Economía

La caída de precios en Andalucía hace tambalear su recuperación económica

Las rebajas en el comercio y el estancamiento de los alimentos desplomaron el IPC un 1,2 por ciento en julio, dejando la tasa en el -0,6%, la más reducida en 5 años. El Gobierno regional admite por primera vez que la tasa bajo cero puede deteriorar las buenas perspectivas que había para 2014 y acentúa el riesgo de caer en deflación.

el 14 ago 2014 / 10:00 h.

Que bajen los precios resulta siempre una alegría para las familias, en especial en épocas de crisis económica, recortes salariales, elevada tasa de desempleo y alzas de impuestos. La práctica te dice: mi sueldo ha menguado pero también lo ha hecho el coste de la vida. Sin embargo, la teoría, sostenida en la experiencia, te advierte: la debilidad del consumo obliga a abaratar los productos y a producir más para obtener los mismos ingresos. Si tal situación se prolonga en el tiempo, he aquí el impacto: un peligro para la recuperación económica al convertirse en una pescadilla que se muerde la cola. De rebajas en una céntrica calle comercial de la capital hispalense en una imagen tomada a principios de julio. / PEPO HERRERA De rebajas en una céntrica calle comercial de la capital hispalense en una imagen tomada a principios de julio. / PEPO HERRERA Las rebajas del comercio determinan siempre la evolución del IPC (Índice de Precios de Consumo) en cada mes de julio, pero en el de 2014 lo han hecho con fuerza. A este efecto arrastre se ha añadido el estancamiento de los alimentos. Y los números del cóctel han sido para Andalucía: -1,2 por ciento respecto a junio y -1,5 por ciento en lo que va de año, dejando la tasa interanual –que es la que importa– en el -0,6 por ciento. Es decir, no existe inflación, aunque tampoco hemos entrado aún en deflación (dos semestres consecutivos bajo grado de congelación, y por ahora sólo aflora uno). Pero el riesgo está ahí y se percibe con mucho recelo. Porque de continuar así, las (optimistas) previsiones económicas no se cumplirán. Esto dijo ayer la Junta de Andalucía: «Las tasas de inflación negativas aumentan el riesgo de deflación, lo que puede poner en peligro el incipiente proceso de recuperación económica». La situación, agregó, es «preocupante». En concreto, la Consejería de Economía apuntaba con dedo acusador al conjunto del Estado. Pero lo cierto es que el IPC mensual se desplomó en esta comunidad más que la media nacional (0,9 por ciento) y que el índice interanual del -0,6 por ciento duplicó el 0,3 por ciento en negativo de España. Hay que remontarse a octubre de 2009 para toparse en Andalucía con una tasa negativa superior: entonces fue del -0,8 por ciento. Y aunque sobre los libros la deflación implica dos semestres consecutivos en rojo, en la práctica estamos ante una deflación intermitente, pues llevamos dos años donde se suceden dos trimestres bajo cero y otros dos por encima de la barrera de congelación. Así se extrae del cotejo de las series históricas del Instituto Nacional de Estadística y del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía. El fuerte descenso de los precios en Andalucía en julio con respecto al mes anterior (-1,2 por ciento) se debió sobre todo al abaratamiento del 13,9 por ciento en el vestido y el calzado. Las comunicaciones, por la constante guerra en la telefonía, bajaron un 1,2 por ciento, el 1,1 por ciento lo hizo el menaje del hogar, el 0,6 por ciento la vivienda –incluye el alquiler, no la compra, al considerarse ésta inversión y no gasto– y el 0,1 por ciento, las medicinas. Se estancaron los alimentos y la enseñanza. Y se encarecieron el grupo conformado por bebidas alcohólicas y tabaco (el 0,5 por ciento), el de hoteles, cafés y restaurantes (0,4), siendo lógico por el tirón turístico, el de ocio y cultura (0,7) y el transporte (0,2), que acusó la típica subida que las petroleras aplican a las gasolinas en época vacacional para aprovechar los desplazamientos masivos. Si analizamos un año completo, fue la tasa de comunicaciones la que más cayó: 6 por ciento. Tras ella, las del ocio y la cultura, el 2,9 por ciento, alimentación y bebidas no alcohólicas (2,3); menaje (1); medicina (0,4); y transporte (0,2). En el lado contrario, el de los incrementos, encontramos la vivienda (1,6 por ciento), la enseñanza (1,5), las bebidas alcohólicas y el tabaco (0,7); y los hoteles, cafés y restaurantes (0,3). Vayamos a las rúbricas (son 57 las que componen la estadística del IPC). Los productos de gran consumo que más se han abaratado en el último año han sido las patatas y sus preparados (-25,1 por ciento), las frutas frescas (-15,5), los aceites (-14,8), el azúcar (-8,9), las comunicaciones (-6) y los objetos recreativos (-4,4). En cambio, las principales alzas correspondieron a las frutas en conserva y frutos secos (5,8 por ciento), el transporte público interurbano (5,8), la educación universitaria (3,3), la leche (3), los crustáceos, moluscos y preparados de pescado (2,6) y la calefacción, el alumbrado y la distribución de agua (2,3), rúbrica esta última marcada por la subida de la luz. Los riesgos. Que los precios no se incrementen tiene sus cosas buenas –las rentas familiares no se deterioran aún más y la competitividad de los productos mejora en el mercado internacional– pero también sus cosas malas: pospone el consumo y la inversión ante la perspectiva de que proseguirá el abaratamiento. Sin consumo ni inversión tampoco hay creación de empleo, el sueldo tiende a la baja en las revisiones de convenios colectivos y los ingresos del Estado menguan –y los necesita–. «El empleo estacional y precario no incentiva la demanda interna ni el consumo», dicen en UGT. Entre sus remedios: aumentar salarios.

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