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Keynesianismo y río revuelto

El keynesianismo al que en los últimos tiempos cada vez más volvemos la mirada fraguó ese carisma al que hoy apelamos en la salida de la gran depresión iniciada a raíz del despatarre financiero de 1929.

el 15 sep 2009 / 23:20 h.

El keynesianismo al que en los últimos tiempos cada vez más volvemos la mirada fraguó ese carisma al que hoy apelamos en la salida de la gran depresión iniciada a raíz del despatarre financiero de 1929. En aquella época, incluso en los países más avanzados, un intervencionismo masivo del sector público suplementando la demanda e inversión privada era inimaginable, o imaginable sólo en los países comunistas.

Sólo el ahondamiento día a día de la catástrofe económica con un mercado incapaz de encauzar los factores de producción trajo un cambio de perspectiva exitoso: los gobiernos debían ampliar sus funciones inversoras y policiales más allá de las tradicionales. El buen funcionamiento de la economía, como aprendimos por la vía más dolorosa, requiere en ocasiones el respaldo de determinados sectores y, con mayor frecuencia, la regulación y vigilancia de un gran número de actividades que, por la misma lógica especulativa del mercado, tienden a desbocarse y pueden dejar a mucha gente en la estacada.

Fue así como la intervención gubernamental ganó respetabilidad. Por el camino también se le cambió de nombre a la cosa: dejó de llamársele socialismo y se le bautizó como New Deal o keynesianismo, en base al influyente economista que animó a romper el tabú. Ahora bien, la lógica keynesiana tenía bicho (déficit públicos persistentes), que aprovechando la crisis de materias primas de los años setenta el liberalismo reaganiano-thatcheriano se propuso matar. A cañonazos: desregulando todo lo regulado en la posguerra y privatizando todos los servicios públicos que amenazaban con dar continuidad al estado del bienestar.

El neoliberalismo se adueñó con fuerza de la situación. Sus políticas desregulatorias consiguieron reconducir los niveles de paro e inflación. Hoy sabemos que aquello se consiguió polarizando las diferencias sociales, quebrando las redes de protección y proletarizando el trabajo. En otras palabras, las políticas de privatización, apertura comercial, financiera y flexibilidad laboral escondían un enorme grado de explotación y especulación. La España que iba bien, sin ir más lejos, incubaba, a modo de estafa piramidal, una bomba con temporizador.

La crisis financiera global y la recesión económica en la que estamos metidos reclaman, por tanto, un cambio de orientación. Una mirada al arsenal de la política económica nos tranquiliza: ahí está el buen y quizá algo oxidado keynesianismo, y, lo que es más importante, todo un repertorio de instituciones de los que no se disponía en los años treinta.

Pero quizá esa misma noción de poseer el colchón gubernamental, incluso entre los mismos que han hecho un oficio de renegar de él (lo cual no les impide reclamar un paréntesis), está haciendo perder de vista que, de lo que va la cosa a día de hoy, como en el mismísimo crack de 1929, es de intentar superar una situación de emergencia, donde no caben intentos de aprovecharse de la situación para salvar la propia parcela. No faltan ejemplos de esta, llamémosle así, falta de lucidez cortoplacista: los impulsos proteccionistas, la deslealtad bancaria mirándose con el rabillo del ojo a ver quién se queda con el (presumible) botín pasada la tormenta y la patética petición de reformas (léase recorte de derechos) laborales.

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