Cultura

Hay historias que deben contarse...

Todo en esta producción de la ópera de Fráncfort refulge como los mejores cuentos de hadas, terrenal y oscuro el primero, luminoso pero triste el segundo. Como en anteriores ocasiones, el Teatro de la Maestranza volvió a corroborar que cualquier temor a lo desconocido, en música, y en general, en las artes, debe ser superado.

el 15 sep 2009 / 05:22 h.

Todo en esta producción de la ópera de Fráncfort refulge como los mejores cuentos de hadas, terrenal y oscuro el primero, luminoso pero triste el segundo. Como en anteriores ocasiones, el Teatro de la Maestranza volvió a corroborar que cualquier temor a lo desconocido, en música, y en general, en las artes, debe ser superado. Las piezas de Zemlinsky vistas ayer hablan por sí solas de cuan injusta es esa apisonadora que los melómanos denominan repertorio. Ese compartimento, aburguesado e infranqueable, en el que, desde luego, no están ni Una tragedia florentina, ni El enano. Por eso era urgente recuperarlas y darlas a conocer, por vez primera, en España.

Con los primeros acordes de la Tragedia la mente viaja y parece situarnos en la obertura de una película del Hollywood clásico. La asociación es rápidamente refrendada cuando descubrimos un escenario opresivo, art-deco, un salón oscuro y decadente en el que se moverán, encerrados, tres personajes en un mortal triángulo amoroso. Siguiendo el hilo del cine, se piensa en La soga, de Hitchcock, y la relación no va desencaminada.

La música, descarnada y de una arrebatadora decadencia, atrapa desde el primer aleteo de la batuta. No hay melodías fácilmente reconocibles, ni arias de bravura. Pero hay algo mucho más importante, una música que fluye, que acompaña el cuadro teatral y que no importuna un, eso sí, esforzado argumento. Por que si algo flaquea en estas dos óperas son los libretos, que no los relatos. En la tragedia, el barítono James Johnson se implicó al máximo con la partitura y cantó de forma autoritaria, con las justas dosis de lirismo y con una voz centrada y de solvente emisión. A Robert Künzli le hemos visto más seguro en otras ocasiones, sintió el drama, pero saturó la voz y sobreactuó en el duelo final, una escena, por lo demás, imposible de representar con credibilidad. Al director de escena, Udo Samel, sólo habría que pedirle una explicación:_¿A qué antojo obedeció adulterar el final?_¿Por qué cuando la música nos está diciendo una cosa, el regisseur se empeñó en hacernos ver otra muy distinta?

Menos mal que el tropiezo se vio luego aliviado con su potente Enano, un cuento para niños grandes que acaba por emocionar como, quizás, ninguna de esas óperas que representan el alfa y omega del género es capaz de lograr. Y si esto fue así, no cabe duda, hay que agradecérselo a la inmensa caracterización que hace Peter Bronder. No es fácil cantar Zemlinsky. El tenor inglés es un cantante destinado a papeles de carácter, su instrumento, simple y fuerte, está bien situado, proyectó con rotundidad y se metió hasta las cejas en el personaje.

Su éxito lo compartió con un elenco a la altura, donde Astrid Weber -de quien todavía se recuerda su potentísima actuación en Der ferne klang- le dio la réplica con una voz de gran vuelo y presencia. Juntos transitaron los recovecos de una pieza, musicalmente más ligera que la Tragedia, pero escénicamente mucho más cargada de hallazgos: una iluminación de trazos irreales e inquietantes, un extenso monólogo, a cargo de Bronder, bien expuesto dramatúrgicamente y una fiesta que adquiere tintes de película gótica y que nos llega sólo a través de las sombras de los bailarines. Para Halffter, otra vez, el trono. Su lectura, en obras tan caleidoscópicas como estas, condensó el tempo, equilibró planos y los condujo sin fisuras, se adentró en las tripas de la Tragedia y embelleció al más endeble Enano. La ROSS, en el foso, cuidó a los cantantes a la vez que desplegó una contundente visión instrumental del relato. Es con obras como éstas con las que se escribe la historia más apasionante de un teatro de ópera.

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