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Inmigración y ciudadanía, una cuestión de valores

La sentencia promulgada esta semana por tres magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y que avala la objeción presentada por los padres del niño onubense José Joaquín no deja de constituir una paradoja...

el 15 sep 2009 / 01:21 h.

La sentencia promulgada esta semana por tres magistrados del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y que avala la objeción presentada por los padres del niño onubense José Joaquín no deja de constituir una paradoja, más allá de la política inmediata. Así, cabe preguntarnos por qué la derecha sociológica de nuestro país mantiene un doble rasero tan marcado. Así, mediante un contrato de integración, pretende exigir a los inmigrantes que asuman los valores -ellos dicen costumbres- de la democracia española. Pero, al tiempo, se opone a que esos mismos valores sean impartidos bajo el nombre de Educación para la Ciudadanía a los niños españoles.

¿Querrán decir, tal vez, que los conocimientos en materia de creencias -ideológicas, si, pero también religiosas-, los aprenden nuestros escolares por ciencia infusa pero hay que exigirles un aprendizaje complementario a quienes hayan nacido fuera de nuestras fronteras? Claro que también cabría preguntarnos por qué la izquierda tampoco parece actuar con plena coherencia en esta misma encrucijada. Es bueno que dicho segmento del pensamiento social español se muestre legítimamente orgulloso del concepto de ciudadanía que respalda hoy la evolución democrática abierta, en su día, por la Revolución Francesa. Pero, ¿por qué esa ciudadanía que quiere llevar a los pupitres choca con su tacañería a la hora de extender la consideración de los ciudadanos a los inmigrantes?

Ocurra lo que ocurra en las elecciones autonómicas y generales de hoy, cualquiera de los gobiernos salidos de las urnas tendrá que enfrentarse a dos retos claros, tanto en materia educativa con en la cuestión migratoria. No podemos seguir jugando, en uno ni en otro caso, con leyes sectarias que se promulguen sin el suficiente consenso como para resultar duraderas. La España y la Andalucía del futuro tienen mucho que ver con lo que ocurra en las aulas y con lo que ocurre en los filtros fronterizos de nuestro país.

Lo lamentable del caso es que, durante la campaña electoral, no haya estado en presencia la necesaria modificación de la Ley de Extranjería 8/2000 que ya estaba obsoleta cuando se promulgó ocho años atrás. Y lo pintoresco es que, a la manera norteamericana con la eterna polémica educativa entre darwinistas y creacionistas, nos tiremos los trastos a la cabeza por asignaturas más complementarias que esenciales y que descuidemos las cuatro reglas, el leer, el escribir, el hablar idiomas y las nuevas tecnologías. El espíritu de nuestra democracia nació a finales del siglo XVIII pero, a menudo seguimos varados en la Edad Media. Habrá que poner en horas los relojes.

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