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Imagen y salvación

Los escultores de la Sevilla de Oro no eran una "marca" como Benlliure o Picasso; eran artesanos obligados a regatear en el contrato precio y calidad de la madera, horas de trabajo, altura de la imagen, expresión de la cara... En el lado opuesto, en la parte contratante...

el 16 sep 2009 / 01:00 h.

Los escultores de la Sevilla de Oro no eran una "marca" como Benlliure o Picasso; eran artesanos obligados a regatear en el contrato precio y calidad de la madera, horas de trabajo, altura de la imagen, expresión de la cara... En el lado opuesto, en la parte contratante, la hermandad tampoco había adquirido sonoros adjetivos ni sus juntas de gobierno podían usarla como trampolín hacia organismos preeminentes. La cofradía era -aquí- una expresión imprescindible de cristiandad católica, su expresión pública, sin más libros que el de la Regla, sin pensamientos: obvia como la Historia contada en los tímpanos de las catedrales góticas.

Desnudos de poder uno y otras, la imagen encargada servía para pregonar otra hipóstasis tan verdadera como la que la teología proclamaba en el Dios-hombre: la unión hipostática entre el gremio, el barrio o la raza y la divinidad, encarnada en el poder terrenal. La maestría del trazo no estaba iluminada por los focos ni la inmortalizaba la tinta de la rotativa; por los surcos marcados por la gubia iba la vida.

Primero, la del artista, entonces un grano de arena en el fondo del matraz de la eterna confrontación con quienes se atribuían el definir lo recto y lo torcido. Después la de la corporación: como en la orilla contraria a la protestación de Fe había padecimientos reales, esa pasión se rechazaba en el monte de los olivos mental de cada uno, cada oficio o cada enclave; la negativa a la oscura noche del tormento empujaba a llamar al artista y armar con él el contrato de la obra que por la expresión del sufrimiento, la sangre, el color macilento del rostro, los labios exhaustos, las ojeras pronunciadas, dejaba clara la importancia de aquella muerte para limpiar la culpa. Y así, año a año, la redención de todos por la obra de uno, se hacía realidad.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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