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Incluso hemos cambiado en entusiasmo

De aquella España zaragatera y triste que asistió al tanto de Marcelino a esta desbordante y entusiasta del gol de Torres, no sólo median veinticuatro años sino toda una evolucionada generación que en poco o nada se parece en sus costumbres al españolito medio de 1964 en pleno desarrollo económico y apogeo de la dictadura interminable de Franco.

el 15 sep 2009 / 07:14 h.

De aquella España zaragatera y triste que asistió al tanto de Marcelino a esta desbordante y entusiasta del gol de Torres, no sólo median veinticuatro años sino toda una evolucionada generación que en poco o nada se parece en sus costumbres al españolito medio de 1964 en pleno desarrollo económico y apogeo de la dictadura interminable de Franco. El entusiasmo de las gentes no tenía por aquel entonces tantos decibelios ni el personal se acostaba después de dos días de celebración dejando las calles con cientos de miles de kilos de basura, ardiendo los contenedores y convertidas las fuentes ornamentales en piscinas para alivio de intoxicaciones etílicas.

Como tantos millones de españoles que hemos vibrado y nos hemos emocionado con el éxito de nuestra selección, maldigo de esas celebraciones que terminan con decenas de heridos y las calles cual campo de batalla. Puede que se haya perdido el punto de saber estar, incluso en la fiesta, y que estemos asistiendo a la entronización de los vándalos en la escena pública. Sevilla, por ejemplo, que es la ciudad de la proporción (no hay nada más expresivo de la proporción que un paso de palio) suele verse sacudida, estremecida, enloquecida, cada vez que un acontecimiento deportivo local o nacional asoma a las letras grandes de los periódicos.

No es de extrañar por tanto que al alcalde de Madrid le quite el sueño la Copa de Europa, pese a que estoy seguro de que al señor Ruiz-Gallardón le alegra como a todo hijo de vecino el estrepitoso, contundente, inefable triunfo de "la roja". Después de cada éxito del Real Madrid, y no digamos del combinado nacional, como antes se decía, hay millones de euros estúpidamente gastados en limpieza, recogida de basuras y reparaciones diversas del mobiliario urbano.

El entusiasmo de los españoles ha cambiado. El nivel de estridencia, de griterío y de paroxismo ante acontecimientos deportivos como el que hoy más que nunca nos ocupa es la otra cara, no precisamente grata, del legítimo júbilo popular que se desborda en forma de barbarie al margen de toda razón dejando regueros de contrariedad, cuando no de daños innecesarios.

Estoy persuadido de que los millones de españoles que festejan el éxito de la selección de Luis Aragonés repudian esta moda de tomar, literalmente, las ciudades haciendo gala del atavismo que muchos llevan dentro y que exteriorizan a sus anchas poniendo a prueba la paciencia y la buena educación de la mayoría. Pero no crean que no sé alegrarme con los fastos de nuestro deporte. Por supuesto. Y de manera muy regocijante. Lo que ocurre es que cada vez soporto menos que al gamberrismo se le llame entusiasmo desbordante y que sea visto como natural expansión de la juventud la exhibición de las peores trazas de la condición humana.

Alguna vez tendremos que reflexionar sobre estas mal llamadas celebraciones que tan flaco favor hacen a la idea nobilísima del deporte y que evidencian lo mucho que hemos cambiado los españoles incluso en nivel entusiasmo.

Periodista

gimenezaleman@gmail.com

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