Local

Instrucciones para quedarse petrificado en la vía pública

Lejos de estar cuidada como zona cultural y turística, la calle Hombre de Piedra da pena

el 10 oct 2012 / 08:07 h.

TAGS:

La vieja estatua romana presidía unos baños árabes e inspiró luego una leyenda bastante talibana. Así está ahora.

Sevilla, como todo el mundo sabe, tiene una memoria muy selectiva. Recuerda de pe a pa la leyenda según la cual adquirió su nombre la calle Hombre de Piedra a mediados del siglo XV, mientras olvida que antes de eso se llamó Calle del Buen Rostro (y por supuesto, ni papa del porqué). Ese talento para la amnesia ha producido que este trocito de la Sevilla histórica esté más cerca de la palabra birria que de la expresión rincón singular digno de ser visitado. Y de este modo, el paseante que enfila hacia estos confines del barrio de San Lorenzo con la esperanza de inhalar las emociones y percibir en sus músculos la sacudida de esa Sevilla legendaria en la que se dejó la vista José María de Mena, lo que experimenta es lo mismo que el fulano ese al que dicen que un rayo de Dios lo volvió de piedra, por chulo y por irreverente: petrificado se queda. Cabía imaginar que tras las recién acabadas obras de canalización, que han durado un cuarto de hora menos que las de la Catedral, el paisaje habría de ganar algo de prestancia, pero hasta ahí podía llegar la iniciativa municipal.

¿Por lo menos es tranquila? Un perraco negro como el demonio apareció allí la otra mañana, doblando por la esquina que mira a la Alameda como los toros en la Estafeta: derrapando hasta casi darse una costalada y con la lengua como el Botafumeiro, humedeciendo los zócalos a derecha e izquierda. A juzgar por su forma de mirar, diríase que uno llevaba escrita en la frente la palabra Friskies, pero no; se ve que había desayunado. Llegó hasta mitad de la calle y se volvió con idéntico ímpetu por donde había venido, de regreso al ágora perruna por excelencia. Tras él, en su carrera, dejaba un lugar mustio y anodino, donde la ausencia de una mínima inscripción que cuente la tradición del sitio a paisanos y forasteros se suple con una colección de pintadas macarras; donde el nuevo tramo adoquinado contrasta con el más largo y antiguo de asfalto, repleto de hondonadas, bollos, remiendos de alquitrán y cicatrices descarnadas.

Nadie hay allí, ante la estatua, ni ganas que entran, para recordar aquel relato talibán cuyo origen está en la orden del rey Juan II de arrodillarse todos al paso de la hostia, para identificar y humillar al infiel. Una maniobra de alienación aún muy en boga. Mateo el Rubio, harto de moyate y oyendo venir a los curas con el viático, dijo que no se arrodillaba, y un rayo de Dios lo metió hasta las corvas en el suelo, dejándolo estatua total. Desde entonces, la calle no ha recuperado su buen rostro. Desmemoria y fanatismo: una mezcla muy peligrosa. Podrían colocar una lápida para que nadie lo olvidase.

  • 1