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José Soto, hasta el límite mínimo

Hace dos días en un viaje a Jerez, he coincidido con José Soto. Me fascina tanto su trabajo que no he podido resistirme a preguntarle por qué dejó de pintar, una cuestión que muchos se hacen y que a lo mejor nadie le había planteado de manera directa.

el 15 sep 2009 / 22:58 h.

Hace dos días en un viaje a Jerez, he coincidido con José Soto. Me fascina tanto su trabajo que no he podido resistirme a preguntarle por qué dejó de pintar, una cuestión que muchos se hacen y que a lo mejor nadie le había planteado de manera directa. "Hace más de 30 años que abandoné la pintura y no sé realmente por qué lo hice. Había llegado a algo tan mínimo, que era imposible seguir" me dijo, una respuesta atestada de lógica y resignación que más que una contestación me pareció una lección de honradez artística, sobre todo teniendo en cuenta su consideración actual.

El último cuadro que realizó Soto fue a finales de 1974. Es un acrílico sobre madera, de un rabioso amarillo, que posee la colección Cajasol. Él quería haber hecho después lienzos inmensos, de gran formato, pero se quedó atorado, aguardando. A lo mejor, también tuvo algo que ver con su inacción que dejara el estudio que compartía con Carmen Laffón y Fernando Zóbel. Fue un momento extraño, confuso, raro. Y después de eso no supo bien dónde ubicarse, dónde hallar su sitio, hacia dónde ir.

Extractar un lenguaje personal hasta su expresión más exigua es una vía muerta irrecuperable, un camino sin retorno que no tiene solución. Como Barnett Newman, Ad Reinhardt o el propio Rothko, depurar una obra pictórica hasta su médula es ir, fieramente, contra su esencia, un contrasentido que precisa muchas energías y grandes esfuerzos. Batallar por mantener el equilibrio de cualquier obra sin que amaine su vigor, es una postura que a muchos artistas consagrados les ha llevado al desengaño. Soto prefirió, para desdramatizar y evitar el reconcomio, virar el rumbo sin frustración y regocijarse con los placeres sencillos de la vida: un rato de charla agradable con los amigos, un paseo primaveral, una manzanilla de Sanlúcar antes del almuerzo. Como él mismo diría:? ¡Maravilloso!

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