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Cultura

“Hay artistas que encubren una falta de personalidad tremenda”

Entrevista con la bailora Isabel Bayón, reciente Premio Nacional de Danza 2013.

el 30 nov 2013 / 08:30 h.

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Isabel Bayón Isabel Bayón

“Por la calidad y pureza de su baile, y la puesta en valor del flamenco de raíz, junto con su valentía para interpretar los lenguajes más arriesgados del flamenco actual, ampliando constantemente sus registros habituales”. Por todas esas razones esgrimidas por el jurado, Isabel Bayón (Sevilla, 1969) era merecedora días atrás del Premio Nacional de Danza 2013. Sin embargo ella, aunque muy agradecida, clama por una atención mayor a la cultura, una marca que es seña de identidad de España y que los políticos “cuidan muy poco”.

–¿Además de los 30.000 euros, con qué más tenía que estar dotado el Nacional de Danza? –La gente me pregunta estos días, al hilo del premio, que cuándo me va a ver en un escenario. Pues supongo que en la Bienal de Flamenco. Pero no lo sé. El galardón no trae consigo visibilidad. Estoy muy agradecida, obviamente, pero creo que debería venir acompañado con la promoción de alguna obra.

–Ha mencionado la Bienal. ¿Es verdad que no estar en una edición es algo dramático? –Todo el mundo quiere estar en ella, eso es lógico. Y hay quienes se toman muy mal no ser elegidos. Personalmente, más que estar o no, que por supuesto es importante, lo relevante es que las administraciones mimen la Bienal, cosa que no siempre hacen adecuadamente.

–¿En qué momento artístico le ha pillado el premio? –Una distinción así es bien recibida toque cuando toque. En mi vida artística he tenido muchos altibajos, algunos tan grandes como para pensar en dedicarme a otra cosa. Pero yo desde que nací sólo sé bailar. Esta es mi vida. Y el galardón me ha cargado de energía y de ilusión renovada.

–¿Qué transmite en la escena Isabel Bayón que la distinga de otras bailaoras? –No me planteo cuestiones de estética, sólo pretendo ser sincera en todo lo que hago; ser coherente conmigo misma. Luego vienen las etiquetas; que si sensual, muy ligada a la escuela sevillana... Bien, acepto esos términos y me reconozco en ellos. Por fortuna me siento muy querida por la crítica.

–Pasando por alto la técnica y el sentir, ¿cuánto de pose tiene ser flamenco? –Según a quien se lo pregunte. El arte jondo está lleno de tópicos, de pañuelos, batas de cola y lunares. Hay flamencos que se reconocen en ellos y hasta los llevan a gala. Pero lo peor que hay es uniformar. Yo soy flamenca las 24 horas del día, pero es algo que llevo por dentro, no de puertas afuera. Desde luego sí que conlleva una manera de sentir.

–Le está dando alas a la mitología de duendes y pellizcos... –No se trata de eso. Pero hay una parte emocional muy fuerte. Doy clases en el Conservatorio Superior de Danza de Madrid, donde enseño a profesores a enseñar. Y existen aspectos que son inexplicables, que no se pueden ni siquiera verbalizar, Por más que lo intento no hay manera de poner palabras a cosas relacionadas con la intuición, la naturalidad, la manera de vivir, en definitiva.

–¿El listón alto en la creación flamenca actual está puesto en el más difícil todavía? –A lo que se refiere existe, por supuesto. Y observo un poco de circo en todo eso del flamenco del creación. También hay quienes navegan en él porque, en el fondo, encubren una falta de personalidad tremenda. Que no digo que sean todos los implicados en esa forma de hacer. En todo caso no creo que ese flamenco sea el que más puntúe. Es más, hasta se está reculando. Porque en el flamenco, como en casi todas las artes, ya está todo inventado. Ahora hay una línea muy interesante que intenta volver a los orígenes, simplificar las cosas, huir de la moda.

–¿Es más cosmopolita el público extranjero que el nacional? –No, lo que sí sucede en España es que el público tiende a juzgar más y más duramente, a establecer comparaciones. Pero es algo totalmente normal. A veces el desconocimiento de un público ajeno también es maravilloso para deslumbrar. Pero sea como fuere a mí salir a un escenario sigue poniéndome nerviosa. Es empezar a maquillarme y comenzar a sentir un respeto enorme.

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