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Cultura

La belleza de los silencios

El Mesías *** Lugar: Teatro Maestranza, 20 de octubre Obra: El Mesías Compañía: Ballet Nacional Sodre/Uruguay Dirección artística: Julio Boca Coreografía: Mauricio Wainrot Música: Georg Friedrich Haendel Bailarines: María Noel Ricetto, Giovanna Martinatto, Ciro Tamayo, María Noel Bonino, Rosina Gil, Gabriela Flecha, Guillermo González, Damián Torio

el 21 oct 2014 / 08:28 h.

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Un momento del estreno en el Maestranza. Foto: Pepo Herrera Un momento del estreno en el Maestranza. Foto: Pepo Herrera Probablemente cuando en 1741 Heandel compuso El Mesías no esperaba que llegara a tener la repercusión y la popularidad que llegó a adquirir. Al fin y al cabo se trata de un oratorio, es decir, una composición musical cantada de formato modesto, dado su carácter religioso no litúrgico. En ese sentido llama también la atención su versión dancística, que tuvo lugar por primera vez en 1996, gracias al empeño del coreógrafo argentino Mauricio Wainrot quien se atrevió a coreografiar algunos paisajes de este popular oratorio bajo el auspicio del Royal Ballet de Flandes porque, tal y como él mismo reconoció, se prendó de sus sonidos y sus silencios. Aunque será el Ballet Nacional de Chile el que le dará la oportunidad, dos años después, de ampliar la coreografía hasta conformar la propuesta que pudimos disfrutar ayer en el Teatro Maestranza a cargo del Ballet Nacional Sodre/ Uruguy, cuya dirección artística corre a cargo de Julio Boca. Para esta versión Wainrot seleccinó 32 temas del oratorio, incluido el Aleluya que pone el broche final. Con ellos se sumerge en un universo de espiritualidad tan solemne como intimista. Así, las bailarinas desprenden fragilidad y belleza etérea con sus manos, mientras sus brazos y cuerpos describen una verticalidad cargada de firmeza y determinación. Con absoluta fidelidad al lenguaje neoclásico, la coreografía se concibe como una  suerte de coro dancístico que gira en torno a los números grupales. Los pasos a dos, tríos y cuartetos desembocan, o incluso se integran dentro del grupo con una suerte de combinación que alterna las diferentes composiciones hasta cerrar con una figura estática, a la manera de cuadros, con los que Wainror dota los silencios musicales de una fuerte impronta visual. Y eso que el vestuario es monocorde y nada vistoso, la iluminación no pasa de ambientar el escenario y el dominio técnico de los bailarines y bailarinas no acaba estar a la altura, sobre en cuanto a coordinación y equilibrio se refiere. No obstante la coreografía consigue recrear la carga espiritual y el misticismo de la música, y a pesar de su composición vertiginosa colma de belleza los silencios.

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