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La calidad de Fernando Adrián no tuvo refrendo con la espada

Ganado: Se lidiaron novillos de Los Azores, correcta aunque desigualmente presentados. El primero tuvo clase pero muy pocas fuerzas; el segundo, un punto a menos, resultó bravo y mostró calidad y recorrido; el tercero fue bruto y complicado; orientado y sin recorrido el cuarto; quinto y sexto, muy brutos.
Novilleros:
Sergio Flores, de turquesa y oro, silencio tras aviso y silencio. Fernando Adrián, de vainilla y oro, gran ovación tras aviso y ovación tras aviso
Rafael Cerro, de espuma de mar y oro, silencio y silencio tras aviso.
Incidencias: La plaza registró menos de media entrada en tarde agradable.

el 18 sep 2011 / 20:47 h.

Había ganas de ver el festejo de ayer. No se podía poner un pero para el cartel de actuantes, que resumía perfectamente el cuadro de honor de la novillería y lo mejor de la temporada sevillana en el escalafón menor. Lástima que el encierro de Los Azores, del que se esperaban otras dulzuras, se encargara de aguar parte de la fiesta aunque la reveladora faena de Fernando Adrián compensó de todo lo demás.

El madrileño trazó una raya desde que se abrió de capote enjaretándole cuatro faroles de rodillas al segundo. Venía a por todas y mantuvo un altísimo nivel estético y técnico en una faena bien hecha y mejor dicha que se inició con dos pases cambiados. Algo blando, el utrero de Los Azores no estaba exento de alegría y Adrián supo administrar sus fuerzas a la vez que se expresaba en un toreo bien compuesto que alcanzó su trazo más rotundo por el lado izquierdo. El mayor virtuosismo llegó en los remates: unas veces de pecho, otras en ayudados por bajo, en trincherillas perfumadas y, siempre, en el sedoso temple que presidió una labor ensombrecida por su mal espada.

El quinto, bruto y reservón en los tres tercios, fue una prueba que le vino larga a veces. En los últimos compases de su labor sí se enfadó más con el utrero, también consigo mismo, y consiguió mantener el crédito ganado con el anterior.

El mexicano Sergio Flores se entregó de verdad, firmísimo siempre con un novillo, el primero, que pedía otras estrategias. A pesar de los esfuerzos del manito el entendimiento no llegó y al trazo rotundo de los muletazos no se le podía enhebrar la floja clase del novillo. Flores apostó todo en el cuarto y sufrió una aparatosa voltereta después de la angustiosa y accidentada portagayola inicial. El novillo tomó un puyazo de competición galopando como un rayo por medio ruedo pero no mantuvo el mismo brío en la muleta.

Reservón y orientado, a la defensiva y sin recorrido, no permitió a Flores pasar de una faena de voluntad, esfuerzos y regates. El lucimiento era imposible.

Rafael Cerro se las vio en primer lugar con un utrero que derribó estrepitosamente al piquero y llegó a la muleta con picante movilidad y malos modos. El joven novillero pacense se vio desbordado en los primeros compases del trasteo pero logró sujetarlo con la mano izquierda, lado con menos complicaciones que no debió abandonar tan pronto. A pesar de todo, no hubo forma ni fondo. La faena no llegó a ser tal. Tampoco encontró el pupilo de Ortega Cano material idóneo en el novillo que cerró la tarde. Las cosas se habían torcido definitivamente y con los cabezazos y puñetazos que lanzaba el animal no había lugar para florituras.

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