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Cultura

Jacobo Cortines: "Escribir poesía en Sevilla es una forma de felicidad"

Poeta de fuego lento, el poeta, ensayista, editor y agitador cultural, regresa al ámbito del verso con 'Nombre entre nombres', que acaba de ver la luz en el sello Renacimiento.

el 27 oct 2014 / 14:00 h.

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Jacobo Cortines (Lebrija, 1946) es un poeta de cocina lenta, cuyo último libro hasta la fecha, Consolaciones –Premio Nacional de la Crítica– data de una década atrás. Profesor de la Universidad de Sevilla, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, ensayista que ha tocado múltiples temas, traductor de Petrarca y de Sterbini, editor al frente de la colección Vandalia de la Fundación Lara, ahora regresa a los versos con Nombre entre nombres, que acaba de ver la luz en el sello editorial Renacimiento. Jacobo Cortines Escribir poesía en Sevilla, ¿es una fatalidad o un atrevimiento? Yo diría que ambas cosas. Pero también una forma de felicidad. Frente a aquello de Larra, «escribir en España es llorar», hoy escribir puede ser una forma de superar dificultades. Es una fatalidad porque la repercusión se ve limitada respecto a quienes escriben en Madrid o Barcelona. Y es atrevimiento, por la falta de acogida por parte de las instituciones y el gran público. Pero el poeta necesita expresarse y llevar a cabo su proyecto ético y estético. Aunque se tome su tiempo... En mi caso, diez años entre un libro y otro. ¿Eso es mucho o poco? Es una pausa muy horaciana. Horacio decía que hay que guardar diez años entre un libro y otro. Y sin querer compararme, siempre tengo presente que a Rilke las Elegías le llevaron diez años también. Yo escribo, guardo, vuelvo, reviso al cabo del año, de los tres años... Evidentemente, no publico todo, Nombre entre nombres se antoja un libro muy sereno. ¿No se dice que la poesía es fruto del desasosiego y la agitación? Sí, esa frase de Demócrito «no hay poesía sin perturbación...». Eso, ese desasosiego que diría Pessoa, es un motor de la poesía. Otra cosa es que la calma logre vencer, a través de la elección y el orden de las palabras, todo ese mundo caótico de sufrimiento, para que se convierta también en paisaje. Por eso quiero que toda mi obra lleve el título global de Pasión y paisaje, que son los dos polos en los que se mueve mi poesía, y que no se excluyen, se complementan. Ya en sus libros anteriores está ese aliento elegíaco que volvemos a encontrar en esta última entrega. ¿El hombre es, en definitiva, el animal que mira hacia atrás, el animal nostálgico? Es una característica del hombre y un tema eterno de la poesía. Lo decía Machado, «se canta lo que se pierde». Pero también hay aquí poemas gozosos. El poema largo que da título al libro tiene una mirada atrás, pero en su segunda parte es celebrativo, un canto de amor a quien conmigo va y a la hermosura de la vida cuando uno se encamina hacia el abismo. Expresa una conciencia de la finitud que está en la cita del Eclesiastés: «Anda, come tu pan con alegría, y disfruta la vida con quien amas, que esa es la suerte tuya mientras vivas...». ¿De qué modo el editor que hay en usted interviene en sus libros? En lo que decía antes, en la organización. Los diez años que pasé traduciendo a Petrarca me enseñaron eso. También me ayudó la aventura de la revista Separata, que emprendí con un grupo de amigos en el año 78, donde el trabajo no era solo elegir buenos artículos. El viejo Lara contaba que no editaba poesía en Planeta porque le constaba que todos sus más rancios superventas tenían un poemario en el cajón, sabía que le comprometerían y arruinarían el catálogo en un abrir y cerrar de ojos. Usted lo ha conseguido con Vandalia. ¿Cuál es el secreto? La exigencia. Me negaría a publicar un libro que fuera un horror, aunque me lo trajera un premio Planeta. Para eso cuento también con la colaboración maravillosa de Ignacio Garmendia y con la confianza de Ana Gavín, directora de la Fundación Lara. Usted ha sido gran valedor de Cernuda, pero también de Fernando Villalón. ¿Quién lee ahora a un poeta como él, corriendo tan malos tiempos para la tauromaquia? Corren malísimos tiempos para la tauromaquia, sobre todo por los enemigos que están dentro de la tauromaquia. Pero una cosa es la fiesta y otra la poesía que se ha basado en los toros. Lees Romances del 800 de Villalón y te quedas anonadado, como no se puede olvidar que, después de Manrique, la elegía más hermosa de nuestro idioma es el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. ¿Cree que los antitaurinos acabarán abominando de esas obras? Se perderían algo espléndido, como si no leyeran la biografía de Belmonte de Chaves Nogales, quien por cierto no pisó jamás una plaza de toros. Es como olvidarse de Joselito, a quien rendimos homenaje hace poco. Una de las figuras más ejemplares que ha dado este país, un caso único de entrega y ansia de conocimiento, que además sella todo eso con su muerte en plena juventud. Olvidarlo es olvidarse de un héroe, y no están los tiempos para prescindir de nuestros héroes. Otra de sus pasiones ha sido la música. ¿Cree que el estudio y disfrute de ésta ayuda luego a impregnar su faena poética? Cuando escribí el prólogo a una antología que me publicó la Fundación March dije que mi poesía le debe tanto a la literatura como a la música y a la pintura. De mi niñez en Lebrija recuerdo a un profesor recitándonos cosas de Rubén Darío, «Margarita está linda la mar», y de Espronceda, mientras al fondo sonaba Chopin y nos llegaba el olor del óleo con que pintaba mi padre. Son sensaciones que no puedo disociar, por eso tal vez me guste tanto la ópera, donde confluye todo. ¿Pero son la misma cosa, la música de una sinfonía y la música del poema? La música en poesía me parece fundamental. Si el verso no tiene ese sentido de la estructura, del contrapunto... no se sostendría. Para mí fue fundamental estudiar piano primero, y más tarde dar el salto y estudiar composición. No podría escribir sin saber qué son las cuatro voces, las modulaciones... Un poema es, sin duda, una estructura musical. Letras, artes plásticas, música... Es usted un cultivador de ese Humanismo que parece tan venido a menos, ¿no? Sí, por desgracia el Humanismo está bastante tocado del ala, pero desde hace mucho tiempo. Creo que los males vienen de cuando empezábamos el bachillerato y nos imponían esa decisión perversa, que los niños eligiéramos entre ciencias y letras. Eso es un disparate a los 15 años. Y ambas disciplinas han ido separándose cada vez más. Por eso, a muchos humanistas les falta el conocimiento de cómo funciona el mundo, y la gente de ciencias carece de otros saberes. Esto es algo que Ortega denunció hace ya mucho tiempo... Diez años, dijo usted al principio. ¿Esperamos su próximo poemario para 2024, entonces? No, no, habrá algo antes. En 2016 quiero recoger mi poesía completa, pero incorporando muchos poemas nuevos. Hay algunos que no han tenido cabida en Nombre entre nombres, porque desequilibraban el libro, pero están hechos y cerrados. En este tiempo que queda hasta el 2016 espero acabar esa parte «provisionalmente final», que diría Guillén.

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