Cultura

Juan Valderrama abrió la canariera

Desenterró y llevó a su terreno a artistas maltratados por la historia del cante jondo.

el 24 sep 2010 / 09:26 h.

El hijo del gran Juanito Valderrama, el que fuera uno de los genios más grandes y célebres del cante andaluz, es ya algo más que el hijo del papá cantaor y famoso: es un gran artista. Y tan valiente como su padre, porque ha venido a la Bienal de Flamenco –sabiendo la que podíamos darle–, sin miedo alguno a las críticas. Se le ocurrió algo que hacía falta: desenterrar a grandes genios del cante que, por ser payos, o sea, distintos, los encerraron en la canariera y tiraron la llave al Guadalquivir. Juan Antonio Valderrama vino al magno festival sevillano a abrir la canariera y homenajearlos, algo por lo que lo admiro y me quito el sombrero cordobés.

Vino a reivindicar una línea de cante maltratada y olvidada por la historia, por la flamencología gitanista. Una escuela que él conoce muy bien porque la mamó en su propia casa, al lado del genio de su padre. Anoche demostró que conoce el paño, aunque le mangara naturaleza flamenca a los estilos que hizo llevándolos a su terreno, el de la canción andaluza o aflamencada, con arreglos musicales y una puesta en escena poco jonda. Ha querido hacerlo así y todo lo que hizo llevaba su impronta. De eso se trataba. Es un magnífico copista de su padre y de Marchena, pero no vino a calcarlos hasta en el blanco de los ojos. Ni tampoco a disfrazarse de ellos, a ridiculizarlos como ocurrió en la gala inaugural de esta Bienal. Vino a homenajearlos desde la humildad y sin renunciar a su propia manera de entender estos cantes, que, por su condición de voz, le vienen como anillo al dedo. En La Rosa y Nos conocimos en Tampico, del repertorio marchenero, y en los campanilleros de Manuel Torre y la Niña de la Puebla, en los tangos de Manuel Vallejo, en los fandangos lucentinos despojados del ritmo, en las malagueñas de Baldomero Pacheco y en los tangos de Porrinas de Badajoz, entre otras muchas cosas, el artista destapó el tarro de la miel de Castilblanco y nos ofreció una amplia gama de estilos melódicos, cuajando una meritoria granaína de Vallejo y dándonos otra dimensión –ni mejor ni peor: otra, la suya– de la farruca, la guajira, la colombiana y los cantes de labranza, de la parte de Jaén. Incluso se atrevió a cantar unas seguiriyas a Caracol y apuntarle una soleá a Eduardo Serrano El Güito, el gran bailaor, al que también ha querido sacar de un injusto olvido.El joven artista no ha venido a falsear la garganta para sonar más gitano que El Nitri, sino a dejar en libertad a los canarios de la historia del cante, sabiendo a lo que se exponía. Tuvo momentos de una estética melódica hermosísima, como cuando cantó la guajira de Marchena. A los que nos gusta el Niño de Marchena, se nos puso la piel como un zócalo de Capileira. No menos que cuando invitó a la gran Dulce Pontes –la reina del fado portugués– a cantar con él milongas y vidalitas, aportándonos un momento increíble. Me hubiera gustado un concierto más flamenco, que no hubiera acancionado los estilos, pero le ha echado tanto valor y le ha puesto tanta alma a su arriesgada aventura, que sólo voy a decirle una cosa: gracias por abrir la canariera del cante y dejar libres a los canarios.

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