Cultura

La Bienal de las escasas emociones

el 10 oct 2010 / 19:47 h.

Unas siete mil almas se dieron cita para disfrutar del arte del cantaor más carismático y mediático, Miguel Poveda.
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No es nada fácil hacer balance de un festival de 29 días de duración que, además, acabó hace escasas horas. Todavía resuenan en nuestra cabeza los bordonazos de Paco de Lucía en el Maestranza cerrando una edición de la Bienal que, de entrada, es preciso decir con claridad que durará poco tiempo en la memoria de los aficionados más exigentes, de los cabales, que, aunque sean una especie en extinción, aún existen algunos. No así en la del nuevo público que se ha acercado al magno festival sevillano, con escasa preparación en jondología, que por aplaudir ha aplaudido hasta a los que colocan los micrófonos y las sillas en los escenarios.

Es quizá lo más negativo del evento, aunque otros puedan hacer otras lecturas muy respetables. Por ejemplo, lo importante que es que se hayan llenado casi todos los días los teatros, lo que no tiene mucho mérito en una edición que ha sido diseñada para eso, para reventar las taquillas y atraer a miles de personas a la capital de Andalucía. Desde ese punto de vista, es indudable el éxito y lo celebramos con palmas a compás. Nos parece estupendo que el flamenco tenga esa fuerza en el mundo y que en Sevilla tengamos capacidad de sobra para ofrecer todo un mes de conciertos y actividades.

En este sentido, es justo resaltar el gran trabajo de la maquinaria de la Bienal, o sea, del equipo de producción, desde su director, Domingo González, al que no se le puede negar capacidad de trabajo y de gestión -otra cosa es su talento para programar-, hasta el último trabajador. No es fácil sacar adelante un festival de esta envergadura, así que vaya desde aquí nuestro reconocimiento y gratitud al fenomenal equipo del magno evento flamenco.

Desde el punto de vista artístico cada uno podrá contar la feria como le ha ido. Si preguntáramos a los asistentes del concierto inaugural en la Real Maestranza, la mayoría opinarían que ha sido la mejor apertura de todas las bienales. Cerca de siete mil almas se dieron cita para disfrutar del arte del cantaor más carismático del momento, y del más mediático, Miguel Poveda. Atrevido donde los haya, se encerró en el coso taurino hispalense para contarnos la historia del cante jondo, sin apenas sabérsela. Es indudable que cantó bien algunos palos, como las seguiriyas y las bulerías, y que la intrepidez tuvo su valor. Pero el espectáculo mostró demasiadas oscuridades y errores del bulto, que, sin embargo, la apasionada parroquia povediana no vio. El cantaor catalán es un fenómeno fans y ya se sabe con la pasión que se sigue a los ídolos.

Esta Bienal no la vamos a recordar por ningún concierto en especial porque, aunque ha habido algunos de éxito, lo cierto es que no hemos asistido a ningún acontecimiento de esos que ponen de acuerdo a todos y de los que se habla al día siguiente en los mentideros flamencos de la ciudad. Nos referimos a espectáculos de estreno, porque ha habido algunos que, como el de Pastora Galván, Pastora, gustó mucho pero era una obra ya vista en Jerez y en Mont-de-Marsan.

El baile marca la diferencia. El baile es siempre la faceta más presente en la Bienal y en ésta, que según el lema, sería "de viva voz", nos han puesto de baile que vamos haciendo escobillas por la calle. Han pasado la gran mayoría de los/as puenteros/as, pero no ha habido nada que nos haya hecho albergar la esperanza de que alguien le va a dar otra vuelta de tuerca al baile flamenco, que sigue parado, por un lado, en el mimetismo más inmovilista; por otro, en el vanguardismo más huero.

El primero en dar en la tecla fue el bailaor sevillano Andrés Marín con su obra La Pasión según se mire, con la que ha puesto de acuerdo tanto a aficionados como a críticos, algo inusual en la Bienal. No le ha sido fácil a Andrés hacerse un sitio en el festival hispalense, pero ya lo tiene. Si sus montajes han sido siempre muy esperados, de ahora en adelante serán reclamados.

Rocío Molina quiso hacer volar las piedras y casi consigue que lo hicieran los tomates, pero sobre ella. Cuando las piedras vuelen, su última obra, apenas caló en los aficionados, quizá por su escasa flamenquería. La malagueña parece aburrirse con el flamenco, que lo borda, de ahí que haya venido a esta Bienal con una obra quizá inadecuada para triunfar en Sevilla.

Lo mismo le ocurrió a Farruquito con Sonerías, un espectáculo fallido a todas luces, porque se preocupó más de componer, crear y dirigir, que de bailar, que es lo que mejor sabe hacer. En su descargo, hay que decir que el joven artista ha decidido por fin caminar en solitario y escribir sus propios discursos, aunque éste le saliera regular. Si quiere hacer grandes cosas en el futuro deberá ponerse en buenas manos para que le ayuden en las coreografías y escenificación de sus obras.

Había tres o cuatro propuestas de baile muy esperadas, algunas ya vistas, como la de la joven sevillana Pastora Galván. Con el respaldo de su hermano Israel, Pastora se metió al público en el bolsillo con una obra, Pastora, sencilla y muy cuidada desde el punto de vista flamenco, demostrando que no es necesario meterse en montajes costosos para triunfar. Le bastaron su calidad como bailaora, dos grandes cantaores como son José Valencia y David Lagos, un gran guitarrista como es Ramón Amador, y El Bobote. Sombreros fuera, por favor.

Costaría entender una Bienal sin una obra de la trianera María Pagés, con las que siempre marca la diferencia. Dunas fue un impacto, aunque hubo división de opiniones. Técnicamente ha sido lo más interesante del festival y, además, la bailaora nos brindó dos momentos muy flamencos, de arte, los martinetes y la soleá. Le ayudó a triunfar un bailarín belga de origen árabe, Sidi Larbi, que mueve las manos como las movía Manuel Corrales El Mimbre.

En el mundo del baile no hay ahora mismo un liderazgo claro, de consenso, como lo había hace años, cuando Mario Maya y Cristina Hoyos dominaban el género por el mundo. Para algunos, es La Yerbabuena quien tira del carro; y para otros, María Pagés. Eva Garrido trajo una obra en su línea de reflexión personal, Cuando yo era..., que no ha convencido a todos, porque cambió su manera de bailar lo jondo, única, por la danza contemporánea.

Mientras algunas se entretienen en crear obras que no convencen o que se apagan pronto -Rafaela Carrasco, por ejemplo-, una bailaora como la copa de un pino, Isabel Bayón, salió por la puerta grande con La horma de sus zapatos, para muchos, lo mejor de la Bienal en la faceta de la danza flamenca. Sólo siendo una gran bailaora, y la sevillana lo es, se hace una gran obra.

Javier Barón y El Pipa trajeron lo más clásico, el baile más tradicional. El de Jerez sigue empeñado en no abandonar su escuela, la de su familia, la de Jerez, aun a sabiendas de que se está quedando solo. Es admirable su compromiso con el flamenco, como lo es también el del bailaor alcalareño.

EL CANTE HA FLAQUEADO. La faceta del cante tendría que haber sido la mejor y no ha sido así. Estrella Morente, Miguel Poveda y Arcángel, que tiran hoy del carro, atraen a un público que los idolatra y que no les exige más allá de la veneración. Figuras como José Menese, Juan el Lebrijano, Manuel Agujetas, Pansequito del Puerto, La Macanita, Pedro Peña, Inés Bacán, Manuel de Paula, Dolores Agujetas y algunos otros, aunque pocos, se han encargado de traernos el cante de sabor, el que te emociona, que cada día se programa menos en la Bienal. Hemos echado de menos recitales de cantaores con los que apenas se cuenta, auténticos maestros como Luis de Córdoba, Gabriel Moreno, el veterano Curro de Utrera -es injusto el trato que se le da a este maestro-, Diego Clavel, Cancanilla de Marbella y otros. En una Bienal que pretendía ser "de viva voz" no tenía que haber faltado Enrique Morente. Y Calixto Sánchez podría haber estado, porque se cumplían 30 años de su gesta al ganar el I Giraldillo de Cante contra todo pronóstico. En este sentido, el programa ha flaqueado bastante. Con motivo del cincuentenario de la muerte del genio sevillano Manuel Vallejo, se podría haber programado un concierto en el Lope de Vega. En cambio, se ha homenajeado al ballet de la japonesa Yoko Komatsubara.

 

LA GUITARRA NUNCA FALLA. La guitarra de concierto no atraviesa un gran momento, pero hemos disfrutado de algunos conciertos memorables. El mejor, el de Juan Carlos Romero en el Central, en la presentación de su disco El agua encendida. El onubense ha demostrado que se puede avanzar en la guitarra sin necesidad de cócteles musicales que cuestan un riñón y que apenas aportan nada nuevo, aunque se vendan como "la música flamenca del futuro". Y un cuerno. Otro gran momento fue el de Tomatito en el Maestranza. El de Almería dio su mejor concierto en la historia del festival hispalense, un recital rebosante de flamenquería. Gustaron también Niño de Pura, el joven David Carmona y el jerezano Santiago Lara. Escasa representación de la guitarra de concierto, cuando hay jóvenes que están pidiendo a voces una noche en la Bienal -Jesús de Rosario, Daniel Méndez, Diego del Morao, Dani Casares, José Manuel Roldán y otros-. Paco de Lucía puso la guinda con un concierto ya muy escuchado, largo y sin novedades. Estoy seguro de que ha sido su último recital en Sevilla, aunque desearía que no fuera así.

 

LO BUENO, LO REGULAR Y LO MALO. Resumiendo, lo mejor de esta Bienal ha sido la fenomenal respuesta del público, de los aficionados. Creo, sinceramente, que esto merece una mejor organización en el futuro. Ni un espectáculo ha comenzado a su hora y en la mayoría de los conciertos nos han negado un programa de mano con los repertorios, algo que no entendemos de ninguna de las maneras, salvo que sólo les interese reventar las taquillas y crear una masa de gente que consuma flamenco como podría consumir sandías de Velada o jamones de Monesterio. Hay que ir a una Bienal más corta, aunque Domingo González, su director, opine que el festival tiene que crecer aún más todavía porque, al parecer, es un magnífico negocio para Sevilla y una fuente de ingresos para los intérpretes del flamenco. Este modelo de Bienal está pidiendo a voces un cambio, pero mientras funcione la taquilla no habrá cambio ninguno.

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