Cultura

Héroes en papel, villanos en el cine

El cine de superhéroes está de enhorabuena. Hellboy, Ironman y las últimas apariciones de Hulk y Batman han confirmado este género como uno de los más exitosos en crítica y taquilla; pero no siempre fue así, en el siglo XX los héroes de cómic perdían sus poderes nada más aparecer en pantalla.

el 15 sep 2009 / 10:57 h.

El cine de superhéroes está de enhorabuena. Hellboy, Ironman y las últimas apariciones de Hulk y Batman han confirmado este género como uno de los más exitosos en crítica y taquilla; pero no siempre fue así, en el siglo XX los héroes de cómic perdían sus poderes nada más aparecer en pantalla.

Desde que Superman abrió la veda en 1979, ningún superhéroe volvió a ser bien acogido en el cine hasta que Tim Burton presentó su Batman. Antes del éxito, los ases del cómic tuvieron que sortear bajos presupuestos -Spiderman-, guiones flojos -el Capitán América- y series en tono de parodia -Batman-. La década de los 80 fue especialmente pródiga con los filmes de fácil factura y Dolph Lundgren, el malo de Rocky IV, se convirtió en su gran estrella.

En 1980, Flash Gordon, siguiendo la estela del hombre de acero, llegó a las salas en una cinta con la que Dino de Laurentiis -productor- pensaba que, gracias a una aventura de Flash viajando por el espacio, cazaría la ilusión que George Lucas había creado con Star Wars. A pesar de que Queen aceptara hacer la banda sonora y de contar con Max Von Sydow -El séptimo sello- y Timothy Dalton -Licencia para matar-, la película fue un fracaso. Su protagonista, Sam J. Jones, fue honrado con el primer Razzie a peor actor y nunca más le llamaron de Hollywood para una súper producción.

Los tebeos se recuperaron -llegó la época del grim and gritty, con Frank Miller y Allan Moore- , pero en el cine no se avanzó ni un ápice. Primero lo intentaron en 1984 cambiando el sexo del héroe con Supergirl y Sheena y, luego, exprimieron a Superman en una increíble cuarta entrega en la que reconstruía la Gran Muralla y movía la luna.

Dolph Lundgren, inspirado por Superman IV, encarnó entonces a The Punisher y He-Man. La década se salvó cuando, en 1989, Tim Burton dio vida a Batman, Joker y a la más oscura ciudad de Gotham que se haya visto hasta hoy. Tres años después, el director repitió el éxito, pero nadie fue capaz de copiar la fórmula o de adaptarla para volver a filmar una historia digna de su original en viñetas durante otros diez años.

Entre las dos de Batman, apareció el Capitán América (1990). Para encarnar al abanderado yankee sonaron Dolph Lundgren -quien todavía rodaba The Punisher-, Val Kilmer -que escogió interpretar a otro héroe, Jim Morrison, en The Doors-, y Schwarzenegger, al que descartaron por su acento germano. Sin embargo, fue Matt Salinger, hijo del escritor J.D. Salinger, el que se acabó dando el batacazo ante el público. Aún así, la película más delirante estaba todavía por llegar.

Vista la gran aceptación de Batman Returns y La Máscara, en 1994 el rey de la serie B, Roger Corman, quien tituló su autobiografía Cómo rodé cien películas en Hollywood y nunca perdí un centavo, salió a escena y filmó Los cuatro fantásticos. Corman se había olido, unos años antes, que la fiebre de los superhéroes acabaría siendo rentable en los cines, así que había adquirido los derechos de varios de los grandes nombres de DC y Marvel para llevarlos a las pantallas. Al ver que podía perder los derechos, se vio obligado a rodar a toda prisa y creó un filme que vendió rápidamente y nunca fue estrenado.

Los 90 dejaron otras perlas, como las dos incursiones de Joel Schumacher en el mundo de Batman; La sombra, en la que a Alec Baldwin le crecía la nariz cuando se transformaba; The Phantom, el único héroe que llevaba traje y máscara a pesar de que nadie conociera su identidad; o la inimitable Spawn. El siglo terminó con unas pérdidas de 14 millones de dólares para el estudio que apostó por que Shaquille O'Neal, con una armadura de hierro, recuperaría en Steel lo que había perdido en Kazaam, y con Objetivo: Manhattan, en la que a David Hasselhoff se le cambiaba de ojo el parche de escena en escena.

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