Cultura

Juan Pedro toca fondo con un pésimo encierro para el matadero

Pesaba en el ambiente el percance de Morante, roto de toreo y sangre en una tarde para el recuerdo que se vivió como un acontecimiento. Y la parroquia, aún consternada, recibió con una tormenta de abucheos a la presidenta que negó la segunda oreja al diestro de La Puebla cuando apareció por el callejón.

el 16 sep 2009 / 06:55 h.

Pesaba en el ambiente el percance de Morante, roto de toreo y sangre en una tarde para el recuerdo que se vivió como un acontecimiento. Y la parroquia, aún consternada, recibió con una tormenta de abucheos a la presidenta que negó la segunda oreja al diestro de La Puebla cuando apareció por el callejón.

Por otro lado, también pesó en parte, en cierto sector muy concreto del público, la ausencia de Cayetano, aún convaleciente de la misteriosa neumonía que le ha sacado de la campaña. En esa tesitura, el cartel quedó conformado con escasos argumentos, remendado con la presencia del siempre singular diestro jerezano Juan José Padilla. Para colmo, los toros de Juan Pedro Domecq fueron un muestrario de la peor sangre brava y la tarde no pasó a la historia. Ni mucho menos.

El verdadero peso del cartel recaía sobre los hombros de El Juli, que se estrelló con el mulo insulso y claudicante que hizo segundo al que despenó de un estoconazo. Templado y cadencioso, el madrileño dio los mejores capotazos de la tarde al recibir al quinto, un toro con algo más de bríos al que instrumentó un trasteo mandón y técnico que no llegó a remontar el vuelo por la falta de clase de su enemigo, que se acabó quedando muy corto.

Padilla acudió al Puerto con su parafernalia habitual y abrió la tarde con un auténtico marmolillo soso y sin raza que sólo le permitió brillar, muy a medias, en el tercio de banderillas. Al flojo cuarto, irreductible en su indiscutible ánimo, le hizo un poco de todo en los tres tercios aunque el toro era una sosa gaseosa destapada que enfrió la alegre entrega del diestro jerezano.

Con o sin Corbacho -el particular Pigmalión del extremeño-, Talavante reveló su mejor cara en la faena al alegre tercero, el primero que se movió -sin clase- del decepcionante encierro de Juan Pedro Domecq. Hubo personalidad en los ayudados iniciales y buen trazo en el cuerpo central de una faena resuelta por ambas manos a la que le faltó un punto de ajuste. Talavante salpicó de detalles de calidad su labor dentro de un resultado algo deslavazado que tampoco contó con la entrega total del astado. Con la espada pegó un petardo. Cuando salió el sexto -tan soso como sus hermanos- la corrida ya estaba sentenciada. Talavante anduvo por allí sin convencer ni convencerse. A esas alturas, el personal ya andaba loco por ponerse delante de los langostinos y el blanco fresquito. Qué rollo.

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