos, los diteros, el juego de la lima, las murgas, el corrillo de hacer labores y hasta el tío de la cabra.

En resumen, la infancia perdida. El único problema que ello representa para los fabricantes de colecciones es que no hay un patrón común; al trabajar con ese concepto, unas triunfan y otras no, y no se sabe por qué. A veces parece que se toca por azar un nervio muy sensible y se convierte en un éxito, "como pasó con los tebeos de El Jabato", recuerda Lorenzo Alguacil, quiosquero en la calle San Pablo, que no para de quitar cartones para unas clientas que quieren llevarse sólo los abanicos, la colección que arrasa ahora. Y eso que el tema estaba ya trillado. "Nuevas, nuevas... si le digo la verdad... ¡no hay ninguna! Casi todas, por no decir todas, son sobras de otros años que van reeditando. Ahora lo que estan haciendo mucho", explica el señor Lorenzo, "son las colecciones tipo test: sacan cuatro números, sin avisar, sin hacer publicidad ni nada, y si ven que funciona al año siguiente sacan la colección. Es lo que está pasando con los moldes de silicona, que se probó hace tiempo, se vio que funcionaba y ahora los han sacado ya como colección".
Aunque, por lo que a la nostalgia concierne, las editoriales se encuentran con un problema: hay cosas que no se pueden comercializar ni siquiera por piezas, caso del corrillo de labores del que hablaba Pascual en su composición; o caso, por poner otro ejemplo, de lo que dice el ex alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín, preguntado al efecto: "Icono de mi infancia, sin dudarlo, el edificio de mi colegio, los Escolapios", que estaba en la Plaza Ponce de León, junto a Santa Catalina. ¿Razón? "Emociones, recuerdos, símbolos", y remite el señor Alfredo a su propio blog, del que, con su permiso, se reproduce aquí un trocito bastante considerable:

Una de las cosas que me dejaron huella fue que cuando llegué a los Escolapios, como era hijo de un profesor (don Juan), de la parte de pago, iba con mi babi azul de rayitas. Pero al otro lado del edificio, en otra parte del convento, estaban los gratuitos, que entraban por otra puerta y tenían otros patios y vestían con un babi del color de papel estraza... A veces, con mis amigos, me escapaba para verlos a escondidas... Aquello me impresionaba... ¿por qué nosotros, los de pago, entrábamos por una puerta y ellos por otra?, ¿por qué teníamos unos profesores y ellos tenían otros completamente distintos, con mucha menos consideración académica incluso (no sé si justa o injusta)? Aquella segregación, aquel apartheid me impresionó mucho... Había unas historias rocambolescas sobre quiénes eran esos niños y por qué estaban allí... Luego, comprobamos que eran niños con pocos recursos económicos y que se suponía que estaban haciendo con ellos una buena acción social, pero para mí, para los ojos de aquel niño, era muy chocante... Aquello se superó y en ello colaboró activamente mi padre: Juan Luis Sánchez Centeno. Él, don Juan Centeno para los alumnos, tuvo mucho peso en la renovación y en la transformación de Los Escolapios, tanto que le costó la salud. Y, luego, la vida. Con lo cual aparece otro elemento indispensable de la nostalgia: el padre o la madre, o ambos.

De hecho, había un padre que tenía un seat 127 rojo con dos puertas y que también forma parte (el padre y el coche) de otro episodio de añoranza: el del escultor imaginero Jesús Méndez Lastrucci. Para éste, su memoria se explica con dos elementos: el albero y la hierba húmeda. Que juntos conformaban la base de sus ritos familiares: el montaje del nacimiento. En ese coche, el padre los llevaba a su hermana Amalia y a él hasta Alcalá a la caída de la noche, para recoger la tierra caída fuera de la alambrada de la fábrica. Y para la tierra, iban a la carretera de Carmona. "Mi padre sacaba del coche unas cajas de cartón y una espátula. Agachados los tres sobre el firme, clavaba la espátula dibujando primero la plancha que deseaba extraer" y, tras partirla como una tarta, la extraía con cuidado , rebosante de hierba. En esos aromas frescos de las entrañas de Sevilla localiza este artista el alma de su infancia.

"En mi infancia tuve cromos y canicas que yo mismo me gané", recuerda el poeta sevillano Felipe Bollaín, en respuesta a este periódico; "imanes y botones extraídos del abismo de los recreos; bicicletas y balones que duraron minutos en mis manos y un etcétera roto de regalos. Tuve muchos juguetes pero hubo uno que vino a sentar las bases de mi mundo", advierte. "Vivíamos en Las Dueñas; debía yo de tener unos ocho años cuando mi padre [nótese otra vez la presencia de este elemento crucial] decidió cambiar el suelo de mármol por un parqué o, dicho de otro modo, un frío y distante suelo de mármol por un cálido suelo de madera; y allí estaban, sin barnizar, sin astillas, suaves y resistentes, recortadas en toda su pureza, las maderitas sueltas.""Aquellas maderitas eran como un acertijo abierto a la brutal sencillez del asombro, livianos lingotes de amor constructivo; una rutina libre. Al hacerlas chocar unas con otras sonaban como un eco irrepetible y seco en la memoria, una ternura de albas compactada al vacío. Mis maderitas eran añicos de lo inmenso, grandezas de lo chico. Con ellas construí torretas y celebré reuniones de vital importancia; con ellas hice y deshice nuevos mundos cada día. Yo adoraba aquellas piezas sobrantes que al caer en mis manos se libraban del desierto a la cruda intemperie de nuestras pisadas." Y prosigue el poeta, con palabras como maderitas. A ver qué hacen con ellas las editoriales; si les sirven de algo para futuras promociones que aspiren a tocar los nervios del alma. Lo que está claro es que un día de estos se van a forrar. Tal vez con Colecciones de su infancia.

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