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Grandeza de Sevilla

Cuando mi familia se vino a Sevilla, a finales de los 50, fuimos inmediatamente apodados "catetos" por nuestros vecinos. A pesar de tener más estudios que los que nos llamaban así, éramos catetos sólo por provenir de un pueblo a escasos 100 kilómetros...

el 14 sep 2009 / 23:55 h.

Cuando mi familia se vino a Sevilla, a finales de los 50, fuimos inmediatamente apodados "catetos" por nuestros vecinos. A pesar de tener más estudios que los que nos llamaban así, éramos catetos sólo por provenir de un pueblo a escasos 100 kilómetros y porque nuestra ropa tenía rasgos de ambiente rural. Aquello, la verdad, duró poco porque enseguida pasamos a ser unos vecinos más, pero no olvidé ese cliché, contradictorio además de provinciano, que vuelve a tomar fuerza con las proclamas xenófobas remachadas por fuerzas políticas y sociales que hace tiempo olvidaron las propuestas para la convivencia, cuando es ésta, y no la división tribal, la que hace la grandeza.

Nunca fue Sevilla más grande que en el siglo XVI y, para resaltarlo, se ponía el acento -entre otras cosas- en la diversidad de vestimentas. Luis de Peraza, por ejemplo, decía: "Hasta los del más bajo oficios usan? ropillas italianas, capas lombardas, inglesas, sayos que son de Hungría, chamarras angostas y largas hasta el suelo, que es hábito de turcos, calzas enteras a la española, picadas a la flamenca y cortadas a la alemana, zapatos y zaragüelles a la morisca?". Costumbres y trajes, tomados de todas partes, conformaban la Sevilla caput mundi, cabeza del mundo; el localismo fue luego un producto más de esa decadencia y opresión que hasta hace nada se blanqueaba con el lema Una, grande y libre.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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