Cultura

'Hay gente que fabrica zapatos o hacen pan. Yo escribo cuentos'

Ha escrito relatos construidos únicamente con interrogaciones o con tres finales diferentes. Ahora, el maestro de la narrativa breve Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) muestra lo mejor de su obra en la antología El pez volador, recién editado por Páginas de Espuma. Foto: Paco Cazalla

el 15 sep 2009 / 18:54 h.

Ha escrito relatos construidos únicamente con interrogaciones o con tres finales diferentes. Ahora, el maestro de la narrativa breve Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) muestra lo mejor de su obra en la antología El pez volador, recién editado por Páginas de Espuma.

Lleva una larga racha de sequía productiva, que mitiga ejerciendo "de lector furibundo". No obstante, dice, "en este país es complicado vivir leyendo, de modo que hay que sacar algo de vez en cuando, para no quedar fuera de eso que llaman el mercado". Y algo ha salido: una antología de sus mejores cuentos, preparados por Javier Sáez de Ibarra, que recogen lo mejor de su producción e incluyen una esclarecedora entrevista inédita.

Cabe recordar que Navarro empezó cayendo bien con El cielo está López (1990) y Manías y melomanías mismamente (1992), conquistó corazones con El aburrimiento, Lester (1996) y acabó de arrebatar a sus lectores con Los tigres albinos (2000) y Los últimos percances (2005). Todo ello a golpe de buena prosa, agudeza y humor, y sin salir del ámbito del relato. De hecho, su única novela publicada hasta la fecha, Las medusas de Niza, la describe como "un libro de cuentos camuflado", confiesa.

El propio título de esta selección, El pez volador, remite a la concepción que el onubense tiene del género, "algo brillante que sale a la superficie desde la profundidad legamosa de uno mismo", explica con cierta licencia lírica. Sin embargo, ese pez ha tomado para Navarro un aspecto distinto cuando ha sido Sáez de Ibarra el encargado de ir pescándolo relato a relato. "Yo siempre había pensado en mis cuentos como algo humorístico, pero él ha encontrado una parte dolorosa y trágica en ellos que yo no era capaz de reconocer", comenta. "En la entrevista, me he desnudado en cosas que espero que no lleguen a algunos de mis familiares directos. Ahí hablo de mi vida en la sierra de Huelva, antes de venir a estudiar a Sevilla, del alcoholismo brutal con que murió mi padre, una muerte que yo deseaba, porque todo era un infierno. La conclusión que he sacado es que el humor y la literatura me curaron de aquel pasado. La ficción me salvó".

Esto explica, por otro lado, que la primera fuente de la que bebiera el joven Navarro fuera la narrativa latinoamericana, junto con Poe, Kafka o Beckett, y en cambio no tenga muchos referentes españoles. "La mayoría de los cuentos de entonces, Aldecoa, Fernández Santos, eran de realismo social, y la realidad era precisamente de lo que yo quería huir. El único cuentista de esa generación que se sale de esa línea es Fernando Quiñones, más cercano a Faulkner, a Hemingway".

Las lecturas, en fin, son muchas y el escritor acaba siendo, casi siempre, uno solo. Pero Hipólito G. Navarro abomina del estereotipo de literato estirado. "El autor que va de autor no me gusta, la solemnidad y la pose siempre me han parecido insoportables", asevera. "Hay gente que fabrica zapatos o hace pan. Pues bien, yo hago cuentos. Es un trabajo como otro cualquiera, y debe ejercerse sin pontificar, sin dar lecciones de nada".

Mientras vuelve la inspiración, Navarro disfruta. "A veces, callarse está bien. Si no tienes nada que decir, o no sabes cómo decirlo, pienso, déjalo estar. Por eso me gusta más Rulfo que Galdós", apostilla el escritor.

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