Cultura

José Tomás: entre la razón y la pasión

No se puede negar ni un ápice del carácter de grandioso acontecimiento que se vivió el pasado sábado en la Feria de Julio de Valencia.

el 25 jul 2011 / 20:00 h.

No se puede negar ni un ápice del carácter de grandioso acontecimiento que se vivió el pasado sábado en la Feria de Julio de Valencia . La ciudad era una fiesta global y la electricidad de la plaza rebosante constituía por sí misma un espectáculo apasionante. No era para menos: José Tomás volvía a enfundarse el vestido de torear -un extraño terno malva bordado de lunas- después de quince meses de durísima recuperación de la brutal cornada que estuvo muy cerca de dejarle inútil para el ejercicio de la profesión. El acontecimiento ya era tal cuando salió por la puerta de cuadrillas rodeado de un mar de fotógrafos y envuelto en una ovación densa y antológica.

Los hombres de campo del madrileño cumplieron perfectamente su labor escogiendo un encierro de El Pilar de parejas hechuras, capas variadas y la necesaria seriedad para evitar apelaciones. Era un factor fundamental que no podía dejarse al azar. La corrida, a la postre, brindó un juego variado, abierto en comportamiento y con un lote de revolución que sirvió para abonar el gran triunfo eclipsado de Arturo Saldívar, el tercer hombre de un cartel en el que Víctor Puerto cumplió su papel de telonero y director de lidia con asepsia y corrección; no se le pedía más al manchego.

Y si la cuestión ganadera fue impecable en esta esperada reaparición, no se puede decir lo mismo del desigual encierro de Garcigrande lidiado el día anterior por Ponce, Manzanares y El Juli. Podrían haber convertido la víspera en un pronunciamiento; en una reivindicación de los verdaderos hilos de la temporada pero la corrida no estuvo -ni de lejos- a la altura que habría desmontado ciertos argumentos interesados y las tres figuras navegaron además por debajo de sus propias y reales posibilidades poniendo en bandeja a José Tomás la primera victoria antes de que se enfundara el extraño vestido de las lunas en sus escurridas, laceradas y magras carnes. Al día siguiente, El Juli no quiso perdérselo y alabó con señorío la actuación de su compañero madrileño, una actuación que debe ser analizada después de haber dejado enfríar el costeado guiso un par de días.

Razón y pasión se mezclaron en la valoración del triunfo de Tomás. Con la calculadora en la mano, bastaba la oreja que le concedió el presidente al que sí le faltó valorar el clima de una plaza que, en su mayoría, había viajado a orillas del Turia a escenificar la comunión con su ídolo. El madrileño había renacido de sus propias cenizas y una vez más supo convertir su cuidada presencia en un acontecimiento que difícilmente se puede encasillar en una crónica taurina al uso. El divino enseñó nuevos registros con capote y muleta y volvió a caminar sobre el filo de la navaja. Y precisamente fue al borde del abismo donde se produjo la catarsis definitiva, después de la brutal voltereta que le propinó ese quinto toro de cara suelta al que no tocó en tiempo y forma. Lo que vino después fue una mezcla de entrega y abandono que caló en el público pero que trufó de desarmes, enganchones, largos paseos y una estocada desprendida. En la faena también hubo mejor final que principio, es verdad, pero la apoteosis no debe impedir el análisis técnico que niegan los abanderados del tomasismo más radical. La recuperación del singular diestro de Galapagar no deja de ser una buena noticia pero, consumada la vuelta, hay que pedir más.

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