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El Correo de América

Inmigrar para seguir el impulso del corazón

La sevillana Virginia Sánchez se fue a Bolivia para trabajar con una ONG. El boliviano Mervin Padilla vino a España siguiendo a su compañera.

el 17 ene 2015 / 00:01 h.

Virginia Sánchez y Mervin Padilla. / El Correo Virginia Sánchez y Mervin Padilla. / El Correo Virginia Sánchez. Sevillana en Bolivia Entregada en ayudar a los demás Su vida se ha centrado en ayudar a los demás y por ello ha recorrido varios países. Antes de marchar a Bolivia, Virginia Sánchez trabajó en Save the Children, «donde aprendí mucho». El año pasado se quedó en paro y le salió la oportunidad de hacer una asistencia técnica en un proyecto educativo en Bolivia: «Lo vi claro y me lancé». Su trabajo le gusta y además ha descubierto zonas impresionantes como el Salar de Uyuni, «kilómetros y kilómetros de sal».   Mervin Padilla. Boliviano en Sevilla En busca de una vida mejor Mervin Padilla tiene actualmente 32 años, cuando llegó a Sevilla tenía poco más de 20. Hasta entonces, en su Santa Cruz de la Sierra, había trabajado de chófer. Aterrizó en la capital hispalense siguiendo la estela de su compañera, que optó por coger la maleta y trasladarse primero a Madrid, donde vivía una hermana, y luego a Sevilla. El objetivo de esta pareja era buscar una vida mejor  y lo han conseguido. Reconoce que la crisis han obligado a otros compatriotas a tener que regresar, pero a él, dice con satisfacción, no le ha afectado.   SUS HISTORIAS Mervin Padilla, boliviano de Santa Cruz de la Sierra, llegó a Sevilla en 2003 porque su compañera, María del Rosario, también boliviana, vino a España en busca de una vida mejor. Ahora, con dos hijos en común, Marián y Andrés, de 10 y 12 años respectivamente, se plantean seguir viviendo en la capital hispalense por los pequeños. Los motivos bien sencillos: la educación y la sanidad son mucho mejores que en su Bolivia natal. Otra cuestión de peso que les empuja a quedarse es que él tiene un empleo fijo en el bar Carvajo de la calle Sinaí, donde trabaja prácticamente desde que llegó a España. Esta situación económica le ha permitido comprarse una casa en su país y ahora se está planteando adquirir una en Sevilla aprovechando que el precio de la vivienda ha bajado mucho. Sin embargo, Virginia Sánchez Casado, sevillana viviendo en la ciudad boliviana de Tarija, regresará a mediados de marzo a España, cuando se quede en paro, para arreglar «los papeles del desempleo, ya que no se pueden hacer por internet». No obstante, no descarta regresar «porque queda mucha Bolivia por conocer». Es más, se considera ya «medio chapaca». Virginia trabaja con la organización no gubernamental Proclade Bética en un proyecto de educación alternativa integral con población campesina. Se lamenta de que los españoles conocen muy poco de Bolivia. Poco más que el nombre de su presidente –Evo Morales–, «pero no saben que pronto será uno de los primeros países que acabe con el analfabetismo». A pesar de este gran logro, Virginia está alarmada por la violencia que se ejerce contra las mujeres y la poca protección por parte del Estado. A determinadas horas, según explica, «no se puede salir sola a la calle». Esta inseguridad que denuncia Virginia ha descendido en los últimos años, según la percepción que tiene Mervin por las veces que ha regresado a su país de visita. Recuerda que cuando él vino a España el maltrato hacia las mujeres era «horroroso. Ahora sigue habiendo mucho, pero no tanto como antes. La situación está mejorado poco a poco». Estos cambios, en opinión de este boliviano, se están dando en todos los aspectos de la vida, pero recalca que todavía queda mucho camino por recorrer hasta alcanzar el estado de bienestar de España. Como ejemplo pone que en una ocasión su hija se puso enferma y tuvo que acudir a una clínica privada en Bolivia «y aún así los medios que había no tienen nada que ver con los de España». Aunque Mervin añora a su familia que vive en Bolivia, en Sevilla se encuentra muy a gusto. Desde un principio le llamó la atención la amabilidad de la gente. Asegura que no ha tenido problemas por ser inmigrante y recalca que si en algún momento echa de menos alguna comida de su país acude a alguno de los muchos bares bolivianos que hay en la ciudad, donde, recalca, la comida es prácticamente igual a la que se cocina en su país. Virginia también destaca que los bolivianos son «buena gente y muy abiertos. Son un encanto». A pesar de este buen carácter de sus nuevos vecinos, hay veces que le entra morriña y eso que Tarija tiene como Sevilla un río Guadalquivir y se la conoce como la otra Andalucía. Admite que también echa de menos pasear en bicicleta, una actividad que no práctica en Bolivia porque hay muchos accidentes de tráfico. Una pega que pone a los tarijereños es que quieren saber mucho de la vida privada de los demás, «preguntan mucho y si un fin de semana te vas de escapada, el lunes lo sabe todo el mundo. Esto lo llevo mal. Me da la sensación de no tener intimidad».

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