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Hambre, mucho más que el estómago vacío

Los avances en las garantías de los derechos civiles
y políticos contrastan con la nula obligación legal
de los estados de proveer el derecho al alimento.

el 06 feb 2010 / 21:45 h.

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Kwashiorkor es una palabra originaria de Ghana que significa "el espíritu diabólico que infecta al primer hijo cuando el segundo ha nacido" y que da nombre a la que probablemente es la forma más común de la desnutrición severa. Beri-Beri, otra de las variantes de la malnutrición que a lo largo de la Historia ha causado enormes estragos en Japón, Filipinas y Malasia, significa en lengua oriental "no puedo más", como expresión fiel del estado de postración de quienes la padecen.


El nombre extraño, casi esotérico, parece mitigar el impacto de un mal simple, terrible y evitable. Aunque no media brujería en el origen de la enfermedad que devora al niño que padece kwashiorkor, sí que responde a un sistema diabólico. Los documentos del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas certifican que el número de personas que pasan hambre en el mundo superó el pasado año, por primera vez en la historia, los 1.000 millones. Son en torno a 1.020, a unos niveles en los que la exactitud de las cifras pierde su valor y su esencia.


El profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del País Vasco Karlos Pérez de Armiño, destacado experto y autor del Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo, referente en la materia en nuestro país, defiende el Derecho Humano al Alimento, tema sobre el que versó su tesis doctoral. ¿Alguna sugerencia sobre cómo hacer valer este derecho?
En realidad, dice Pérez de Armiño, las estrategias de lucha contra el hambre encierran una pug-na ideológica de fondo muy importante. No hay fórmulas para erradicar el hambre en un planeta que produce alimentos de sobra para todos. Sólo la voluntad política puede hacerlo posible.


La visión liberal dominante en Occidente, que tiende a garantizar los derechos civiles y políticos pero en cambio no asume que el Estado tenga obligación de proveer los derechos socioeconómicos -el derecho al trabajo, a la salud, a la vivienda...- no marca obligaciones legales en este sentido. No existen sanciones. Nadie puede ir a un juez a denunciar al Estado porque está pasando hambre, lo mismo que no puede hacerlo por estar parado. Ello implicaría obligaciones de los estados para con sus súbditos y de los estados ricos para con los pobres, y nadie asume estas obligaciones más que en un impreciso limbo moral.


En consecuencia la lucha contra la desnutrición reclama más espacio de la iniciativa privada y menos de los Estados, por lo que el papel de las Organizaciones no Gubernamentales -en la estela del protagonismo de las diferentes agencias de la Organización de Naciones Unidas-, se convierte en punta de lanza de este considerado Objetivo de Desarrollo del Milenio (reducir a la mitad el número de personas que pasan hambre y de las que viven en la pobreza extrema antes del año 2015).


La incidencia y las perspectivas de los datos sobre el hambre en el mundo varían notablemente de unas regiones a otras: es en Asia donde se contabilizan en cifras absolutas más personas malnutridas, pero también donde se están registrando mayores avances en las últimas décadas; en cambio, en el África subsahariana el hambre afecta a un mayor porcentaje de población y la situación empeora por momentos.
El kwashiorkor -que afecta a millones de niños después de ser destetados bruscamente al llegar un segundo hermano- y cualquiera otra de las manifestaciones graves del hambre son sólo la punta del iceberg. Resultan muy fáciles de identificar (el niño escuálido con el abdomen hinchado, piel ulcerada y pelo descolorido, apático y sin energía) pero son sólo entre el 1 y el 5 por ciento del total de personas malnutridas, salvo en épocas de hambruna. En cambio, la malnutrición moderada está muy extendida y afecta del 30 al 70 por ciento de la población de los países pobres. Pasa muchas veces desapercibida y, aunque no es grave, puede resultar mortal porque disminuye la resistencia frente a las infecciones.


Por eso una de las intervenciones humanitarias para detectar de forma temprana un problema de seguridad alimentaria son los controles regulares, sobre todo en los niños, que detectan el bajo peso al nacer, la baja estatura para la edad, el perímetro del brazo en su punto medio y otras características determinantes. Este trabajo preventivo, que pone en el mapa los lugares más vulnerables, es muy importante, según el profesor Pérez de Armiño, para dar una respuesta adecuada a las emergencias alimentarias.


En su opinión, la enorme contribución de los medios de comunicación a movilizar la respuesta ante las hambrunas o emergencias complejas pierde efectividad porque normalmente llega tarde, ya que sólo se centra en el punto álgido de la crisis. Cree el experto que en la gran mayoría de los medios la información internacional ocupa poco espacio y que además se presta escasa atención a la gestación de los conflictos, prevaleciendo la información impactante, superficial, lo que ellos llaman criterio MAD (miseria, atrocidad, desastre) para que llame más la atención de la opinión pública.


La crisis desencadenada tras el terremoto de Haití puede valer de ejemplo de lo anterior: el colapso del país no es consecuencia del seísmo, sino de una situación de caos, violencia y miseria escandalosa que perdura desde hace décadas y a la que, como es habitual, se ha prestado una mínima atención informativa antes de la tragedia.


La cronificación del hambre y la malnutrición ha propiciado una gigantesca maquinaria que se mueve como una compleja red de socorro humanitario y cooperación al desarrollo. 5.000 camiones, 70 aviones, 30 barcos y su consecuentemente extensa nómina de trabajadores -casi 12.000- utiliza de promedio el Programa Mundial de Alimentos de la ONU para distribuir diariamente su ayuda, que el año 2009 alcanzó un volumen de casi cuatro millones de toneladas de alimentos proporcionados a más de 102 millones de personas en 78 países diferentes. A ello hay que añadir la contribución y los medios de decenas de ong, millares de cooperantes, una industria creciente de producción de alimentos milagrosos contra la desnutrición severa (un combinado de manteca de cacahuete, azúcar, leche en polvo, vitaminas y minerales), campañas de marketing de regalos solidarios y comercio justo y en definitiva todo un colosal dispositivo que, pese a todo, resulta claramente insuficiente. Porque los más de 5.000 millones de dólares que recibió el PMA de sus donantes el año pasado no pagan más que acciones paliativas si después estos mismos estados o grupos donantes perseveran, por ejemplo, en unas políticas agrícolas restrictivas que no permiten a los países del Sur vender sus productos en condiciones de igualdad en los mercados del Norte. Un círculo vicioso que sostiene un perverso estado de cosas por el momento irresoluble.

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