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Hay que inventar más

Apenas deja uno atrás el campo de las elucubraciones interesadas observa, como ha sido reiteradamente puesto de manifiesto por los estudiosos, uno de los déficits estructurales más tozudos de la economía productiva española es su débil apuesta por lo innovador.

el 14 sep 2009 / 22:48 h.

Apenas deja uno atrás el campo de las elucubraciones interesadas observa, como ha sido reiteradamente puesto de manifiesto por los estudiosos, uno de los déficits estructurales más tozudos de la economía productiva española es su débil apuesta por lo innovador. Más que en otros lugares, y si cabe hablar así, el fracaso es colectivo. A efectos comparados el mencionado retraso en materia de I+D+i se evidencia tanto si se mide como inversión total en I+D sobre el PIB como en participación empresarial en la financiación de esta inversión. Concretamente, el esfuerzo total en I+D (gasto interno total en I+D en porcentaje del PIB) en España se sitúa en el 1,13 %, frente al 1,82% de la UE-25. De igual modo, el gasto medio por investigador en España es muy inferior al observado en otros países europeos de tamaño similar como Alemania, Francia o Italia.

Y el caso es que en los últimos años se ha venido llevando a cabo en nuestro país un esfuerzo considerable para tratar de cerrar esta brecha tecnológica. Como resultado, los gastos de I+D que en 1990 representaban el 0,85% del PIB; en 2002 llegaban al 0,99% y en 2005 al 1,13%. Esta significativa aceleración cabe atribuirla, en una parte, a las mayores inversiones del sector público, que han pasado de un 0,35% del PIB en 1990 al 0,45% en 2002 y al 0,52% en 2005 y, en otra, al aumento del gasto empresarial, que ha pasado del 0,50% en 1990 al 0,54% en 2002 y al 0,61% en 2005.

Asimismo es destacable resaltar que debido a la desigual distribución territorial de la industria española, el gasto en I+D+i también se encuentra heterogéneamente distribuido entre las regiones. Si se considera la intensidad investigadora, la información disponible para 2004 permite mostrar una oscilación entre el 1,79% de Navarra y el 0,26% de Baleares, con una media del 1,07%.

No obstante, parece que el panorama está cambiando. En 2006 se realizó el mayor volumen de inversión en I+D+i desde 1998; la cifra lograda superó los 11.800 millones de euros, lo que representó un incremento de un 16% con respecto a 2005. Este resultado ha sido posible, en gran medida, gracias a la aportación de las empresas privadas, que aumentaron sus inversiones un 20% alcanzando los 6.557 millones de euros. De esta forma, España en 2006 invirtió un 1,20% del PIB en I+D+i, reduciendo apreciablemente la distancia con la UE, donde el gasto es del 1,83%.

Indudablemente, queda aún camino por recorrer como ha puesto de manifiesto, a grandes rasgos, la Comisión Europea en los informes más recientes sobre el tema. Entre las recomendaciones que desde este organismo se plantean, una de las que se me antoja como más viable en el actual contexto quizá sea la de reforzar el papel de la Universidad. Efectivamente, los esfuerzos para homologar en breve nuestra estructura docente al Espacio Europeo de Educación Superior proporciona el mejor incentivo para, entre otras cosas, hacer que la investigación universitaria se oriente hacia el plano empresarial, es decir, a emplearse en la resolución de problemas concretos. Desde luego que esto exigirá un cambio de chip en los propios universitarios, pero también deberán contar con los medios y estímulos adecuados para transferir a la sociedad los resultados de sus investigaciones.

José Sánchez Maldonado es catedrático de Hacienda Pública

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