Cultura

J.A. González Sainz: "El lenguaje es un sensor que lo detecta todo"

Entrevista con González Sainz, que firmó una de las mejores novelas de 2010: ‘Ojos que no ven', una reflexión sobre la violencia etarra.

el 25 dic 2010 / 21:07 h.

J.A. González Sainz, en el legendario Café San Marco de Trieste, frecuentado por Claudio Magris.
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-¿Qué lleva a una persona normal a empuñar un arma en nombre de una bandera?

-Los motivos pueden ser variados. Todos sufrimos pérdidas, abandonos -del hogar, de certezas, del paraíso infantil- y ante ellas hay dos opciones: o coger el toro por los cuernos y afrontar eso, o sublimar, meterse en una máquina salchichera de sublimaciones, que suele consistir en usurpar las cosas más hermosas, patria, dios, pueblo, y dejarse fascinar por discursos más o menos astutos que prometen el no va más. Esas máquinas pueden hacer que una persona no sólo empuñe un arma, sino que aniquile la estructura de su vida en función de odios, rencillas, enemigos fáciles que tienen la culpa de todo.

-¿Por qué ha tenido, entonces, tanto prestigio la figura del guerrillero en el siglo XX?

-Según la Historia de Occidente -el guerrillero viene de España, de las guerrillas antinapoleónicas-, se trata de un prestigio ante el cual claudicaron todos, incluso Conrad. Pero lo cierto es que es fácil meter de matute mala mercancía en los mitos creados. Como si ser guerrillero fuera de por sí noble, positivo, heroico, y no la flor que ha ido creciendo en el estercolero moral.

-¿Quiénes han sido los cómplices del crimen en el País Vasco?

-Hay toda una estructura cultural, económica, eclesiástica, que ha colaborado para que la sociedad contemplase la existencia del terror. Todos los que han trabajado en esa dirección son culpables, y el arco, como digo, es muy amplio. Cuando presenté mi novela en Bilbao, la persona que me acompañaba se paró por la calle a saludar a alguien, y al despedirse me dijo: "Es muy simpático, le mataron a su padre". Yo no logro entender el paso entre una idea y la otra.

-En su novela pone de manifiesto el peligro de las palabras, de las manipulaciones del lenguaje.

-Es posible que donde primero se empiece a observar los síntomas de casi todo sea en el lenguaje, es un sensor donde se detecta todo. Hay excelentes estudios sobre el lenguaje totalitario que, aplicados a nuestra realidad, podrían darnos sorpresas desagradables. Cualquier lector español se da cuenta de que Ojos que no ven trata del País Vasco, pero he puesto mucho cuidado en que se mencionen muy pocos topónimos. Y ello se debe a que he querido afrontar el tema de la violencia en sí, y el regreso de la violencia en las generaciones.

-Me pregunto cuánto costaría, en la sociedad española, volver a encender una mecha fraticida como la del 36...

-Eso es casi una obsesión para mí, y encuentro rastros de cosas parecidas en la literatura bolchevique como la de la época hitleriana, en el Madrid republicano o en el franquista... Ante una estructura totalitaria, de las personas sale siempre lo peor. Es una tristeza constatar que en el progreso de los valores todo es muy frágil. La victoria de la racionalidad no es nunca un triunfo definitivo sobre la insensatez. Cuando ésta tiene una estructura de poder sobre la que asentarse, vuelve con toda su fuerza.

-Se dice a menudo que vivir en Trieste es como hacerlo en ningún sitio. ¿Lo ve usted así?

-Un poco sí. Geográficamente esto está al lado mismo de otros países y otras culturas. Pero tampoco es verdad que esta ciudad esté completamente abierta. Todavía viven aquí muchas personas que tuvieron que abandonar la vieja parte italiana de Eslovenia y Croacia, todavía hay quien sufrió las represalias titoístas por una parte, y las fascistas por otra. No se han cerrado las heridas del todo, y la cerrazón respecto del otro es todavía grande. Donde hay fronteras hay siempre apertura, pero también cerrazón. Pero el tiempo y muchas cañas culturales pueden cambiarlo. La prueba: el intelectual más famoso de la ciudad es un ejemplo de esfuerzo por la apertura, pero no todos son Magris.

-Dice Magris que el signo triestino por excelencia es "la búsqueda de una verdad antes que de la belleza". ¿Hay algo de eso en su obra?

-Me interesa una literatura que no haya desistido de vérselas con los nudos más peliagudos de la condición humana. En este sentido, la cultura clásica, en la que no se ha realizado la separación entre lo bello y lo bueno, me interesa más que la que decreta la diferencia. Mi gran ambición es al menos intentarlo.

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