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La cara de Gambrinus

El presidente de Fundación Cruzcampo se ha convertido durante dos décadas en el rostro visible de la marca cervecera.

el 26 may 2013 / 18:16 h.

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Julio Cuesta / Pandelet Julio Cuesta / Pandelet

Cuando era apenas un niño, corría escaleras abajo de su casa del barrio del Arenal en plena Madrugá para ver al Calvario o a la Esperanza de Triana pasar por la calle Arfe. Aunque ya hacía décadas que una rubia seducía los paladares de los parroquianos de las tabernas de la época, poco hacía presagiar a ese pequeño que su futuro estaría vinculado íntimamente a ella. Porque si Cruzcampo es una seña de identidad para la ciudad, Julio Cuesta es su carta de presentación. Ha vivido en primera persona la revolución de una compañía que encara el siglo XXI con unos bríos impensables a principios de la década de los noventa. Hasta hace poco más de un año fue director de Relaciones Institucionales de Heineken España, si bien es cierto que no termina de jubilarse del todo, porque sigue al frente de la Fundación Cruzcampo.

Pero vayamos al principio, porque, aunque no lo parezca, Cuesta no ha estado siempre vinculado profesionalmente a la marca cervecera. Después de pasar por EEUU para estudiar y de ser profesor en las universidades de Texas, Tulane y Wisconsin, volvió a España para trabajar en el departamento de Estado de la Embajada de aquel país, lo que le permitió vivir en primera línea una época de plena efervescencia, cuando la democracia se abría camino tras largos años de dictadura.

Su objetivo siempre fue volver a Sevilla y participó en uno de los grandes hitos históricos de la ciudad, la preparación de la Exposición Universal de 1992. Estuvo en el equipo de Manuel Olivencia, aunque poco antes de que arrancara la cita recibió la llamada de Cruzcampo, que en aquel momento acababa de adquirir Guinnes y que años después pasaría a manos de Heineken. Lo hizo pensando que iba a comenzar una etapa más tranquila y sosegada, pero nada más lejos. Para empezar, fue comisario del pabellón que la compañía tenía en la Expo y que fue el más popular de todos. “Salí de la nómina de la Expo para entrar en Cruzcampo y esta me devolvió al mismo lugar”, suele contar con alegría. Porque sigue defendiendo que la de Sevilla fue la mejor Exposición Universal de todos los tiempos y que aún sus promotores no han recibido el reconocimiento que se merecen.

Esta extensa y dedicada trayectoria no le ha impedido participar activamente de la intensa vida de una ciudad como Sevilla. De hecho, si hay algo que defina a Julio Cuesta es el amor a su ciudad, a sus gentes, a sus tradiciones, a su patrimonio... Los defiende a capa y espada y reniega del adjetivo “casposo” que muchos utilizan para referirse a esos sevillanos que viven con tanta pasión todos los eventos de la ciudad. “A mí Sevilla me ha pasado por encima”, suele contar, ya que en el barrio de su infancia vivía en primera línea todos los acontecimientos importantes de la ciudad. De hecho, fue tesorero del Consejo de Hermandades hasta 2008 cuando Manuel Román estaba al frente, y vivió “el reto logístico y administrativo sin paragón” que supuso gestionar la Carrera Oficial, algo de lo que antes se encargaban empresas privadas.

Además, ha tenido tiempo para dedicar a los más desfavorecidos y, aunque no es partidario de contar todo lo que ha hecho en este sentido, ahora ostenta un cargo visible como es la presidencia de la Asociación Española contra el Cáncer en Sevilla, que esta semana ha recibido la Medalla de Oro con motivo de la celebración del Día de la Provincia. El día que se lo propusieron fue su hijo Julio el que le dijo que si podía hacerlo, tenía que seguir adelante con ello. Y así lo hizo. Siguió el consejo de su vástago y eso le ha dado la oportunidad de ver todo lo que hay detrás de una asociación como esta. “Solidaridad, voluntariado, entrega, investigación callada...”, enumera.

Pero a pesar de todos estos frentes abiertos tiene tiempo para dedicar a sus aficiones, como el bricolaje. “Soy un manitas y arreglar cosas ayuda a dejar la mente en blanco. No hay una satisfacción mayor que cuando ves que la lavadora vuelve a funcionar”, cuenta orgulloso. Se confiesa un voraz lector, que disfruta desde los poemas de San Juan de la Cruz hasta los ensayos de actualidad que cuentan los difíciles momentos por los que atravesamos y hacen proyecciones de futuro. Conducir es otra de sus pasiones porque, confiesa, le resulta relajante.

Pero si algo apasiona a este hombre de costumbres, es su familia. Junto a su mujer, Carmen Pérez Rivero, a la que solo dedica palabras de amor y agradecimiento, ha formado una familia sólida junto a sus tres hijos, Julio, Javier y Antonio. “Los tres son rocieros de Triana y el pequeño ha tenido ocasión de cantar este año con su coro en El Rocío”, resalta. Un amor por las tradiciones y por Sevilla que ha transmitido a la siguiente generación porque para Julio Cuesta, “el tiempo es el reloj de la Giralda”.

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