Local

Impresionante Rosario Toledo

La bailaora gaditana demostró que además de bailar lo jondo y la danza, sabe interpretar de maravilla

el 20 sep 2012 / 22:11 h.

TAGS:

Hay quienes piensan que los críticos de flamenco despreciamos todo aquello que desconocemos, lo que no sean cantiñas de Popá Pinini, malagueñas del Mellizo o martinetes de Juan el Pelao. Se nos reprocha que la mayoría no sepamos de teatro, de danza clásica y contemporánea, de música clásica y zarzuela, de boleros o de avicultura, que es otra carrera que tendremos que estudiar si queremos seguir en la profesión. Y tienen toda la razón.

Ahora, cuando en una obra de teatro de Lorca, al que los flamencos tanto han recurrido y hasta churreteado, se juntan tres fenómenos, una bailaora como Rosario Toledo, un cantaor como José Valencia y un guitarrista como Daniel Méndez, si se sabe de arte flamenco, el teatro es absolutamente secundario. Todo es secundario.
Los artistas flamencos son grandes actores incluso cuando interpretan un martinete de Juan el Pelao. Si José Valencia fue capaz anoche de bordar a Manuel Vallejo por tarantas y granaínas aun no siendo un cantaor de esa escuela; y si sacó adelante el Vals vinés de Omega, la obra maestra de Enrique Morente, ¿se le iba a resistir al lebrijano el don Perlimplín de Lorca? Pues no. No es Pepe Sacristán pero anoche fue capaz de meterle el cante en las mismísimas entrañas a Rosario Toledo -o sea, Belisa-, que no solo baila de ensueño, sino que intepreta su papel de sombrerazo. Son flamencos, cantan, bailan y tocan la guitarra, pero no son actores, al menos no actores reconocidos.
Sin embargo, anoche triunfaron con la tierna pero desgarradora tragicomedia de Lorca, la de Belisa y don Perlimplín, que apenas interesó en su tiempo.

De haber estado anoche en el Teatro Central el poeta granadino y hubiera visto con la gracia que baila Rosario Toledo por cantiñas, seguro que nos hubiera regalado otra de sus célebres viñetas y hoy estaríamos hablando de una Parrala de Cádiz. Y si se hubiera emocionando con la voz gitana de José Valencia, como lo hacía refregándose por la piel el cante de Manuel Torre, quién sabe si se habría olvidado de Juan Breva, el que tenía cuerpo de gigante y voz de niña, para decir que los soníos negros son de Lebrija. Lorca amaba el flamenco y por eso su teatro es el teatro de los gitanos, de los flamencos. Por eso anoche, porque Lorca ahonda en esta obra en las cicatrices de las relaciones humanas, cantó con tal sentimiento que hasta me lastimó en Tú la joya y yo el joyero, la taranta del gran Vallejo, el más gitano de los payos que han cantado.
No entiendo una papa de teatro, sinceramente, aunque haya visto ya centenares de obras de teatro flamenco y sepa sobradamente que el flamenco teatralizado es tan antiguo como el flamenco mismo. Tampoco soy catedrático de música, pero hubo momentos en la música de Daniel Méndez que me conmovieron. No es precisamente un virtuoso de la sonanta, pero compone desde el alma y ejecuta unas veces acariciando las cuerdas y otras pellizcándolas, como hacía su maestro Diego del Gastor.

Luego están esas cosas de las luces, la escenografía, una bañera en cuyo filo baila Belisa en un alarde de equilibrio circense, el cantaor bailando un vals para irse corriendo, una persiana que nos invitaba a descubrir qué había detrás, y, sobre todo, al final, ese chorro de agua que bañaba el cuerpo de una Belisa genial mientras Perlimplín le injertaba jondura a la pieza de Morente, el Vals vienés, de Omega. Un crítico con mala leche diría que a falta de pan buenas son tortas, pero no tengo esa mala leche. Fue el momento de la obra, donde aun no sabiendo nada de teatro entendí que no hay nada como una voz flamenca y el cuerpo de una bailaora para transmitir esas emociones que Federico García Lorca quiso reflejar en la tragicomedia de anoche, la de Belisa y Perlimplín.

La Música y la danza, el cante jondo y la guitarra, eran tan importantes en esta obra de teatro, que a Federico a lo mejor le hubiera sorprendido. Juana Casado lo tenía claro y por eso anoche, el crítico, sin saber de teatro ni de escenografía ni de luces ni de pollas en vinagre, celebró con un hondo suspiro esta Aleluya erótica cuando un chorro de agua iluminado empapaba el cuerpo de Rosario Toledo, en una escena de un erotismo increíble. Y al fondo, un gitano criado en Lebrija, de apellido Valencia, me hacía recordar al gran Enrique Morente Cotelo.

  • 1