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Cultura

Julio Manuel de la Rosa se libra para siempre de la censura

El escritor reedita Fin de semana en Etruria, al fin en versión íntegra.

el 21 dic 2009 / 21:43 h.

Julio Manuel de la Rosa (Sevilla, 1935) está en racha. Tras la buena acogida de su novela Guantes de seda, ha visto reeditadas tres de sus obras más emblemáticas, a saber: La sangre y el eco, Croquis a mano alzada y Las campanas de Antoñita Cincodedos, estas dos últimas en un solo volumen.

Ahora, la editorial Algaida le hace "un inesperado regalo de Navidad", según él mismo lo define, rescatando Fin de semana en Etruria, una obra que le valió el premio Sésamo en 1971, y que fue mutilada por la censura como casi toda su producción previa a la llegada de la democracia.

El caso es que esta novela corta aparece por primera vez en su versión íntegra, con los fragmentos afectados por la tijera gubernamental convenientemente señalados en negrita y con una tachadura que no impide su lectura.

"Se trata de que el lector joven sepa lo absurda que fue la censura", explica el autor. "Escribíamos con la espada de Damocles encima, y nos hicimos expertos en una escritura oblicua, fundamentada en burlar al inculto y analfabeto censor. Fíjate que hasta llegamos a solicitar que nos censuraran personas cualificadas, porque sólo escribir palabras como deseo o suicidio podían darte problemas", recuerda al respecto.

Autor de una veintena larga de títulos, Julio Manuel de la Rosa admite que "he cambiado a menudo de registro, pero no de tema. La argumentación de mis libros puede variar, pero el alimento básico es el mismo: la soledad, el amor y el desamor, el morbo político. Lo que sí cambió en mí, después de tres años trabajando en El ermitaño del rey, fue que me dije que no podía hacer tanta metaliteratura. Quiero hacer una literatura que venga directamente de la vida, de la existencia, de la realidad", se explica.

Amante de Proust, Joyce, Kafka y Faulkner -"de ahí hemos comido todos, y hasta desayunado y cenado", dice-, Julio Manuel de la Rosa es el primer sorprendido ante la vigencia de una obra sobre la soledad y las frustraciones del hombre contemporáneo como Fin de semana en Etruria, que tiene casi cuatro décadas.

"Me reconforta que no haya perdido actualidad. Ahí está la corrupción, la especulación inmobiliaria, la lucha de clases y la Guerra Civil. ¿Qué más quieres de una novela corta?", sonríe.

No cabe duda de que Julio Manuel de la Rosa volverá pronto a entregar a la imprenta páginas dignas de la mayor atención. "Antes era profesor, y de los que se preparaban sus clases, pero ahora estoy jubilado, y además, por suerte, ya no hay censura. ¿Te imaginas el gozo de levantarte sabiendo que tienes todo un día por delante para escribir? Es casi erótico", apostilla.

La libertad. La primera novela que De la Rosa hizo sin la sombra de la censura fue La sangre y el eco (1978), recientemente reeditada por Paréntesis. "La escribí con la extraña sensación de luchar contra la sensación que había dentro de mí. No fue tan fácil acostumbrarse a la libertad, pero yo me quité ese peso de encima. Ahora todo aquello, además de cutre y casposa, nos parece lejanísimo".

También acaban de ver la luz en el mismo sello Croquis a mano alzada (1973), una audaz novela donde se hace patente la influencia de James Joyce, y que supone un esfuerzo definitivo "por no caer bajo ningún concepto en el terrible pecado del costumbrismo, ni siquiera del realismo social, que tanto daño hizo a muchos escritores, entre ellos a mí", y Las campanas de Antoñita Cincodedos (1987), el relato de una prostituta que tiene la misma edad que las campanas de la Catedral, y que rinde homenaje a Cervantes al tiempo que entronca con una tradición erótico-prostibularia que va de La Celestina y La lozana andaluza a Wenceslao Fernández Flórez, Cela y La Legionaria de Fernando Quiñones. "Fernando dijo que su Hortensia y mi Antoñita eran primas hermanas", recuerda De la Rosa.

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