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La cárcel flotante del Muelle de la Sal

"Para los barcos de vela, Sevilla tiene un camino". Los versos de Lorca se quedaron cortos porque el río de Sevilla, el Guadalquivir, también tuvo espacio para barcos de la muerte, para buques como el Cabo Carvoerio.

el 15 sep 2009 / 12:10 h.

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"Para los barcos de vela, Sevilla tiene un camino". Los versos de Lorca se quedaron cortos porque el río de Sevilla, el Guadalquivir, también tuvo espacio para barcos de la muerte, para buques como el Cabo Carvoerio, un campo de concentración flotante por el que pasaron al menos 200 sevillanos durante la Guerra Civil.

Hacía sólo tres años, en 1933, que el Gobierno de la República acababa de abrir una de las mayores cárceles del país, la de La Ranilla, en Sevilla. Pero los ritmos de la guerra no son los ritmos de la paz y, a partir del verano del 36, el número de reclusos se disparó. A los presos comunes se sumaron los políticos, los represaliados, los rojos, y pronto las instalaciones se quedaron pequeñas.

Los nacionales, que se impusieron en la capital andaluza en apenas unos días, consiguieron hacinar sus celdas. Había que buscar soluciones y se dio con una que ya se venía aplicando al menos desde la primavera de 1932: los barcos-prisiones, las cárceles flotantes, una salida transitoria que tenía la bondad de aportar un lugar cerrado del que es difícil (si no imposible) escapar. Doble cerca, la del acero y la del agua.

Fue pocos días después de la sublevación del general Franco cuando las tropas nacionales interceptaron un mercante de la familia Ibarra, el Cabo Carvoeiro, de 5.100 toneladas, comprado a Inglaterra en 1907 y que cubría la ruta entre Bilbao y Sevilla.

Lo anclaron en el Muelle de la Sal y le cambiaron el nombre por el de Boeiro, como explican los archivos de Lloyd´s, la mayor compañía de registros de barcos del mundo. Y fue entonces cuando comenzaron a entrar en él los, al menos, mil sevillanos -según cálculos muy preliminares- condenados a cumplir condena sin juicio previo, sin acusación formal, sin cargos.

Como explica el investigador José Luis Gutiérrez Molina, que colabora con la Asociación Andaluza Memoria Histórica y Justicia, el Boeiro se convirtió en una especie de "buque-checa", donde los derechos humanos de los presos se daban por perdidos al dejar el muelle. J

unto con el cine Jáuregui (después Rialto, donde se llevaron a Blas Infante), la sede de los jesuitas en Trajano (usada por la Falange), el Hotel Inglaterra (usado por los carlistas), o los pabellones de la Exposición del 29, el barco se convirtió en uno de los principales centros de reclusión de Sevilla. "Cuando hablo de un millar de represaliados puedo quedarme corto", reconoce el historiador.

El mercante se convirtió entre el verano de 1936 y enero del 37 en una "celda insoportable", de chapa recalentada por el calor, "en cuyas bodegas y sentinas se apiñaban los presos sin miramiento"; las sentinas son esos espacios del fondo del barco donde se reúnen las aguas que se filtran por el barco, es decir, el punto más húmedo, sucio y maloliente de la nave.

Los sevillanos que fueron a parar al Cabo Carvoeiro no fueron sometidos a trabajos forzados dentro del barco, más que el mantenimiento de rigor. Sin embargo, el mercante de vez en cuando se movía por el Guadalquivir como, por ejemplo, cuando se trasladaba a Guillena para llevar mano de obra a los campos de trabajo o de concentración que allí se levantaban.

"Es uno de los episodios más negros y desconocidos de la historia de España", resume el experto. Ahora, gracias a un acuerdo entre la Consejería de Justicia y CCOO se va a desarrollar una investigación sobre el barco, aunque hace años que historiadores como Gutiérrez y José María García Márquez vienen interesándose por esta incógnita.

El problema está en que, unos y otros, se encuentran con una "falta lamentable" de información, como explica Cecilio Gordillo, miembro de CGT y colaborador de la asociación; en 1984 desaparecieron del edificio que la Policía tenía en la Plaza de la Gavidia "todos, absolutamente todos" los expedientes referidos al barco en cuestión.

No hay nada en los demás archivos del Ministerio del Interior ni en los generales del Estado. "Sólo nos quedan los testimonios de los familiares, los que se acuerdan de la tragedia de los suyos". Ahora su historia se reactiva, y Gordillo avisa: "Va a doler mucho todo lo que se va a conocer".

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