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Imprescindible hoy, esencial en el futuro

el 10 mar 2013 / 16:59 h.

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Adrián es bético, muy bético, y también es un luchador, con carácter, serio, honesto, trabajador, buen futbolista, buena persona, alto, fuerte, con la cabeza bien amueblada, con personalidad, ágil, con reflejos, muy cotizado… Son sólo algunos de las decenas de elogios que se han vertido sobre el portero titular del Betis desde su debut con el primer equipo el pasado 29 de septiembre en La Rosaleda ante el Málaga, un debut “agridulce” –según sus propias palabras– en Primera para un joven que cumplía 25 años el pasado 3 de enero y lleva 15 años en el club de sus amores.

Y no se quiere mover de aquí. Lo reitera una y otra vez, lo tiene claro. En el Betis, y en Sevilla, están su casa, su familia, sus estudios casi terminados de Educación Física en la Universidad Pablo de Olavide, su novia, sus amigos, y ahí sigue empeñado en renovar para triunfar en la entidad verdiblanca, y esperando, como reconocía esta semana su agente Emilio Guerrero, que “en una semana, dos o un mes” vuelvan a sentarse con los representantes del club para negociar su renovación, que “va bien encaminada pero ahora mismo está parada. Y no se puede predecir el futuro”.

El pistoletazo de salida para esas renovaciones “de los jugadores que queremos que sigan en la plantilla”, según afirmó el máximo mandatario verdiblanco, Miguel Guillén, el pasado jueves, es el momento en que el Betis ha cumplido el objetivo de la permanencia. Ya no hay excusas. Y el primero en esa lista puede, y debe ser, Adrián San Miguel. Porque ha demostrado de sobra su valía y, sobre todo, porque quiere quedarse, quiere triunfar en el Betis, jugar en Europa con el Betis, es de aquí, de Su Eminencia, y su sueño, ahora mismo, es éste. Es su prioridad, nada de Premier, Bélgica o Barcelona –como apuntan algunos rumores sobre fichajes–, sino Sevilla y Heliópolis. Aunque todo podría cambiar si el Betis no apuesta por mantenerlo, algo hoy impensable. Quién mejor que él.

Adrián entró a formar parte del Betis con 10 años, vistiendo por primera vez la camiseta con el escudo de las 13 barras en el torneo de alevines que se celebra cada año en Brunete en el año 1997. Hasta entonces había jugado en la escuela deportiva de su colegio, el Altair, donde jugaba de interior derecho o delantero y un día se tuvo que poner de portero – “me gustaba tirarme al suelo”–. Desde entonces y hasta llegar al primer equipo ha pasado por cada una de las categorías inferiores, aprendiendo de quienes le han enseñado a ser el portero que hoy es.

Entre ellos su ‘abuelo’, José Ramón Esnaola, un brujo que tras mostrar su magia en la portería bética lleva años siendo el entrenador de los porteros del Betis. Sus consejos fueron determinantes en su debut, cuando tuvo que salir ante el Málaga, después de la expulsión de Casto, en el minuto 10 para intentar pararle un penalti a Joaquín. Le pidió tranquilidad y confianza, y aunque recibió cuatro goles, paró ocho más, y desde entonces nadie le ha arrebatado el puesto. Y así, el que empezó la Liga como tercer portero es hoy titular indiscutible, con sólo 21 partidos jugados, poco más de una vuelta.

Desde los diez años, su proyección, su pinta de portero grande –aunque tardó en dar el estirón–, le han hecho ir dando pasos de gigante, llegando a debutar en el filial cuando aún era juvenil. Incluso fue convocado por el técnico José María Nogués con el primer equipo para jugar un partido ante el Racing de Santander en abril de 2009. No salió del banquillo, pero parecía acercarse a su meta. Sin embargo, por una u otra razón todo se retrasó. Primero, por la presencia de porteros como Ricardo, Goitia, Casto y Fabricio, que le cortaron el paso al primer equipo, y luego la mala suerte en forma de lesión cuando disputaba un partido contra el Ceuta en la ciudad deportiva. Fue en octubre de 2011, y acabó el partido aunque sufría una rotura completa del ligamento cruzado anterior. La operación tuvo lugar el 10 de noviembre y tres meses y 19 días después, el propio Adrián anunciaba en su Twitter que tenía el alta médica. Esa misma red social que utiliza a menudo para comentar los partidos, mostrar fotos de los viajes del equipo –casi siempre junto a Joel Campbell– o unirse a las iniciativas del club, como en el día de la mujer o antes, en el de los niños.

Esos duros meses de recuperación le sirvieron para madurar, aunque ya antes tenía las cosas claras. Justo en el verano de 2011 acababa contrato y había clubes interesados en hacerse con los servicios del espigado cancerbero que tan buenas referencias tenía, entre ellos el Dépor, pero él no quería marcharse de Heliópolis sin tener la oportunidad de debutar y de triunfar en el Betis. Así, firmó por dos temporadas –que acaban este mes de junio– con la esperanza de formar parte del primer equipo, con el que entrenaba, pero no jugaba. En estas llegó la lesión, en lo negativo, y la llamada del club para decirle que iba a hacer la pretemporada última con la primera plantilla. Y no tomó vacaciones, quería llegar en las mejores condiciones para que Pepe Mel contara con él como uno más.

Sin embargo, el momento parecía no llegar y volvía a partir como tercer portero. Pero el mal inicio de Fabricio, unido a unas desafortunadas declaraciones, le hicieron viajar como suplente de Casto a Málaga, el ansiado día D. Hoy nadie duda de que ese portero, que recibió cuatro goles en su debut –y que no tuvo una buena noche en el Sánchez Pizjuán– es y debe seguir siendo el portero del Betis por muchos años. Porque es de aquí, porque es bético, sí, y porque es muy bueno. Quién mejor que él.

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