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Jugar al 'paso y veo'

El debate sobre el Estado de la Nación nos ha dejado como es habitual un reguero de quinielas y una falsa sensación de ganadores o perdedores. Lo cierto es que este tipo de debates en periodo de entreguerras -o sea, elecciones- sirven para disparar o hundir las expectativas de las grandes formaciones políticas...

el 16 sep 2009 / 02:50 h.

El debate sobre el Estado de la Nación nos ha dejado como es habitual un reguero de quinielas y una falsa sensación de ganadores o perdedores. Lo cierto es que este tipo de debates en periodo de entreguerras -o sea, elecciones- sirven para disparar o hundir las expectativas de las grandes formaciones políticas. Y las expectativas no son otra cosa que la suma de la percepción de la hinchada propia más los titulares de los periódicos dividida por el autoreconocimiento real del resultado.

Por eso se afanan los partidos en proclamar vencedor a su líder. Y por eso la ciudadanía no puede dejar de tener una sensación de hartazgo. Los hechos parlamentarios -los debates, las tramitaciones legales, la política en sí misma- se manejan cada vez más como si se dirigieran a un país de tontos. Y eso resulta insoportable. Los especialistas en consignas hacen su agosto, pero los que asistimos atónitos a tanta propaganda como pretenden inocularnos no dejamos de preguntarnos qué hemos hecho para que nos traten como mercancía de usar y tirar, como a clientes dispuestos a comprar saldos sin más reflexión, gentes sin criterio ni opinión propia. ¿por qué nos privilegian con tanta estulticia?

Del debate cabe extraer alguna conclusión incontaminada: es posible que al PSOE le vaya mal en las próximas elecciones, pero al PP le va a ir peor. Es impensable que no sea así. El Gobierno tendrá que pagar la factura de la crisis y los cuatro millones de parados porque así funciona la máquina de apoyos populares. Pero Rajoy tendrá que pagar sus propias facturas. A saber: su cerrazón en no pactar una sola medida anticrisis con el Gobierno, su incapacidad para reconocer y apoyar iniciativas que él mismo ha propuesto y su negligencia política por no saber entender qué es lo que están reclamando los españoles en estos momentos. Está bloqueado. No parece que en esta hora negra para el empleo y la economía los ciudadanos esperen sólo invectivas, broncas y asperezas.

Hay que dudar que al común de la gente le satisfaga un político que parece regodearse con la desgracia colectiva y que utiliza a los parados como fuerza de choque contra el Ejecutivo. Si España está en esa clave, paren porque somos millones los que nos apeamos. Pero es que hay que negar la mayor. Lo que se espera de las fuerzas políticas, y especialmente de las que tienen posiblidades de gobernar España, PSOE y PP, que son los que articulan y engrasan el sistema, es que sean capaces de meter el hombro, de sumar y de acordar un conjunto de medidas que, razonablemente, sean asumibles por las dos fuerzas políticas. Después llegarán las elecciones y cada cual recogerá votos y castigos. Pero hoy, la sociedad, conmocionada por la recesión, encogida por la falta de financiación para el normal funcionamiento de la economía, espera otra cosa.

Por eso salió mejor parado Zapatero, sin que haga falta que el CIS venga en su rescate: porque, pese a la cansina letanía de ofertas de híper político, tomó la iniciativa y atacó los hechos con propuestas concretas para actuar sobre la vivienda o la venta de coches, entre otros sectores damnificados. Rajoy resultó dañado. Se quedó con los pies pegados al suelo, sin cintura, con un discurso preconcebido y catastrofista y con ese tono faltón y perezoso con el que la derecha siempre tiene la tentación de tratar a los socialistas. Y no le quedan muchas reválidas.

No menos interesante y clarificadora resultó la primera sesión de control al nuevo Gobierno andaluz, que llegaba en una semana en la que el PP había dejado claro que va a actuar como una sucursal del PP de Madrid, asumiendo su misma estrategia: cero acuerdos. Griñán, en su debut, le hizo el trabajo a los periodistas: esgrimió los acuerdos propuestos por el PSOE a los grupos políticos y las propuestas del PP: prácticamente no había diferencia. Pese a lo cual, el PP ha rechazado cada una de ellas. Es más, la propuesta de Arenas es un refrito de su programa electoral: unas medidas enhebradas para un periodo de fuerte crecimiento económico.

Ahora, convenientemente remasterizadas, las quieren hacer pasar como batería de urgencia contra la crisis. "¿es que le valen a usted igual para un roto que para un descosido?", interpeló Griñán a Arenas, quien blandía y agitaba el catalógo de marras desde el escaño de enfrente y, sin mucho más que decir. Este nuevo cara a cara Griñán-Arenas confirma las percepciones del debate de investidura: contra Chaves, Arenas vivía mejor.

Si el PP no aspira a salvarse sólo en los titulares de los periódicos dispuestos a repetirles que van por el buen camino para que no desfallezcan, deberá revisar no sólo su discurso sino su actitud, está obligado a rehacer su trabajo de oposición para garantizar que realmente fiscaliza la labor del gobierno socialista. Aunque es a Griñán, en realidad, a quien le queda lo más complicado: demostrar la eficacia de las medidas que propone para amortiguar una crisis que, a la espera de los célebres brotes verdes, ha abierto vías de agua en todo el tejido productivo andaluz y ha vuelto a poblar las colas del paro.

El PSOE sólo podrá culpar al PP de una pereza prepotente al abordar posibles pactos y soluciones, pero no podrá pedirles mayor responsabilidades en los resultados porque se ha autoexcluido de un proceso de iniciativas que también obliga a la oposición. A Griñán lo juzgarán en las urnas por el resultado de su gestión. A Arenas, le exigirán su reponsabilidad por omisión.

ahernandez@correoandalucia.es

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