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Inercia pervertidora

Una redacción joven es a la que le ha correspondido el honor de decirle a todo el mundo que ya está bien

el 20 nov 2013 / 11:24 h.

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Por Raimundo de Hita Cantalejo, periodista Como recientemente dijo Carmen Carballo en Facebook, yo también soy un antiguo alumno de El Correo de Andalucía. Aparecí en la redacción del polígono Carretera Amarilla en el año 90 del siglo pasado, procedente de la desaparecida Antena 3 Radio y en vísperas de una Semana Santa que, ni por asomo, se vivía en este periódico como se vive ahora. Era esa de la última década del siglo XX una época en la que las líneas editoriales de los medios de comunicación en general y de los periódicos en particular formaban parte de tu trabajo de forma natural. Cada periodista de la ciudad sabía donde estaba y, además, llegaba a la profesión avisado, ya que ésta es una de las cosas que sí se aprenden en la carrera (los que optamos por estudiarla, claro). Lo malo era que esa situación estaba poco a poco cambiando para convertirse en un problema para el ejercicio de la profesión, ya que los medios de comunicación, por inercia, estaban andando el camino –hoy día casi cumplido ya– de llegar a ser unos simples instrumentos que las empresas usaban para conseguir sus fines. Pero entonces, recuerdo, el margen aún era amplio, aún tendría que pasar algún tiempo para que se estrechara hasta el punto de casi no existir. Por supuesto no me estoy refiriendo sólo a El Correo de Andalucía, sino a todos los medios de comunicación, que afrontaron el nuevo siglo formando parte activa de una lucha no mediática sino política y económica propiciada por el irrespirable ambiente creado por un sectarismo que era cada vez más agobiante y, lo más lamentable, aceptado por todos, periodistas incluidos, como sistema y como forma de vida. El Correo no era distinto, en este sentido, a los demás periódicos de la ciudad, ni a los que estaban ni a los que desaparecieron ni a los que estaban por llegar, como bien pudo comprobarse con el paso de los años y, por ejemplo, con los sucesivos cambios de Gobierno municipal. De necios es decir que fuera más valiente o, por supuesto, más cobarde. Pero sí había una cosa distinta. No sé a ciencia cierta si era por asumir su escasa influencia política y económica –lejanísimos los tiempos en que, oí decir una vez, “daba miedo verlo en los quioscos, con su cabecera negra y su información comprometida”– o porque de natural salía así de una redacción perennemente joven, sus páginas desprendían, en general, aroma a información cercana, no a guerra ni a lanzar mensajes de amenaza. Porque el destinatario de la información era el ciudadano, no el político ni el empresario ni el que da publicidad ni… Así lo viví en mis siete años allí –incluso con los muchos prejuicios sociales y pseudopolíticos que había en la redacción– y, posteriormente, en mis años trabajando en el otro lado de la trinchera. Como se ha comentado en estas páginas en los días convulsos que vive esta cabecera, una de las características de este periódico era su constante desfilar de gente joven, lo que ha llevado a llamarlo “escuela de periodismo”. He de decir que en alguna ocasión me he sentido ofendido por este término, aunque sé de su buena intención. El Correo era un lugar en el que costaba mucho trabajo levantar una información, por muy liviana que fuera, que no estoy hablando de exclusivas fantásticas dignas de películas. Había que currarse mucho las informaciones y morderse los puños para no publicar lo que ya tenías casi cerrado porque ese “casi” te lo impedía y sabías que, en cualquier momento, esa fuente te podía traicionar buscando páginas más poderosas. A pesar de eso, se daba información de tanta calidad como la que ofrecían los que no eran “escuelas” y sí eran más poderosos. Y como se dice más arriba, trasminaba –paradójicamente si se tienen en cuenta esas cosas que los otros contaban, puta publicidad– pureza y sencillez. ¿Qué pasaba? Algo tan sencillo y tan humano como que la ¿empresa? que regía los destinos (o desatinos) del periódico en ningún momento se esforzó o nunca fue lo suficientemente competente (¿o tal vez lo fue demasiado?) como para convertirlo en un lugar en el que poder desarrollar una carrera profesional, así que lo lógico era que la gente llegara, estuviera, trabajara, aprendiera –siempre estamos aprendiendo– y, finalmente, se fuera en busca de una oportunidad profesional mejor y mejor remunerada. Lo que era suficiente cuando llegabas con veintipocos se convertía en insuficiente con treintaymenos y un techo profesional imposible de superar en la mayoría de los casos. Los que sí tenían esa oportunidad contribuían, lógicamente, a mantener ese estado de cosas, porque la inercia es difícil de controlar. Y así, entre unos y otros, llegamos a la situación actual. Alguna vez volví a la redacción de El Correo después de dejarlo en 1997. Dos tremendas revoluciones empresariales de dudosa calaña le dieron la vuelta como un calcetín y prácticamente cambiaron todas las caras que para mí eran habituales. Tengo que reconocer que sentí envidia cuando, en una de esas visitas, ya en el otro lado de la trinchera y metidos en el nuevo siglo, descubrí un ambiente mucho más sano, tal vez por alejado de los años 80, que el que yo viví. Una redacción igual de joven, con las mismas dificultades para levantar noticias y labrarse un futuro estable allí y la misma facilidad para hacer un periódico cercano y sencillo es la que ha tenido que recoger los lodos de aquellos polvos de lamentables gestiones empresariales –ventas y día a día incluidos– y es a la que le ha correspondido el honor de decirle a todo el mundo que ya está bien, justo lo que no hicimos, no pudimos o no quisimos hacer los muchos que pasamos por allí. Espero y deseo, por el bien de mis compañeros –mi primer día de trabajo aprendí que los trabajadores tenemos nuestra vida y las empresas la suya– que la situación de El Correo se solucione, que los dueños que lleguen los traten con el respeto que merece esta profesión y, por supuesto, que los periodistas hagamos de la necesidad virtud para darnos cuenta de que no merece la pena callarse y otorgar. Al final hay que chillar, porque la inercia es mala y pervertidora.  

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